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Manual oficial de la
Legión de María
Continuación
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40 - PREDICAD EL EVANGELIO A
TODAS LAS CRIATURAS (Mc 16,15)
1. Su último Testamento
Las palabras de la última despedida, aun pronunciadas con la
debilidad natural, adquieren siempre cierta solemnidad. ¿Qué diremos
entonces de este precepto con que se despidió nuestro Señor de sus
apóstoles: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a todas las
criaturas? (Mc 16,15). Terminaba su vida de Legislador en la tierra,
y estaba a punto de subir a los cielos. Ocasión más imponente que la
del Sinaí. Bien puede decirse que este mandato es su última
voluntad, su testamento. Y estas palabras las pronunció Jesucristo
estando ya revestido de la gloria de la Santísima Trinidad.
Estas palabras destacan la nota más alta de la fe cristiana. Es una
fe que debe esforzarse con inextinguible ardor por llegar a todos
los hombres. Pero, desgraciadamente, a muchos les falta esa nota
esencial. No se va en busca de los otros, ni dentro del redil ni
fuera de él. Se ignora el mandamiento de nuestro Señor en el momento
de su Ascención. ¡Y a qué precio!: al precio de la pérdida de la
gracia, de la disminución, el decaimiento y aun la extinción de la
fe. Basta dar una ojeada en derredor nuestro, para ver los muchos
lugares que han pagado ya ese terrible precio.
Cuando Cristo dijo "a todas las criaturas", quiso decir a TODAS.
Tenía delante de sí, a cada hombre particular; por él, para
redimirlo, vivió y murió. "Llevó corona y cetro, rey de dolor y
mofa; pedía el populacho su muerte ignominiosa; cargó su propia
cruz; apurando la copa de penas mil, angustias, desmayos, sed
agónica, al fin, abandonado, dió su vida en el Gólgota.”
¡Que no se pierda una labor tan grande! ¡Que esa sangre preciosa
llegue a tocar a todos y a cada uno por los que se derramó tan
pródigamente!. Esta es la misión cristiana, que nos impulsa
poderosamente a acercarnos a todos los hombres, en todas partes: a
los más pequeños, a los más notables, a los cercanos, a los
alejados, a la gente sencilla, a los hombres más malvados, a la
choza remota, a todos los afligidos, a los de entraña diabólica, al
faro más solitario, a la "Magdalena", al leproso, a los olvidados, a
las víctimas del vicio y de la bebida, a los delincuentes, a los que
viven en cuevas o en caravanas, a los empeñados en contiendas
militares, a los que se esconden, a sitios no frecuentados, a los
despojos de la humanidad, al tugurio más oculto, al desierto quemado
por el sol, a la selva más espesa, a la tenebrosa marisma, a la isla
desconocida, a la tribu ignorada, hasta lo más recóndito, para ver
si alguien existe allí, hasta los confines del mundo se apoya por el
arco iris... ¡Nadie se escape a nuestra búsqueda, para que no veamos
severo al bondadoso Jesús!.
Este precepto final tiene que obsesionar -por decirlo así- a la
Legión de María. La Legión tiene que tener como principio básico el
establecer contacto, sea el que fuere, con todas las personas de su
alrededor. Si esto se hace -y es factible-, y si se consigue que la
Legión penetre por doquier -y no tardará-, entonces el mandato del
Señor irá llegando a su pleno cumplimiento.
Fijémonos bien: nuestro Señor no manda que convirtamos a todos los
hombres, pero sí que nos acerquemos a cada uno. Lo primero no está a
nuestro alcance; pero lo segundo -el acercarnos a todos -no es
imposible. Y si alguna vez llegásemos a establecer ese contacto
personal con cada uno de los hombres, ¿qué sucedería? Ciertamente
habría consecuencias: porque nuestro Señor no manda que demos pasos
inútiles. Cuando se haya hecho ese acercamiento a todos los hombres,
por lo menos se habrá cumplido el divino precepto, y eso es lo que
importa. Lo que sucede después, ¿quién lo sabe? A lo mejor se
avivarían los fuegos de Pentecostés.
Muchas personas celosas creen que, si ellas trabajan individualmente
hasta donde alcanzan sus fuerzas, habrán hecho todo lo que Dios
espera de ellas. Desgraciadamente, esos esfuerzos individuales no
las llevarán muy lejos, ni quedará satisfecho el Señor con ese
trabajo individualista, ni tampoco suplirá Él lo que ellas no podrán
emprender por trabajar así, aisladas. No: hay que emprender la obra
del apostolado como cualquier otra obra que exceda la capacidad del
individuo; es decir, hay que movilizar y organizar hasta que los
comprometidos sean suficientes.
Este principio de movilización, este esfuerzo por alistar a otras
personas para que unan sus esfuerzos a los nuestros, es elemento
vital de nuestro deber común. Y este deber incumbe, no solamente a
las altas jerarquías de la Iglesia, no sólo a los sacerdotes, sino a
todo legionario y a todo católico. El día en que saltase de cada
creyente una sola chispa de verdadero fuego apostólico será testigo
de una conflagración universal.
"Os daréis cuenta de que vuestra capacidad para obrar estará siempre
a la par de vuestros anhelos y de vuestro progreso en la fe. Porque
no sucede en los beneficios celestiales lo mismo que en los de la
tierra: cuando se trata de recibir el don de Dios, no estáis
restringidos a ninguna medidas ni límite; el manantial de la divina
gracia fluye sin cesar, no tiene linderos fijos, ni cauces estrechos
para retener las aguas de la Vida.
Estimulemos una sed ardiente de esas aguas, y abramos nuestros
corazones para recibirlas, porque tanto fluirán en nosotros cuanto
nos permita recibir nuestra fe" (San Cipriano de Cartago).
2. La Legión debe dirigirse a cada persona en particular
No nos dejemos deslumbrar por la multitud de comuniones en la misa
de la mañana; hay contrastes horribles: familias enteras donde todo
está desquiciado, barrios completos donde reina la corrupción y la
maldad, donde el pecado se halla como entronizado y rodeado de su
corte. Segundo, recordemos que el pecado - aunque se haga doblemente
repulsivo en dichos sitios por estar allí condensado - no es menos
vil y abominable cuando está más difundido. Tercero: allí se
presentan los frutos ya maduros de los pecados castigados en el mar
Muerto, pero las raíces se extienden bajo el suelo por todos los
rincones del país.
Dondequiera que se infiltre el abandono religioso o levante cabeza
el pecado venial, allí hay tierra abonada para todas las
abominaciones. El apóstol -esté donde esté- tiene trabajo a mano.
Aunque no se dijeran más que unas palabras de consuelo a algún pobre
anciano en un hospital, o se enseñara a los niños a hacer la señal
de la cruz y a balbucir una contestación a "¿Quién hizo el mundo?",
se estaría dando, conscientemente o no, un duro golpe a todas las
maquinaciones del mal. Cuarto -y éste es un mensaje alentador para
el apóstol, propenso a desanimarse ante el mal que domina el mundo-
esos mismos desórdenes que acabamos de mencionar no son incurables.
Hay un remedio -y es el único-: la aplicación intensa y paciente de
los medios sobrenaturales de que dispone la Iglesia.
Bajo esa corteza de depravación, cuyo mero esbozo hace estremecer,
se esconde una fe que en algunos momentos buenos suspira por la
virtud. Y si en esos momentos hubiera alguien que ayudara, animara y
hablara de cosas mejores, infundiendo la esperanza de que para todo
hay remedio, se podría llevar al sacerdote y a los sacramentos aun a
la persona más depravada. Recibidos los sacramentos, se produce una
transformación que nunca se borrará por completo.
Tan manifiesto es frecuentemente el poder de Cristo en sus
sacramentos, que quedamos atónitos al ver que se repite ante
nuestros ojos el milagro de una vida totalmente cambiada: un nuevo
Agustín o una nueva María Magdalena, aunque sea en escala menor. En
otros, la curación será menos sorprendente: los malos hábitos y las
influencias del pasado dominarán todavía su vida, y seguirán nuevas
caídas y nuevas enmiendas. Es probable que nunca se hará de ellos lo
que podríamos llamar unos buenos ciudadanos; pero el elemento
sobrenatural influirá tal vez lo suficiente en sus vidas como para
conducirlos por fin al puerto de la salvación. Si se logra esto, se
habrá alcanzado la gran victoria final.
Para el legionario de fe sencilla y animosa habrá pocos fracasos,
aunque él o ella trabaje en los lugares más oscuros y llenos de
maldad. La regla es breve: difúndase la frecuencia de los
sacramentos y la práctica de las devociones populares, y se
derretirá el pecado ante sus mismos ojos. Hágase el bien en
cualquier parte y todos saldrán beneficiados; basta con abrir brecha
en un punto cualquiera. Sírvase el legionario de armas adecuadas
para la necesidad del momento. Por ejemplo: si en una casa hay seis
familias alejadas de la misa y de los sacramentos, y todas son
difíciles de convencer, ¿no podrá el legionario inducir a una de
ellas a hacer algo que cueste menos? Si consigue entronizar el
Sagrado Corazón en esa familia, está ganada la batalla. Poco a poco
esa familia se irá levantando, y las demás seguirán su ejemplo; por
fin, aquellos que con el mal ejemplo habían sido arrastrados
mutuamente al vicio, se animarán ahora unos a otros a la virtud" (P.
Miguel Creedon), primer director espiritual del Concilium Legionis
Mariae).
“Este ladrón robó el paraíso. Nadie antes de él recibió tal promesa;
no Abrahám, ni Isaac, ni Jacob, ni Moisés, ni los profetas, ni los
apóstoles. ¡El ladrón arrebató el primer puesto!. Pero también su fe
fue superior a la de todos ellos. Veía a Jesús atormentado, y le
adoró como si estuviera en su gloria. Le veía clavado en la cruz y
le suplicó como si estuviera sentado sobre un trono. Le veía
condenado y le pidió un favor como a un rey. ¡Oh admirable ladrón!
¡Tú viste a un hombre crucificado y le proclamaste Dios!" (San Juan
Crisóstomo).
3.
La relación especial con nuestras Iglesias hermanas de la Tradición
ortodoxa
La obra de llevar el mensaje de Jesucristo a toda persona, que, en
palabras del Papa Pablo VI es "la función esencial de la Iglesia"
(EN, 14), está vinculada estrechamente con ese otro gran compromiso
de la Iglesia que es fomentar la reconciliación y la unidad entre
los cristianos. Recordamos aquí la oración de nuestro Señor en la
Última Cena: Para que todos sean uno; para que, así como tú, Padre,
estás en mí, y yo estoy en ti, sean ellos uno en nosotros; para que
crea el mundo que tú me has enviado (Jn 17, 21).
Después del Concilio Vaticano II (1962.1965), la unidad de los
cristianos es, en estos tiempos, una de las prioridades más
importantes de la Iglesia católica, ya que, según señala el mismo
Concilio, "la división entre los cristianos contradice abiertamente
la voluntad de Cristo, escandaliza al mundo y perjudica la más santa
de las causas: la predicación del Evangelio a toda criatura" (UR,
1).
En el contexto de lo indicado arriba, la siguiente cita de la Carta
Apostólica del Papa Juan Pablo II, Orientale lumen (La luz del
Oriente) (OL), escrita para ayudar a restaurar la unidad con todos
los cristianos de Oriente, es de la mayor importancia.
"En efecto, dado que creemos que la venerable y antigua tradición de
las Iglesias orientales forman parte integrante del patrimonio de la
Iglesia de Cristo, la primera necesidad que tienen los católicos
consiste en conocer esa tradición, para poderse alimentar de ellas y
favorecer, cada uno en la medida de sus posibilidades, el proceso de
la unidad.
Nuestros hermanos y hermanas orientales católicos tienen plena
conciencia de ser, junto con los hermanos y hermanas ortodoxos, los
portadores vivos de esa tradición. Es necesario que también los
hijos de la Iglesia católica de tradición latina puedan conocer con
plenitud ese tesoro y sentir así, en unión con el Papa, estos dos
anhelos: el de que se restituya a la Iglesia y al mundo la plena
manifestación de la catolicidad de la Iglesia, que no se expresa por
una sola tradición, ni mucho menos por una comunidad contra la otra;
y el de que todos nosotros podamos gozar plenamente de ese
patrimonio - revelado por Dios e indiviso - de la Iglesia universal,
que se conserva y crece tanto en la vida de las Iglesias de Oriente
como en las de Occidente" (OL, 1).
Más adelante, el Santo Padre, al hablar de las Iglesias Ortodoxas,
dice: Ya nos une un vínculo muy estrecho. Tenemos en común casi
todo; y tenemos en común, sobre todo, el anhelo sincero de alcanzar
la unidad" (OL, 3). Estas Iglesias orientales son verdaderamente
nuestras Iglesias hermanas. Debemos fomentar en todos los aspectos
posibles la reconciliación y unidad entre nosotros, de acuerdo con
la mente de Cristo y de acuerdo con los principios del documento
Unitatis redintegrátio (UR) del Concilio Vaticano II.
En los puntos siguientes de este capítulo, lo que se dice con
relación a la conversión de aquellos que no son católicos, no se
aplica a nuestros hermanos y hermanas de las Iglesias Ortodoxas.
4. Buscando conversiones a la Iglesia
"La Iglesia no tiene otra razón de existir que la de extender por el
mundo el Reinado de Cristo, y la de hacer partícipes a todos los
hombres en la obra salvadora de nuestra Redención" (Pío XI). Triste
cosa es que los católicos vivan en medio de multitudes que no son de
la Iglesia, y que pongan tan poco de su parte para hacerlas entrar
en ella. A veces, esta negligencia proviene de creer tan difícil el
problema de atender a los de dentro, que no hay energías para
interesarse por los de fuera. Al fin, ni se preserva a los de dentro
ni se gana a los de fuera.
No le quepa a nadie la menor duda: es preciso llevar la fe a cuantos
viven fuera de la Iglesia. Las timideces, los respetos humanos y las
dificultades de todo género han de ser arrolladas por el ansia
suprema de repartir el tesoro santo de nuestra fe entre aquellos que
no lo poseen. Es menester predicar el Evangelio a toda criatura
humana. Y San Francisco Javier pensaba que, para conseguirlo, hay
que actuar como hombres que han perdido el juicio. Otros aconsejarán
la prudencia. Cierto que mucho depende de esta virtud, pero sólo
dentro de los debidos límites. La prudencia tiene que resguardar la
actividad, no matarla; en toda organización debería tener la
prudencia el oficio de freno, no el de fuerza motriz, como se
empeñan en imaginar algunos. Y, luego, estos mismos son los que se
lamentan de la falta de actividad.
¡Cuánta necesidad hay de tales hombres, fuera de sí, locos, que no
piensan en tomar precauciones egoístas, que no se dejan vencer por
el miedo creado por el egoísmo, que viven libres de rastreros
temores, pero sin incurrir en los dos extremos opuestos, condenados
por el Papa León XIII con el nombre de "excesos criminales": ¡la
temeridad y la prudencia de la carne! El tiempo pasa, y arrastra a
la humanidad en su impetuosa corriente. Vayamos sin dilación en
socorro suyo; porque, si no nos apresuramos, salvaremos tal vez a
otros hombres, pero no a esos que se habrán hundido ya en el abismo
de la eternidad.
"A fuerza de repetir que ciertas personas no están todavía
dispuestas a recibir el Evangelio, acabará uno por no estar
dispuesto a llevárselo" (Cardenal Suenens).
Fuera de la Iglesia, los hombres fluctúan en un mar de dudas. Sus
corazones anhelan la paz: lo que les falta es darse cuenta de que en
la Iglesia católica hallarán realmente la fe y la paz que buscan. Y
el primer paso para convencerlos de esto es, necesariamente, hablar
con ellos. ¿Cómo van a entender la verdad, si nadie se la enseña? (Hch
8, 30-31). ¿Cómo desterrar los más fantásticos prejuicios, si los
mismos católicos mantienen siempre y de propósito un reservado
silencio? Si los no creyentes no ven más que frialdad en el porte de
los católicos, mucho les costará creer que en sus corazones llamea
una fe viva y ardiente; y si, al ver el poco entusiasmo externo de
la religión católica, concluyen que poco o nada se diferencia de su
falta de fe, ¿acaso son del todo responsables?
Es común pensar que lo más que se puede hacer por la Iglesia, es
divulgar los derechos de la fe católica por radio, o anunciarla en
la gran prensa diaria o en reuniones públicas. Todo lo contrario:
cuanto menor sea el contacto personal, tanto menos eficaz será la
comunicación de las verdades de nuestra fe. Si el número de
conversiones estuviera en proporción al alcance de los medios
modernos de comunicación social, la época actual tendría que ser
testigo de conversiones en gran escala. Desgraciadamente, el hecho
es que cuesta mantener íntegro el número actual.
No: para que el trato con los hombres dé resultado, tiene que ser
personal e íntimo. La radio, la prensa, etc., pueden hacer un papel
estimulante o de colaboración en el plan de llevar a esas "otras
ovejas" al Buen Pastor, pero el eje del Plan ha de ser el influjo de
un alma individual sobre otra. "Es ley del mundo espiritual - dice
Federico Ozanam - que un alma eleve a otra atrayéndola a sí". En
otros términos: tiene que entrar en vigor el precepto de la caridad;
pero el don, sin la entrega del donante, es un don incompleto.
Con sobrada frecuencia el católico se comporta como si estuviera
imposibilitado para todo. Se imagina a los que están fuera de la
Iglesia tan aferrados a sus prejuicios o ignorancia, que nadie podrá
convencerlos. Ciertamente, sus prejuicios son muchos, vienen de
siglos atrás, son casi congénitos, y la educación que reciben no
hace más que aferrarlos en su sentir. ¿Con qué armas, pues,
acometerá el simple fiel a todas estas fuerzas ordenadas de la
incredulidad? No tema: en la fe católica, aun en su exposición más
sencilla, posee y blande una espada fulgurante cuya eficacia está
expresada en estas valientes palabras de Newman: "Siento vibrar en
mí intensamente el poder conquistador de la verdad, de aquella
verdad que lleva la bendición de Dios; una verdad cuyo dominio podrá
retardar Satanás, mas nunca impedir".
Pero todo católico debe también recordar este otro principio, al
cual ha de ser fiel: "La verdad, en sus luchas contra el error,
nunca se enoja. El error, al combatir la verdad, nunca conserva la
tranquilidad" (De Maistre). Lo hemos dicho repetidamente en estas
páginas, y con insistencia: nuestra manera de acercarnos a los
hombres que queremos ganar tiene que parecerse a la del Buen Pastor.
Nada de polémica, ninguna imposición. Toda palabra respire humildad,
cariño, sinceridad. Y las acciones, lo mismo que las palabras, deben
hacer resaltar esta realidad esencial: un fondo de fe sincera.
Obrando de este modo, pocas veces causarán los legionarios disgustos
serios, y nunca dejarán de producir profunda impresión, lo cual dará
frutos de conversión en muchísimos casos.
El doctor Williams, que fue arzobispo de Birmingham, solía decir:
"Tengamos siempre en cuenta que la religión es cuestión de captarla
más que de aprenderla: es una llama que prende fuego de una persona
a otra, se difunde por el amor y no de otro modo. La aceptamos
solamente de manos de aquellos que se portan con nosotros como
amigos. Los que se nos presentan como indiferentes u hostiles no nos
pueden recomendar la religión".
Ya que se necesita el contacto personal, es evidente que el número
de casos de que puede encargarse cada socio es muy limitado. Por
consiguiente, para lograr numerosas conversiones se requieren muchos
apóstoles. Los alistados en las filas de la Legión tienen que ser
muchos más.
Sea cual fuere su método de proceder, los legionarios deben atender
a los puntos siguientes:
a) Trabajen en el estudio, y no sólo como preparación para la
discusión, sino más bien para estar en disposición de ayudar a todo
aquel que busque sinceramente la verdad.
b) Visiten a los ya convertidos para proporcionarles amistades
católicas, o para alistarlos -si reúnen las condiciones debidas- en
las filas de la Legión. Nadie mejor que ellos para resolver las
dificultades de sus antiguos correligionarios.
c) Se enterarán de quienes comenzaron la formación católica y la
dejaron, informándose con los responsables de esta labor de
catecumenado, e irán a buscarlos y se pondrán al habla con ellos. La
experiencia demuestra que la falta de perseverancia se debe no tanto
a que se haya perdido el deseo de hacerse católico cuanto a
circunstancias fortuitas, que interrumpen la continuidad en las
clases; y la vergüenza o la pereza impiden luego el reanudarlas.
d) Abundan las oportunidades de establecer contacto con acatólicos.
Los legionarios podrán hacerles mucho bien si se portan con ellos de
una manera verdaderamente cristiana. A los católicos afligidos por
ansiedades, penas o sufrimientos de cualquier género, el legionario
les aconsejará que recen, o que lean algún libro capaz de
consolarlos; les hablará del amor de Dios, de la maternidad de
María, con el deseo de animarlos y endulzar sus penas. Pues lo mismo
se puede hacer con los no-católicos, en los frecuentes periodos de
prueba que agitan su vida. Y, sin embargo no se hace. El tema de la
religión se declara tabú. No se expresan más que sentimientos
mundanos, que no consuelan y nada consiguen. Los legionarios
disponen de ocasiones perfectas para acercarse a las personas
afligidas, porque en tiempos de prueba, cuando falla todo apoyo
humano, sus palabras espirituales serán recibidas con gratitud, y,
bien cultivadas, podrán ser semillas destinadas a producir grandes
frutos.
e) En muchísimas partes se ha organizado un plan de retiro
espiritual de un día para los acatólicos. El plan corriente
comprendería: misa, tres conferencias, sesión de preguntas y
respuestas, comida, merienda, Bendición y a veces una película
(sobre la misa, por ejemplo) con comentario hablado.
Si para estos retiros se puede conseguir el uso de una casa
religiosa, se lograría un ambiente ideal, y se desvanecerán las
incomprensiones y los prejuicios.
El procedimiento es el siguiente: se determina qué día se va a tener
el retiro, y luego se mandan imprimir tarjetas de invitación, con el
horario del retiro en el reverso. Por medio de los legionarios de la
zona -y mediante cualquier otra colaboración posible-, estas
tarjetas son entregadas a los acatólicos, explicándoles el sentido
del retiro. En ningún momento han de distribuirse estas tarjetas de
una forma indiferente, como si fueren anuncios ordinarios: el uso
acertado de las tarjetas lleva consigo un elemento psicológico que
ayuda mucho. Es más, hay que guardar una lista de los que se ofrecen
a distribuir las tarjetas, y, después, analizar la distribución de
las mismas. Se entregarán tarjetas solamente a aquellos que den por
lo menos alguna esperanza de que irán al retiro.
Si el legionario -u otro colaborador suyo- acepta una de estas
tarjetas, es que acepta el compromiso de encontrar a alguien
dispuesto a hacer el retiro. Mientras no se encuentre, queda la
tarjeta en poder del distribuidor a modo de reproche y como
recordatorio del trabajo sin cumplir.
Ha sido costumbre que cada acatólico vaya acompañado por el amigo
católico que le haya persuadido de asistir. La razón es que, así, el
acatólico no sentirá tanta extrañeza, al verse en un ambiente para
él tan inusitado: además el católico le podrá ayudar en las
preguntas, y le animará a recurrir al sacerdote en el transcurso del
retiro. No hay obligación de permanecer en silencio. Pueden asistir
damas y caballeros.
Estos retiros deberán mantener su propia finalidad. No deben
admitirse personas ya convertidas ni católicos negligentes.
Cuantos más sean invitados, más asistirán; y cuantos más hagan el
retiro, mayor será el número de conversiones. La experiencia ha
demostrado que se da esta relación directa. Por consiguiente, si
duplicamos el número de contactos iniciales - lo cual está
ciertamente a nuestro alcance-, se duplicará también el número de
las conversiones.
Que sean todos uno. Como tú Padre mío estás en mí y yo estoy en ti,
que estén también ellos en nosotros (Jn 17,21)
“Quitad lo que aportó la santísima Virgen al testimonio evangélico,
hacedla desaparecer como testigo del cristianismo, y hallaréis, no
ya un eslabón roto, sino la ausencia de todo engarce; no sólo un
hueco o hendidura, sino la falta de todo fundamento. La fe de todas
las épocas y naciones en los prodigios de la Encarnación descansa
sobre un solo testimonio, y sobre una sola voz: la de María
Santísima" (Cardenal Wiseman, Las acciones del Nuevo Testamento).
5. La Sagrada Eucaristía cono instrumento de conversión
En nuestras discusiones solemos detenernos excesivamente en algunos
argumentos que, aunque buenos en sí, no conquistan a los hombres
para la Iglesia. Deberíamos proponernos siempre como fin el
descubrir a los que están fuera de la Iglesia los tesoros encerrados
en ella. Y para ello no hay medio mejor que presentarles la doctrina
de la Eucaristía, compendio y cifra de cuanto es capaz la
generosidad divina.
Aun aquellos que no tienen de Jesús más que una idea incompleta y
vaga, le admiran profundamente. Con la sola fe humana en los
testigos de los hechos, reconocen que ejerció un poder nunca
igualado sobre la naturaleza: los vientos y las aguas le
obedecieron; a su mandato resucitaron los muertos y desaparecieron
las enfermedades tan por completo que -según es tradición- los que
quedaron curados vivieron más años que los de una vida ordinaria. Y
Jesucristo obró todas estas maravillas por su propia autoridad y
poder: era, además de verdadero hombre, el Dios eterno que creó
todas las cosas, cuya palabra es soberanamente eficaz.
Narran las sagradas Escrituras como, en cierta ocasión, aquel
Hombre-Dios obró, entre otros muchos prodigios el milagro suavísimo
de la Eucaristía. Tomó Jesús un pan, pronunció la bendición y lo
partió; y se lo dio a sus discípulos diciendo: "Tomad y comed. Esto
es mi cuerpo" (Mt 26, 26). ¡Poderosas palabras! Más ¿para cuántos no
han sido palabras cifradas? ¡este modo de hablar es intolerable!
¿quién puede admitir eso? ¿cómo puede éste darnos a comer su carne?
(Jn 6,52). He aquí la objeción que, brotada de labios de algunos de
los mismos discípulos de Jesucristo, ha seguido resonando a través
de los siglos, y todavía resuena, causando a los hombres una pérdida
infinita.
A aquellos discípulos, casi se les podría perdonar su incredulidad,
pues no habían comprendido todavía quien era propiamente el que
estaba entre ellos. Pero ¿qué es lo que nubla las inteligencias de
algunos que profesan la divinidad de Cristo y, por consiguiente su
infinito poder? ¿no ven que dirigirse solemnísimamente a unas pobres
gentes y decirles: Esto es mi Cuerpo, dando a sus palabras una
significación contraria -no, esto no es mi cuerpo-, sería engañarlos
miserablemente? Pues eso es lo que quieren achacar a nuestro Señor
algunos de los que se llaman cristianos. ¡Parece inconcebible!
Mediten, pues, la incontrastable lógica de Pascal: "si el Evangelio
dice la verdad, y si Jesucristo es Dios, ¿dónde está la dificultad
en admitir la presencia real de Cristo en la Eucaristía? ¡Cómo
aborrezco en el alma la necedad de aquellos que pretenden sostener
lo contrario!”
El reto de una idea tan sobrecogedora como la Eucaristía no puede
aceptarse con indiferencia. Presentar insistentemente a la reflexión
de los hermanos separados esta gloria soberana de la Iglesia forzará
en sus mentes a tener en cuenta su posibilidad; y, si se logra eso,
los más dignos empezarán a razonar dentro de sí: "Si esto es verdad,
¡qué enorme es mi perjuicio en este momento!". Y, de la mano con
este sentimiento, vendrá su primer gran deseo de participar en
plenitud la fe verdadera.
Fuera de la Iglesia hay muchas personas sinceras que leen las
Escrituras con el fin de revivir a Jesús mediante la oración y la
asidua meditación: intentan sacarle a las sombras de la lejana
historia, y se gozan de poder crear en su fantasía un cuadro vivo
del Señor, entregado a sus obras de amor. ¡Oh, si esas personas
llegaran a entender que en la Iglesia católica se realiza el milagro
de la Eucaristía, destinado precisamente a introducir en la esfera
de su vida a aquel mismo Jesús, tal como es, íntegro, en su doble
naturaleza divina y humana! ¡Si supieran que, por este medio, le
podrían tocar, hablar, contemplar, y hasta afanarse por Él, aún más
íntimamente que entonces sus amigos de Betania! Es más: comulgando
en unión con María, podrían prodigar al divino Cuerpo todos los
amorosos cuidados de una Madre; y así, en cierto sentido, darle las
debidas gracias por cuanto ha hecho por cada una de ellas. Sin duda
bastará manifestar este bien inmenso de la Eucaristía a las
multitudes que están fuera de la Iglesia, para que ellas, al
conocerlo, la ansíen. Y a esta ansiedad corresponderá Jesús dándoles
a conocer cuanto a Él se refiere, y, como a los discípulos de Emaús
sus palabras abrazarán sus corazones mientras les habla en el camino
y les revela el sentido de aquella "dura doctrina": Tomad y comed:
esto es mi Cuerpo (Mt.26,26). Sus ojos se abrirán, y le reconocerán
en la fracción del divino Pan (Lc.24, 13-35).
La fe en la Eucaristía hará que los falsos conceptos y prejuicios
que habían entorpecido la inteligencia y oscurecido la contemplación
de las cosas celestiales, se derritan como nieve bajo el sol; y
quién hasta el presente había andado en tinieblas, ahora, rebosando
el corazón de gozo, exclamará: lo único que se es que yo antes
estaba ciego y ahora veo (Jn.9,25).
“María es nuestra Señora del Santísimo Sacramento". Ella recibe, en
su condición de Dispensadora Universal de las gracias, el pleno y
absoluto dominio sobre la Eucaristía, y sobre todas las gracias allí
atesoradas. Como este sacramento es el más poderoso medio de
salvación, y el más sabroso fruto de la Redención que nos dio a
comer Jesucristo, el oficio de María, es hacer que los hombres
conozcan y amen en él a su Hijo. A Ella le pertenece extenderlo por
el mundo entero, multiplicar las Iglesias e implantarlas entre los
infieles; defender la fe en este misterio contra los herejes y los
incrédulos. Obra de María es también prepararnos para comulgar,
movernos a visitar el Santísimo Sacramento frecuentemente y a velar
ante Él sin cesar. Pues María es la tesorera de todas las gracias
contenidas en la Eucaristía: de todas cuantas conducen a este
sacramento y de todas las que fluyen de Él" (Tesniere, Nuestra
Señora del Santísimo Sacramento).
6. La indiferencia religiosa de las poblaciones
Otro problema, aterrador por sus dimensiones, es la indiferencia
religiosa de las masas.
En muchos grandes centros de población hay barrios enteros,
católicos de nombre, que llevan una vida en la que no entran para
nada ni la misa ni los sacramentos, ni siquiera la oración.
Recientes investigaciones han descubierto en uno de estos barrios
que de 20.000 habitantes sólo cumplían sus deberes católicos 75; en
otro, no asistían a la misa más que 400, en una población total de
30.000; y en un tercer caso existían sólo 40.000 católicos
practicantes en una ciudad de 900.000 personas.
Con demasiada frecuencia, por desgracia, la irreligiosidad se va
agravando y extendiendo tranquilamente sin que se haga ningún
esfuerzo para atajar tan grave mal. Y dicen: "dirigirse a las
personas directamente no daría ningún resultado; sería mal visto, y
hasta peligroso". Por extraño que parezca, éste es el argumento que
parece convencer aun a aquellos católicos que ven muy razonable el
que los misioneros vayan hasta los confines de la tierra,
enfrentándose a peligros y a la propia muerte.
Lo más triste es que en esas poblaciones el clero está prácticamente
imposibilitado para acercarse a las gentes de un modo directo. El
frenesí de la impiedad ha llegado a soliviantar a sus víctimas
contra sus pastores, por una funesta complicación de circunstancias,
logrando que los echen fuera. Y aquí precisamente está el valor
supremo de la Legión. Representa al sacerdote y ejecuta sus planes,
pero a la vez es del pueblo, vive la vida del pueblo, y, así, no se
la puede alejar de él; ni aun los impíos podrán destruir su obra ni
impedir su acercamiento a los hombres, con una red de mentiras fácil
de tramar contra el clero y los religiosos, que forman clase aparte.
"¿Qué puede dar el hombre a cambio de su vida? (Mc.8,37). ¿Qué
esfuerzos hará un hombre por salvar a su prójimo? Sin duda ninguna,
esfuerzos supremos, arriesgando, si fuere menester, hasta la misma
vida. Es preciso evangelizar a todas esas masas sumidas en la
indiferencia religiosa, con no menos energía que los misioneros en
lejanos países de infieles. Esto no quiere decir que hemos de pasar
por alto, en absoluto, los gritos de "sin remedio" o "peligroso". Es
posible que los que tal dicen sugieran algo que conduzca al feliz
resultado y a la seguridad del trabajo de la Legión. Pero de ningún
modo hemos de permitir que cualquier palabra suya paralice nuestro
esfuerzo: para trasladar grandes cantidades de maldad también se
necesita una fe inmensa, una fe como la de San Ignacio, el cual
afirmó que estaba pronto a hacerse a la mar en una barquilla sin
remos y sin velas; tal era su confianza en Dios.
Raro será el legionario llamado al martirio. En la mayoría de los
casos le aguardarán muy señalados triunfos. Hay muchas gentes que no
esperan sino que se las llame de un modo directo y personal.
Una forma de acercarse.- En las condiciones anteriormente descritas,
donde se pasan por alto los deberes más elementales de la religión,
podrían los legionarios encaminar sus primeros esfuerzos a poner de
relieve el gran deber central: la asistencia a la santa misa.
Procúrense algún folleto que, en lenguaje sencillo y eficaz, dé una
exposición de la belleza y poder de la misa. La hojita tendrá doble
efecto si va con un grabado en colores, que ilustre el tema. Luego
irán los legionarios de casa en casa, pertrechados con un surtido de
estas hojas, dándolas a cuantos quieran aceptarlas, y acompañando la
entrega, si es posible, con una amable exhortación a frecuentar
devotamente la santa misa. Ni que decir tiene que los legionarios
han de mantener en toda ocasión una actitud de infinita amabilidad y
paciencia, sin aire de investigación ni de reproche por su abandono.
Al principio experimentarán, tal vez, frecuentes rechazos, pero
estos quedarán abundantemente compensados por los numerosos y
repentinos triunfos. Las visitas se harán según los métodos
ordinarios de la Legión, y cimentándolas sobre la idea fundamental
de entrar en relaciones amistosas con cada persona visitada, pues,
logrado esto, está logrado casi todo.
Cada conversión y vuelta a los sacramentos será para los legionarios
lo que es para los soldados de la tierra la toma de una posición
estratégica enemiga; en pos de una vendrán otras. Y, conforme vayan
multiplicándose las conquistas, irá modificándose la opinión
pública. Los ojos de todos, en la vecindad, estarán observando a los
legionarios, todos hablarán, pensarán, criticarán, y muchos
corazones fríos empezarán a arder. Año tras año, se registrarán
numerosas conversiones, y, aunque exteriormente la actitud general
de la población tarde varios años en cambiar, llegará un momento en
que toda aquella indiferencia para con Dios, al parecer tan
arraigada en la población, se desmoronará. Así como un ligero choque
reduce a polvo una construcción carcomida por la polilla, a pesar de
su aparente solidez, así, de pronto, un acontecimiento revela que
los corazones han vuelto a Dios.
Lo que puede el esfuerzo.- De los 50.000 habitantes que constituían
la población de una ciudad, apenas había nadie que pudiera llamarse
católico practicante. Y a este estado de completo abandono se
juntaban desórdenes de todo género. El sacerdote no podía pasar por
muchos de sus barrios sin ser insultado. En esto, se fundó, con
espíritu de fe, un praesidium, y, no obstante lo inútiles que
parecían sus esfuerzos, los legionarios empezaron a visitar las
casas. Todos ellos quedaron maravillados. Brotó la mies en sus
mismas pisadas, y más abundante y rica según fueron creciendo los
legionarios en número y experiencia. Después de tres años de
inesperados triunfos, las autoridades eclesiásticas, cobrando
ánimos, convocaron una comunión general para hombres. Tenían alguna
esperanza de reunir unos doscientos, y he aquí que comulgaron 1.100:
señal de que la población se había conmovido hasta los cimientos en
sólo tres años de apostolado.
En esa población hondeará pronto la bandera de la victoria final: la
nueva generación nacerá dentro de un orden de cosas felizmente
transformado; donde antes no se oían más que insultos contra los
ministros del altar, y el mismo altar era despreciado, reinará una
piedad sólida. ¿No cabe hacer lo mismo para remediar tantos otros
núcleos de población sumidos en igual miseria?
Jesús contestó: Tened fe en Dios. Os aseguro que si uno dice al
monte ése: "Quítate de ahí y tírate al mar", no con reservas
interiores sino creyendo que va a suceder lo que dice, lo obtendrá.
Por eso os lo digo: cualquier cosa que pidáis en vuestra oración
creed que os la han concedido, y la obtendréis (Mc 11,22-24).
7. La Legión como auxiliar del misionero
La situación de la misión.- La actividad misionera aquí se refiere a
aquellos pueblos y grupos que no conocen a Cristo o no creen en Él,
entre los cuales la Iglesia no se ha arraigado todavía y cuya
cultura no se ha visto impactada por el cristianismo.
Entre los que hay que evangelizar existen grandes diferencias en
cuanto a niveles culturales, educativos y condiciones sociales.
Incluso dentro de las fronteras de un país, se pueden encontrar
ciudades densamente pobladas y comunidades rurales muy esparcidas.
Puede haber contrastes en cuanto a ricos y pobres, personas con una
buena preparación y analfabetos, diversidades étnicas y grupos
linguísticos.
El número de gentes a escala global que no conoce a Cristo se
expande más rápidamente que el número de verdaderos creyentes.
En este amplio marco es donde entra el misionero: sacerdote,
religioso o laico. Al llegar de otros países, se encuentran con las
dificultades de raza, idioma y cultura. La experiencia y el adecuado
adiestramiento pueden facilitar su labor, pero difícilmente pueden
eliminar esas limitaciones.
En un territorio donde se instalan por vez primera su tarea es
establecer comunidades cristianas que poco a poco irán creciendo
hasta convertirse en Iglesias que se mantendrán por sí mismas, con
el objetivo primordial de evangelizar.
Inicialmente, se dedicarán rápidamente a crear el mayor número
posible de contacto y amigos. Allí donde sea posible, establecerán
los servicios que se necesitan, tales como escuelas y centros
médicos para dar el correspondiente testimonio cristiano y facilitar
contactos. Entre los conversos se elegirán catequistas y demás
personal colaborador de la Iglesia.
El misionero o catequista local sólo instruirá a aquellos que lo
deseen. El crear ese deseo es, por decirlo así, la tares del
misionero o catequista. El conocimiento de Dios, se produce
normalmente por el contacto con un seglar católico y sólo después
con un sacerdote. Es el desarrollo gradual en la amistad y la
confianza. "Vine porque conozco un católico", acostumbran a decir al
sacerdote los que se muestran interesados.
Para el misionero deseoso de evangelizar, la Legión ofrece en sí
misma un instrumento puesto a prueba y verificado para ganar
conversos y garantizar su perseverancia. Local en su calidad de
miembro, con dirigentes misioneros inicialmente como director
espiritual, la Legión instruirá, formará y llevará los nuevos
conversos a evangelizar permanente y sistemáticamente. A diferencia
del misionero, sus miembros no entran en la sociedad desde el
exterior; estos ya están allí, capaces, con la debida preparación,
de actuar tan sutil, e inteligentemente dentro de la comunidad como
lo hacían los primeros cristianos.
Expansión de la Legión. Como el número y calidad de los legionarios
crece constantemente, se hará necesario, con el fin de garantizar el
adecuado adiestramiento, aumentar el número de los praesidia. Es
posible que los directores sean capaces de asumir el control de más
de un praesidium cada uno. Es posible también, que se puedan
utilizar catequistas y otras personas experimentadas en el cargo de
presidente para llevar a cabo la preparación tanto material como
espiritual de los praesidia. Cada nuevo praesidium significa de diez
a veinte soldados más de la fe en Cristo en acción.
El éxito en la política de la multiplicación de los praesidia
significaría entonces con el paso del tiempo, que cada sacerdote
habría de organizar los trabajos de un gran número de trabajadores
apostólicos. El resultado podría ser que tendría que ocuparse de
todo y no de las funciones supremas, una parte análoga a la de un
obispo diocesano. En cuanto al obispo, se encontraría en posesión de
una innumerable e irresistible jerarquía de trabajadores de la fe, a
través de los cuales podría predicar el Evangelio a cada miembro de
su territorio.
Lo que aquí se propone no es un plan determinado, sino el fruto de
muchos años de fructífera experiencia en la evangelización en los
terrenos de la misión bajo diferentes condiciones.
a) Un deber concreto para cada legionario
Se ha de señalar a cada legionario una esfera de acción bien
definida. Inspeccionado y distribuido el campo de labor apostólica
confiado a los legionarios, cada uno de estos será responsable del
puntual desempeño de su cometido. Uno de los principales fines de la
Legión será convencer a cada legionario de su responsabilidad en
este particular y adiestrarle para que la cumpla honrosamente.
Entre las tareas a realizar por parte de los legionarios en países
de misión están las siguientes: a) preparar las visitas periódicas
del misionero a los lugares aislados; b) realizar catecumenados y
buscar otros nuevos, y animar a su asistencia regular; c) estimular
a los católicos descuidados y perezosos para que vuelvan a la
práctica total de la fe; d) realizar servicios paralitúrgicos; e)
actuar como ministros extraordinarios; f) atender a las necesidades
espirituales de los moribundos, y a su entierro cristiano. Las
necesidades de cada lugar sugerirán otros ejemplos de trabajos en
ayuda del misionero, tanto espirituales como corporales.
b) ¿Acaso necesitan los legionarios estar muy instruidos en la fe?
Tal vez objetarán algunos que, para hacer un llamamiento eficaz a la fe,
se necesita mucho conocimiento de las doctrinas de la misma. Nuestra
opinión - dicho sea con respeto - es la contraria. En efecto:
¿quiénes lograron las conversiones en los primeros siglos de la era
cristiana? La gente sencilla: el obrero, el esclavo, los humildes,
débiles y oprimidos miembros de aquella poderosa, opulenta y culta
sociedad en que vivían. Además, si fuera cuestión de dar una serie
de instrucciones metódicas y formales, ya sería otra cosa; pero aquí
se trata sólo de que un corazón se esfuerce por comunicar a otro el
más preciado tesoro que posee, y esto se consigue con máxima
eficacia cuando las personas que se tratan son iguales entre sí.
Cada católico de convicción, por imperfecto que sea su conocimiento
de la fe, posee por lo menos una especie de cuadro mental de la
misma; y también posee el poder de comunicar a la mente ajena la
impresión que dicho cuadro produce en la mente propia. Pero esa
capacidad no la ejercerá uno, si no hay una fuerza organizada u otro
fuerte impulso que le obligue a hacerlo.
c) La Legión de María en acción
Mediante la introducción de la Legión en el campo misional quedan
instaladas dos grandes fuentes de energía:
a) una organización metódica, que lleva siempre consigo un
acrecentamiento de interés y de fuerza;
b) su elemento más poderoso es la influencia maternal de María, que
anima todo el sistema legionario y que se derrama sobre las almas
por medio de un apostolado intenso.
De verdad es imposible irradiar la luz de nuestra fe si no es en
unión con María; donde Ella no actúa, los esfuerzos son como
electricidad sin lámpara. Y ¿no será esta la causa de que escaseen
hoy los grandes triunfos para la fe, el no haber apreciado este
hecho lo bastante?. En siglos pasados, se convertían naciones
enteras; y San Cirilo no vacilaba en afirmar en el Concilio de Éfeso
que todas las conversiones a Cristo fueron obra de María. Y el gran
patrón de las misiones, San Francisco Javier, atestiguó por propia
experiencia que en aquellos lugares donde no había colocado al pie
de la cruz del Salvador la efigie de su divina Madre, los habitantes
se volvieron contra el Evangelio que él les había llevado.
En conclusión: si, por obra del apostolado de la Legión, llegase la
acción fructuosísima de María a prevalecer en el campo misionero,
¿por qué no habríamos de esperar que vuelvan aquellos días
mencionados por San Cirilo, días en que territorios y naciones
enteras, apartándose de sus errores, abrazarán gozosos la fe de
Jesucristo?
“¡Que loca presunción, o, acaso, que sublime y celestial inspiración
es esta que ahora se apodera de aquellos pecadores! ¡Ni príncipe, ni
imperio, ni república alguna han concebido jamás tan grandiosos
designios!. Mirad por un momento su empresa. Sin la menor
posibilidad de socorro humano, estos galileos se reparten entre sí
la faz de la tierra, para conquistarla. Han resuelto en su corazón
derrocar todas las religiones establecidas en el mundo entero, tanto
las falsas como la que era en parte verdadera, las de los gentiles y
la de los judíos. Se proponen levantar un nuevo culto, un nuevo
sacrificio, una nueva ley; pues dicen que un hombre crucificado por
los hombres en Jerusalén les dio la orden de hacerlo" (Bossuet).
8. La peregrinatio pro Christo
El anhelo de tener contacto con cada persona debe empezar con los
más próximos. Pero no debe parar ahí, sino proceder y caminar con
pasos simbólicos mucho más allá de la esfera de la vida normal. Este
fin se ve facilitado por el movimiento legionario conocido como
Peregrinatio pro Christo.
Denominación que ha sido tomada de la epopeya misionera de los
monjes de occidente, inmortalizados por el autor clásico
Montalembert. Aquella multitud invencible "salió de su tierra, de su
patria y de su casa paterna" (Gén 12,1), y atravesó Europa durante
los siglos VI y VII, y reconstruyó la fe, que se había venido abajo
con la caída del Imperio Romano.
Movida por igual idealismo, la Peregrinatio envía equipos de
legionarios, que disponen de tiempo y de medios y están dispuestos a
emplearlos durante algún tiempo; los envía a lugares apartados donde
las condiciones religiosas son malas, con "la delicada, difícil e
impopular misión de revelar que Cristo es el Salvador del mundo:
tarea que debe ser emprendida por el Pueblo de Dios" (Papa Pablo VI).
Los lugares cercanos no se consideran propios para la peregrinatio.
A ser posible, esta deberá hacerse a un país diferente.
Esta afirmación del principio de lanzarse por el mundo y arriesgarse
a favor de la fe, aunque sea por el breve espacio de una semana o de
dos, es capaz de transformar la mentalidad de la Legión y de hacer a
todos más imaginativos y emprendedores.
9. Incolae Mariae
En muchos casos, habrá almas ciertamente generosas que no se
contentarán con dar solamente una semana o dos, y querrán ofrecer,
lejos de su hogar, un período de servicio más extenso. Para tal
destino misionero -y durante un tiempo conveniente- el Concilium o
un Senatus o una Regia podrán nombrar a algunos legionarios que
tengan posibilidades de asegurarse unos medios de vida en el lugar
elegido, y que puedan permanecer fuera del hogar seis meses, un año,
o quizá más, sin detrimento alguno para su familia u otras
obligaciones. Desde luego, es necesario contar con la aprobación de
las autoridades del lugar elegido. Estos voluntarios se conocen con
el nombre de Incolae Mariae, nombre que significa la permanencia
provisional en un lugar lejano, en espíritu de sacrificio por María.
10. Exploratio Dominicalis
Exploratio dominicalis es el término por el que se conoce lo que
podría llamarse una mini-Peregrinatio, y que puede traducirse como
la búsqueda dominical de almas. Se recomienda encarecidamente a cada
praesidium del mundo -a ser posible todo el grupo junto- que dedique
al menos un domingo al año para desplazarse a algún lugar,
preferentemente con problemas, y algo distante, aunque no demasiado,
para no invertir mucho tiempo en el viaje. La exploratio no tiene
por qué estar limitada a un día, y puede convenir que se empleen dos
o tres días. La exploratio dominicalis permite a la mayoría de los
miembros del grupo -en muchos casos, a todos- llevar a cabo tal
empresa. Reconocemos que, aun con la mejor voluntad, para la mayoría
de los legionarios la peregrinatio como tal está fuera de sus
posibilidades.
La experiencia demuestra que es necesario insistir en lo que el
Concilium ha recalcado repetidamente, o sea, que la exploratio
dominicalis es esencialmente un pruyecto del praesidium. Tanto los
consejos como los praesidia deberán tener presente esto cuando
organicen una exploratio.
- 41 - "LA PRINCIPAL DE ESTAS ES EL AMOR" (1 Co 13,13).
Tan repleta de amor estaba María, que fue hallada digna de concebir
y dar al mundo a Aquel que es el Amor mismo. Y así la Legión, que no
tiene otra vida que la devoción a María y su imitación, por fuerza
tiene que destacarse por un amor idéntico al de Ella; tiene que
estar repleta de caridad, y sólo así la difundirá en el mundo. Es
importante, por lo tanto, observar cuidadosamente las siguientes
directrices.
1. Para admitir nuevos socios en las filas de la Legión, no se
repare en distinciones sociales, ni políticas, ni de raza ni de
color. Aptitud es lo único exigido para ser socio. Más hará la
Legión por su acción indirecta - es decir, como levadura en la
sociedad -, que directamente, mediante las obras que emprenda; de
donde se deduce que, si la sociedad entera ha de quedar dominada por
la influencia legionaria, la Legión tiene que contar con
representantes de toda clase y condición.
2. Incorporados ya a la Legión, los socios harán reinar entre sí una
sencillez sin afectación y una caridad mutua sincera, desterrando
toda distinción. Si se debe amor a aquellos "hermanos más pequeños"
a quienes se trata de servir, ¿nos es justo mostrar un amor todavía
más exquisito a los hermanos pertenecientes a la misma Legión? El
espíritu de diferenciación no sólo arguye un cumplimiento imperfecto
de los deberes del socio, sino que aprueba la ausencia de la primera
condición para hacerlo: el espíritu de amor. Todo el concepto y el
espíritu de la Legión se cifra en una caridad y simpatía intensas
que, antes de irradiar su calor al exterior, tienen que arder con
viva y rutilante llama en el propio hogar de la Legión. En esto
conocerán que sois discípulos míos: en que os améis unos a otros (Jn.13,35).
La caridad, practicada así dentro de la Legión, se practicará pronto
también para con todos. Las distancias que se salvan en el seno de
la Legión, llevan camino de ser salvadas entre los de afuera.
3. En sus relaciones con otras organizaciones cuyos objetivos sean
compatibles con la misión de la Iglesia, debe existir un espíritu de
cooperación que proporcione la posibilidad de atender y ayudar
siempre que sea posible. No todos los católicos pueden ingresar en
las filas de la Legión, porque los requisitos que se exigen distan
mucho de ser fáciles; sin embargo, a todos habrá que animar a
participar de alguna manera en la tarea de la Iglesia. Los
legionarios pueden realizar esta tarea a través de su apostolado y
mediante contactos personales. Ha de observarse, sin embargo, que,
sea cual fuere la cooperación prestada, esta no debe suponer una
carga adicional para los legionarios, en detrimento de su propio
apostolado. Es importante también que se estudie hasta qué punto,
qué clase de ayuda y a quién ha de prestarse dicha ayuda. A este
respecto, en las secciones del capítulo 39, punto 6, control del
trabajo por parte del praesidium y capítulo 39, punto 8, la
naturaleza íntima del trabajo legionario debe salvaguardarse, se
habla de este tema.
4. Hacia los pastores de la Iglesia, se habrá de mostrar el amor
filial que se les debe como padres y pastores espirituales. Los
legionarios compartirán sus inquietudes y les ayudarán mediante sus
oraciones, y, si es posible, mediante su trabajo activo, para que
puedan vencer las dificultades y realizar su tarea más eficazmente.
Dado que los pastores de la Iglesia tienen el don divino de
comunicar la Palabra de Dios y la gracia de los sacramentos, es
obligación de los legionarios mantener a las almas en contacto con
estos portadores de los bienes divinos y reparar el lazo de unión
allí donde éste se haya roto.
Esto es especialmente necesario en el caso de aquellos que están, de
algún modo, alejados de la religión, por razones justificadas o sin
justificar.
Personas que están gravemente enfermas pueden mostrarse totalmente
reacias a visitar un médico. Con frecuencia es su pareja
matrimonial, algún familiar o amigo, quienes le aportan el valor
necesario.
Cuando está en juego la salud espiritual, ésta depende en mucho de
la calidad del amor de los que están cerca del que necesita ayuda.
La formación de los legionarios les ayuda a tomar la iniciativa
haciendo de intermediarios entre el sacerdote y las almas, y a hacer
esto con una gran delicadeza. Ésta es una forma exquisita de
caridad. Actúan como agentes del Pastor, que les llama a entrar en
su tarea a través del bautismo.
Ya puedo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles, que, si
no tengo amor, no paso de ser una campana ruidosa o unos platillos
estridentes. Ya puedo hablar inspirado y penetrar todo secreto y
todo el saber; ya puedo tener toda la fe, hasta mover montañas, que,
si no tengo amor, no soy nada. Ya puedo dar en limosnas todo lo que
tengo, ya puedo dejarme quemar vivo, que, si no tengo amor, de nada
me sirve. El amor es paciente, es afable; el amor no tiene envidia,
no se jacta ni se engríe, no es grosero ni busca lo suyo, no se
exaspera ni lleva cuentas del mal, no simpatiza con la injusticia,
simpatiza con la verdad. Disculpa siempre, se fía siempre, espera
siempre, aguanta siempre. El amor no falla nunca. Los dichos
inspirados se acabarán, las lenguas cesarán, el saber se acabará (1
Co 13, 1-8).

Manual de la Legión de María
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