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Manual oficial de la
Legión de María
Continuación
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39 - PUNTOS CARDINALES DEL
APOSTOLADO LEGIONARIO
1.En nuestro trato con las almas María debe acompañarnos siempre
Por condescender con los miserables prejuicios de los que tienen a
María en poca estima, la dejamos nosotros a veces relegada a la
oscuridad. Semejante método de contemporizar con nuestros
adversarios obedecerá tal vez, a razonamientos humanos; pero está
muy lejos de reflejar el plan de Dios. Ignorar la parte que tuvo
María en la Redención sería como si intentáramos predicar el
cristianismo sin Cristo. Es Dios quien ha dispuesto que sin María no
hubiera anuncio, ni llegada, ni entrega, ni manifestación de Jesús.
Desde un principio y antes de la creación del mundo, María estuvo en
la mente de Dios.- El mismo Dios fue el primero en esbozar para Ella
un destino indudablemente único y sin par. Toda esa grandeza suya
tuvo orígenes remotísimos: precedió a la constitución del mundo.
Desde un principio, la idea de María estuvo presente en la mente del
Padre Eterno, juntamente con la del Redentor, en cuyo destino
participaba Ella. Desde aquel momento tan remoto había contestado
Dios a la pregunta del escéptico: "¿Qué necesidad tenía Dios de la
ayuda de María?" Ciertamente, Dios pudo haber prescindido totalmente
de María - lo mismo que pudo haber prescindido del propio Jesús -,
pero el plan que quiso adoptar incluía a María.
En aquel instante en que fue decretado el nacimiento del Redentor,
se decretó también que María estuviese a su lado. Es más: el
proyecto divino le asignó nada menos que el oficio de Madre del
Redentor, y eso lleva necesariamente consigo el oficio de Madre de
todos los que iban a estar unidos a Él.
Así, desde toda la eternidad, María quedó ensalzada a un puesto
singular entre todas las criaturas, absolutamente sin comparación ni
con los seres más sublimes; distinta de todos los demás en la mente
divina, distinta por su predestinación única; y, por lo tanto,
singularizada entre todas las mujeres en aquella primera profecía de
la Redención que Dios proclamó a Satanás: “Pongo enemistades entre
ti y la Mujer, entre tu linaje y el suyo. Él te pisará la cabeza
cuando tú hieras su talón” (Gn 3,15). He aquí un resumen de la
futura Redención, hecho por el mismo Dios. No cabe duda: María
pertenece a una categoría única aun antes de nacer, después y
siempre; Ella es la enemiga de Satanás; inferior al Salvador, pero
la segunda después de Él (Gn 2,18), y diferente por completo de las
demás criaturas. Nadie tan cerca de Él como Ella: ni profeta, ni
siquiera el Bautista; ni rey, ni caudillo, ni apóstol, ni
evangelista, incluso los mismos San Pedro y San Pablo, ni el mayor
de los papas y pastores y doctores; ni santo alguno; ni David, ni
Salomón, ni Moisés, ni Abrahám. ¡Ninguno! Ella sola entre todas las
criaturas habidas y por haber, está designada por Dios para ser la
cooperadora de nuestra salvación.
Revelada en profecía al vivo y claramente.- El curso de la profecía
sigue: "La Virgen", "La Virgen y el Hijo", "La Mujer" y “el Niño”,
"La Reina sentada a la diestra de Rey"... La afirmación,
frecuentemente repetida, de que una mujer ha de ser un factor
primario en nuestra salvación. ¿Qué porvenir se profetiza así para
Ella? ¿Acaso no es consecuencia lógica de esto todo lo más grande
que podamos afirmar sobre Ella? Apenas si nos damos cuenta de la
fuerza contundente y conclusiva que tiene la profecía respecto al
puesto que ocupa María en la religión cristiana. Una profecía es una
sombra de lo que ha de venir, una mirada que penetra el tiempo, un
pálido bosquejo de lo que se ve en lontananza. La profecía tiene que
ser, forzosamente, menos viva, menos clara, menos concreta que la
realidad de la que habla; pero, también tiene que guardar con esa
realidad cierta armonía de proporciones. La profecía que había
revelado la Redención como la obra conjunta de una mujer y de su
Hijo, y excluyendo a cualquier otro -los dos aplastando la cabeza
del Maligno-, sería radicalmente inexplicable con una realización en
la que la mujer quedara relegada a la oscuridad. Por eso, si esa
profecía merece el nombre de tal, y si la salvación es la
realización perpetua del misterio salvador de Jesucristo en la
concreción de la vida humana - y así nos lo declaran a la par la
Santa Iglesia y las Sagradas Escritura -, en la economía cristiana
hay que hallar a María al lado de Jesús, inseparable de Él en su
obra salvadora; la nueva Eva, dependiente de Él, pero necesaria para
Él; es decir, la Medianera de todas las gracias, como la llama la
Iglesia católica para expresar el oficio de misericordia que Ella
ejerce. Si lo que vislumbra la profecía es hoy la verdadera tierra
de Dios, los que estiman a María en poco son extranjeros y ajenos a
esa tierra.
La Anunciación revela, igualmente, su puesto fundamental.- Se acerca
el punto fulminante de las profecías. Al fin de tantos siglos, llega
ya el gozo de su realización.
Consideremos la admirable ejecución del plan de la divina
Misericordia. Trasladémonos en espíritu a aquella Conferencia de la
Paz, la más importante que han visto los siglos. Esta negociación
entre Dios y los hombres se llama "La Anunciación". En aquella
Conferencia, Dios estaba representado por uno de sus arcángeles, y
la humanidad, por Aquella cuyo nombre ostenta la Legión como un
privilegio.
Ella era sólo una gentil doncella, pero de Ella dependió ese día el
destino de toda la humanidad. Llegó el ángel con noticias más que
sorprendentes, y propuso a María la Encarnación. No era una simple
notificación. No fue violentada su libertad de elección. Y así, por
un momento el destino de la humanidad se estremeció, mientras duró
la reflexión de María.
La Redención era el deseo ardiente de Dios; pero en esto -como
tampoco en temas de menor importancia-, Él no forzaría la voluntad
del hombre. Brindaría el privilegio inconmensurable, mas para que el
hombre lo aceptara, y el hombre era libre de rechazarlo.
Había llegado el momento que todas las generaciones habían esperado
con ansiedad; desde siempre todas las generaciones habían pensado en
él. Era el momento cumbre de todos los tiempos. Hubo una espera...
Aquella doncella no aceptó de inmediato; hizo una pregunta y se le
dio una respuesta. Hubo otro silencio... Y, después, Ella dijo:
Hágase en mi según tu palabra. Aquellos labios trajeron a Dios a la
tierra, sellando el gran Pacto de Paz de Dios con la humanidad.
El Padre ha hecho depender de Ella la Redención.- Son poquísimos los
hombres que perciben realmente las consecuencias del consentimiento
de María. Aun la generalidad de los católicos se forman una idea muy
pobre del importante oficio desempeñado por Ella. Pero los doctores
de la Iglesia dicen cosas como ésta: suponiendo que la Virgen no
hubiese aceptado el don de la maternidad, la Segunda Persona Divina
no se hubiera encarnado en sus entrañas. ¡Qué cosa más sublime!
"Pensamiento aterrador: depender Dios del Fiat de una doncella de
Nazaret para enviar a su Unigénito a rescatar al mundo (Lc 1,38). En
esta sola palabra culminó todo el mundo antiguo; de Ella arrancó el
mundo nuevo; es el cumplimiento de todas las profecías, el eje de
todos los tiempos, el primer destello del lucero de la mañana,
anuncio del Sol de Justicia; es la palabra que forjó, en cuanto era
capaz una voluntad humana, el vínculo que unió el cielo con la
tierra, y elevó a la humanidad hasta Dios" (Hettinge).
Cosa realmente sublime. Significa que María era la esperanza de la
humanidad. Pero esperanza firme, porque, en sus manos, nuestra
suerte estaba segura. Y, aunque no podamos comprenderlo en todo su
alcance, la misma razón nos dice que aquel acto del consentimiento
de María tuvo que ser el acto más heroico que jamás hizo una mera
criatura: no lo pudo hacer nadie más que Ella, entre todos los
hombres y en todos los tiempos. Fruto de este heroísmo fue la venida
del Redentor, y no para Ella solamente, sino para toda la humanidad
caída, en cuyo nombre había dado su consentimiento. Y, con el
Redentor, María nos trajo ese cúmulo de beneficios que llamamos fe:
todos esos dones sobrenaturales que hacen vivir al hombre la vida
verdadera. Sí, esta fe, que es lo único que importa, cuya posesión
obliga a abandonar y sacrificar todo lo demás como cosa sin valor
alguno, comparado con ella; esta fe, la de todas las generaciones
pasadas, presentes y venideras, se apoyó enteramente en las palabras
del consentimiento de la Virgen.
No hay cristianismo auténtico sin María.- Pues esta dulce Virgen ha
traído a la tierra tan inestimable don, bien merece que todas las
generaciones la llamen "bienaventurada": sería inconcebible que
aquella que trajo el cristianismo al mundo quedase excluida del
culto cristiano.
¿Qué pensar, entonces, de quienes se llaman cristianos y, al mismo
tiempo hacen poco aprecio de Ella, y hasta la desprecian, o hacen
contra su honor cosas todavía peores? ¿No se les ha ocurrido pensar
que toda la gracia que poseen se la deben a Ella? ¿No se detienen a
discurrir que, si hubiesen sido excluidos de su consentimiento en la
noche de la Anunciación, no hubiera habido para ellos Redención
sobre la tierra? En ese supuesto, estarían fuera del ámbito
salvador. La verdad es que, por más que clamen todo el día y todos
los días: “¡Señor, Señor!” (Mt 7,21), si no hubiera hablado por
ellos María, nunca habrían sido cristianos, ni tendrían parte con
Cristo. Pero si por la bondad de Dios tienen algo de cristiano, si
les ha sido dada una participación en la vida sobrenatural, sepan
que todo se lo deben a María, porque estaban incluidos en su
consentimiento. En una palabra: el bautismo, que hace a cada persona
hijo de Dios, le hace al mismo tiempo hijo de María; y esto es así
aunque no haga caso de la Madre; y aunque con una frase de
Shakespeare, "rechace todos los cuidados y angustias de la madre,
con mofa y menosprecio, y ella llegue a saber por experiencia que un
hijo desagradecido es más doloroso que la mordedura de la
serpiente".
La gratitud, pues -y una gratitud práctica- debe ser el distintivo
del cristiano en sus relaciones con María. Debemos expresarle
nuestro agradecimiento unido al que tenemos al eterno Padre, porque
la Redención es regalo común de los dos.
Siempre hallamos al Hijo en compañía de la Madre.- Ha sido del
divino agrado que no se inaugurase el reinado de la gracia sin
María. Y fue su voluntad también que continuasen las cosas por el
mismo camino. Cuando quiso Dios preparar a San Juan Bautista para la
misión de precursor suyo, le santificó por medio de la visita
amorosa que hizo su bendita Madre cuando la Visitación. En la
primera Nochebuena, quienes cerraron las puertas a María se las
cerraron también a Él: no se percataban de que, al rechazarla a
Ella, rechazaban con Ella a Aquel a quien ellos esperaban.
Cuando los pastores - que representaban al pueblo escogido hallaron
al Deseado de las naciones, le hallaron con Ella; si le hubiesen
vuelto la espalda a Ella, no le hubieran encontrado a Él. En la
Epifanía , el Salvador acogió a las naciones gentiles en la persona
de los tres Magos; pero, si estos llegaron a encontrar al Hijo, fue
porque encontraron a la Madre; si hubiesen tenido a menos el
acercarse a Ella, no habrían llegado hasta Él.
Lo que se realizó en secreto en Nazaret, tuvo que ser confirmado
públicamente en el templo: Jesús se ofrendó a sí mismo al Padre,
pero se ofrendó en los brazos y por manos de su Madre; porque aquel
niño le pertenecía a su Madre; sin Ella no se podía efectuar la
Presentación.
Prosigamos: los Santos Padres nos dicen que Jesús no quiso inaugurar
su vida pública sin el consentimiento de su Madre; y el Evangelio
nos informa de que el primer milagro con que probó la autenticidad
de su misión lo hizo en Caná de Galilea a ruegos de su Madre.
Hombre por hombre, Doncella por doncella; Árbol por árbol.- Cuando
se realizó sobre el Calvario la última escena del terrible drama de
la Redención, Jesús quedó colgado en el árbol de la Cruz, y al pie
de la Cruz estaba María; y no como simple Madre amante, ni por una
casualidad, sino cabalmente para desempeñar el mismo oficio que
desempeñó en la Encarnación. Estaba allí como representante de todo
el género humano, ratificando el ofrecimiento que había hecho de su
Hijo en bien de los hombres. Nuestro Señor no se ofreció a sí mismo
al Padre sin el consentimiento de su Madre, ni sin el ofrecimiento
de sí mismo en nombre de todos sus demás hijos; la Cruz fué a la par
el sacrificio de El y de Ella. Afirma el Papa Benedicto XV: "Así
como es cierto que Ella sufría y agonizaba de dolor con su Hijo
agonizante, también lo es que Ella renunció a sus derechos de Madre
sobre aquel Hijo por causa de nuestra salvación, y le inmoló, en
cuanto estuvo en su mano, para aplacar a la divina justicia. Por eso
podemos decir que Ella redimió con Cristo al género humano.
El Espíritu Santo obra siempre en unión con Ella.- Vengamos un poco
más acá, a Pentecostés. En aquella ocasión grandiosa, cuando la
Iglesia fue destinada a cumplir su misión, allí estaba también
María. Atraído por su oración, bajó el Espíritu Santo sobre el
Cuerpo místico y entró a morar en Él con toda su grandeza, poder,
honor, majestad y gloria (1 Cro 29,11). María vuelve a ejercer para
con el Cuerpo místico de Cristo los mismos menesteres que ejerció
con su cuerpo físico. Pentecostés es como una nueva Epifanía; en
ambos misterios rige la misma ley: María es elemento esencial. Y así
en todos los misterios de la gracia, hasta el fin de los tiempos. Ya
puede uno orar, trabajar y esforzarse: si María queda excluida, se
frustra el plan divino; si María no está presente, no se concede
gracia alguna. Sobrecogidos con este pensamiento, se nos ocurrirá
preguntar: ¿Qué pasará con aquellos que ignoran o insultan a María?
¿No recibirán ninguna gracia?, Si: reciben gracias de la misma Madre
a quien desconocen o insultan. Su ignorancia crasa de quien es María
les podrá excusar. Pero ¡que título más pobre para entrar en el
reino de los cielos! ¡que manera de portarse con Aquella que les
está ayudando a entrar! Pero esas gracias así concedidas vienen a
ser solo un delgado hilillo, comparado con la caudalosa corriente
que de otra suerte fluiría; y las almas quedan, en gran parte secas
y estériles.
¿Qué puesto debemos señalarle?.- Algunos, oyéndonos atribuir a una
simple criatura un poder tan universal, se escandalizan, y dicen que
injuriamos a Dios. Pero nosotros respondemos: si Dios ha querido
obrar así con María, ¿dónde está la injuria? Sería una necedad
afirmar que a fuerza de la gravedad menoscaba el poder de Dios.
Precisamente, la ley de la gravedad viene de Dios, y cumple en toda
la creación los designios del Creador. El mismo grave error hay en
ver una falta de respeto para con Dios cuando se atribuye a María,
en el universo de la gracia, un influjo comparable con el de la
gravedad en el mundo. Si Dios ostenta su soberanía en el reino de la
naturaleza estableciendo leyes para ella, ¿cómo no ha de poder
manifestar su bondad y omnipotencia estableciendo una ley peculiar
para María?
Aun admitiendo la obligación de reconocer a María en el culto
cristiano, algunas personas están preocupadas por la calidad y
cantidad de su devoción mariana: ¿Cómo he de repartir mis oraciones
entre las tres Divinas Personas, María y los santos? ¿Cuál es la
medida justa - ni más ni menos - de lo que debo ofrecer a María?"
Otros adoptarán una actitud más extrema, objetando: "¿Me apartaré de
Dios si dirijo mi oración a María?"
Todos estos reparos proceden de aplicar ideas terrenas a las
realidades del cielo. Tales personas se figuran a Dios Padre, Hijo y
Espíritu Santo, y a María y a los santos, como otras tantas
estatuas, ante las cuales no se puede rezar sino de una en una,
dando la espalda a las demás.
No faltan ejemplos para ilustrar la compatibilidad del culto a María
y a los santos con el culto supremo debido a Dios; mas - cosa
extraña - para disipar todas las dudas y dificultades no hay
recomendación ni más sencilla ni más henchida de piedad cristiana
que ésta: "Si, es verdad que todo lo tienes que entregar a Dios,
pero entrégaselo todo con María". Esta devoción al parecer algo
exagerada, en la práctica es la que está más libre de todas las
perplejidades que trae consigo el medir y regatear en materia de
piedad.
Todas nuestras acciones deben ratificar su "Fiat".- Este modo de
obrar está justificado en la misma Anunciación. En aquel momento
todo el género humano estaba identificado con María, su
representante; tanto que las palabras de la Virgen recogían la voz
de toda la humanidad; y Dios la miraba a Ella. Ahora bien: la vida
diaria del cristiano no es más que la formación de Jesucristo en un
miembro particular de su Cuerpo místico, y esta formación se lleva a
cabo gracias a la cooperación de María en la Encarnación.
Entonces debemos deducir que María es tan Madre de cada cristiano
como de Jesucristo, y son tan necesarios su consentimiento y sus
desvelos maternales en el crecimiento diario de su Hijo en el alma
de cada hombre, como lo fueron para la concepción y el desarrollo
del mismo Redentor en su persona física. Lo cual significa para el
cristiano muchas cosas y muy importantes. Entre otras, estas dos:
La primera reconocer francamente y de todo corazón a María como su
representante en el ofrecimiento de aquel sacrificio que, empezado
en la Anunciación y consumado sobre el ara de la Cruz, redimió al
mundo.
La segunda ratificar lo que hizo María en su favor durante todo
aquel tiempo, para poder disfrutar sin rubor, en toda su plenitud,
de los infinitos beneficios que por este medio le fueron concedidos.
Mas ¿cómo ha de ser esta ratificación por parte del cristiano? ¿No
bastaría un solo acto? Para solucionar la cuestión, no tenemos más
que reparar en este hecho: si todos los actos de nuestra vida han
sido elevados a la categoría de actos cristianos, ha sido por María.
Luego ¿no es razonable y justo que esos mismos actos lleven algún
sello de reconocimiento y gratitud para con nuestra querida Madre?.
Así pues, sólo resta repetir la solución ya dada: "Debes entregar a
María absolutamente todo"
Con María glorificad al Señor.- Tenedla presente -siquiera de un
modo vago y general- en todo momento. Unid vuestra intención y
vuestra voluntad a las suyas, de manera que cada acto y cada súplica
del día se hagan con Ella. No debe ser excluida de nada. Si rogáis
al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, o a algún santo, hacedlo
siempre en unión con María. Ella repetirá vuestras mismas palabras.
Ella y vosotros abriréis vuestros labios al unísono; Ella tomará
parte en todo. Si lo hacéis, no sólo estará a vuestro lado; estará,
en cierto modo, dentro de vosotros, y vuestra vida será una entrega
continua a Dios de cuanto poseéis en común Ella y vosotros.
Esta forma de devoción mariana -que abarca todo nuestro ser- es el
justo reconocimiento de la parte que tuvo y sigue teniendo siempre
María en la economía de nuestra salvación. Es, además, la devoción a
María más fácil: resuelve las dudas de quienes quieren echar la
cuenta de cuánto hay que darle, y los escrúpulos de los que temen
darse a María robándole a Dios. Sin embargo todavía habrá católicos
que dirán: "Es una devoción exagerada". Que demuestren dónde se
falta aquí a la razón, dónde hay menoscabo de lo que se debe dar a
Dios. Sería más acertado poner esa objeción a los que se dicen muy
celosos por la gloria de Dios, pero no quieren conformarse al plan
trazado por Él; a los que profesan tener las Escrituras como palabra
santa de Dios, pero no quieren escuchar los versículos donde se
entonan las grandezas que el mismo Dios ha hecho en María, y donde
se dice que todas las generaciones la llamarán bienaventurada (Lc
1,48-49).
Tratando con personas indecisas como ésas, es preferible usar
términos que reflejen fielmente toda la riqueza y perfección de esta
devoción. ¿Cómo es posible que los legionarios hablen de su Reina de
otro modo? Expresiones mezquinas y pobres no harán más que
envolverla en un manto de sombras. Si María no es más que una
fantasía, una creación del sentimiento, no son por cierto los
católicos quienes obran razonablemente, sino los que hacen poco caso
de Ella. En cambio la declaración franca e ingenua de todas sus
prerrogativas y del lugar esencial que ocupa en la vida cristiana,
resulta un desafío tal que ningún corazón algo susceptible a la
gracia podrá desconocer; y, después de examinarlo, no hay alma
sincera que no se rinda a los pies de tan buena Madre.
La Legión cifra todo su anhelo en llegar a ser un reflejo de María.
Si se mantiene fiel a este ideal, recibirá una participación del don
supremo de su Reina: la gracia de iluminar los corazones que yacen
en las tinieblas de la incredulidad.
"El gran maestro de Santo Tomás de Aquino, San Alberto Magno, en un
comentario que hace del pasaje evangélico de la Anunciación, tiene
esta hermosa frase: "El Hijo hace subir hasta lo infinito la
excelencia de su Madre, porque la infinita bondad del Fruto exige
una bondad en cierto modo infinita también en el Árbol que lo da".
En la práctica, la Iglesia católica considera a la Madre de Dios
como dotada de un poder sin límites en el reino de la gracia. Se la
considera como Madre de todos los redimidos, a causa de la
universalidad de su gracia. En virtud de su divina maternidad, María
es -aparte de las tres Divinas Personas- el poder sobrenatural más
extenso, el más eficaz y universal que existe en el cielo y en la
tierra." (Vonier, La Divina Maternidad)
2. Hay que prodigar infinita paciencia y dulzura a cada alma, cuyo
valor es inestimable
Sí, hay que desterrar del apostolado legionario todo lo que suene a
dureza. Las cualidades esenciales del éxito -sobre todo con
marginados y pecadores- son la compasión y una dulzura inalterables.
En los roces de la vida nos persuadimos constantemente de que tal o
cual persona merece un reproche o una palabra dura; llevamos esta
persuasión a la práctica, y luego nos pesa. Es posible que en cada
caso nos hayamos equivocado. Nos quejamos de la obstinación y
perversidad de ciertos individuos: ¿por qué no recordar a tiempo que
esas malas disposiciones provienen precisamente de un trato duro,
bien merecido sin duda? La florecilla que hubiera abierto su corola
al suave calor de la dulzura y la compasión, se cierra apretadamente
al contacto de un clima frío. En cambio, el aire de compasión que
acompaña al buen legionario, la prontitud en escuchar,
compenetrándose hondamente del caso tal como se le cuente, es de una
suavidad irresistible: el corazón más empedernido, el más
desorientado, cede en solo cinco minutos, más y mejor que con un año
entero de correcciones y críticas.
Estas personas tan duras están casi siempre sobreexcitadas.
Cualquiera que las irrite más, endurece su resistencia a la gracia.
El que las quiera ayudar tiene que conducirlas por el camino
opuesto. Esto sólo se puede conseguir tratándolas con paciencia y un
respeto extremos.
Todo legionario debería grabar en su alma con caracteres de fuego
estas palabras que aplica la Iglesia a la santísima Virgen: “Mi
espíritu es más dulce que la miel y mi herencia mejor que los
panales” (Si 24,20). Otros, tal vez, podrán hacer el bien usando
métodos más severos; para el legionario no hay más que una manera de
hacer la obra de Dios: proceder con suavidad y dulzura. Por ningún
motivo o circunstancia se aparte el legionario de ese camino;
porque, si se aparta, lejos de hacer cosa de provecho, hará daño. Se
ha dicho que Jesús ha entregado en manos de María sólo el cetro de
su Misericordia, reservándose para sí el de la justicia. Los
legionarios que se sustraigan a la jurisdicción de María, perderán
el contacto con Aquella de quien depende su obra; y entonces ¿qué
podrán hacer?
El primer praesidium de la Legión tomó por título "Nuestra Señora de
la Misericordia". Fue así porque la primera obra que emprendió fue
la visita a un hospital dirigido por las hermanas de la
misericordia. Los primeros socios estaban convencidos de que eran
ellos quienes escogieron tal nombre; pero fue la Virgen
misericordiosa quien se lo confió, señalando de este modo la
cualidad que debe distinguir al alma legionaria.
No es que los legionarios cejen en sus esfuerzos de seguir al
pecador. No pocas veces pasan años y más años en el seguimiento
incansable de un alma que porfía en sus extravíos, porque hay casos
excepcionales que verdaderamente ponen a prueba la fe, la esperanza
y la caridad de uno. Hay pecadores que parecen exceder la categoría
común: personas de una maldad extrema, la personificación del
egoísmo, traidoras en todo y a todos, repletas de odio contra Dios,
o rebeldes contra la religión. No parece haber en ellos ni rastro de
sensibilidad, ni una chispa de la gracia, ni el menor vestigio
sobrenatural. En fin, que son tan sumamente detestables, que cuesta
creer que no sean igualmente aborrecibles a los ojos de Dios. ¿Qué
podrá ver Él entre tanta fealdad, que le mueva a desear unirse
íntimamente con semejantes almas en la sagrada comunión, o a gozar
de su compañía en el cielo?
Es casi irresistible la inclinación natural a abandonar a estas
pobres gentes a su suerte. No obstante, el legionario debe
mantenerse firme. Todos los razonamientos meramente humanos son
insuficientes. Sí: Dios quiere unirse con esa alma vil y afeada; y
lo desea tanto, tan ardientemente, que envió a su Hijo nuestro
dulcísimo Salvador, a estar con ella; y con ella está ahora.
El motivo que debe animar a los legionarios a la perseverancia lo
expresa monseñor R.H. Benson en los siguientes términos: "Si el
pecador se limitase con su pecado a arrojar a Cristo de sí,
podríamos tal vez consentirle marchar. Pero es que - en frase
aterradora de la Escritura - el pecador toma a Cristo en sus manos y
vuelve a crucificarle, haciendo burla de Él (Heb 6,6); y esto en
manera alguna podemos consentirlo".
¡Qué pensamiento más inspirador!: ¡Cristo, nuestro Rey, entregado al
enemigo! ¿Qué contraseña para una larga batalla, para una lucha
irreductible, para una persecución incansable de esa alma que hay
que convertir a fin de que cese la agonía de Cristo Toda repugnancia
natural ha de ser abrasada en la llama viva de una fe que sabe ver y
amar y servir lealmente a Cristo, crucificado en esos pecadores. Si
el acero más templado se funde al calor del soplete, ¿habrá corazón
tan duro que no se ablande, abrasado continuamente por la llama de
tan sincero amor?
A un legionario con mucha experiencia acerca de los pecados más
depravados de una gran ciudad, le fue preguntado si alguna vez había
dado con un caso verdaderamente imposible. Aunque, como a un buen
legionario, le repugnaba confesar que sí existía semejante
categoría, contestó que muchos casos eran terribles, pero
imposibles, pocos. Al instarle más, admitió -como de pasada- que
conocía un solo caso que podría denominarse así. Y aquella misma
tarde le fue dado un solemnísimo mentís. Por una extraña casualidad
se encontró en la calle con la persona que acababa de mencionar. Y
he aquí que a los tres minutos de conversación, se realizó lo
imposible: ¡una conversión completa y duradera!
"En la vida de Santa Magdalena Sofía se destaca un episodio
revelador de la fiel persecución de un alma en sus rasgos más
conmovedores. Durante veintitrés años siguió la santa con amor
persistente a un alma que la divina Providencia había hecho cruzar
en su camino: una pobre oveja descarriada que, si no hubiese sido
por la santa, jamás habría entrado en el redil. De dónde era Julia,
nadie lo sabía; nunca contó igual la misma historia. Solitaria,
pobre, y de un temperamento difícil y obstinado: era mentirosa,
traidora, ingrata, apasionada hasta rayar en el frenesí. Nadie como
ella decían todos. Pero Santa Magdalena Sofía no veía más que a un
alma sacada de lugares perniciosos por el Buen Pastor, y confiada
por Él a su cuidado. Ella la adoptó como si fuera una hija suya; le
escribió más de doscientas cartas, y sufrió mucho por su causa.
Pagada con la calumnia y la ingratitud, la santa se mantuvo firme,
perdonándola una y otra vez sin perder la esperanza nunca... Julia
murió siete años después que la santa, en la paz del Señor" (Monahan,
Santa Magdalena Sofía Barat).
3. Valor legionario
Toda profesión requiere cierta clase de valentía, y tiene por
indigno al que no la posee. La Legión pide valor de ánimo, porque su
profesión es llevar a los hombres a Dios y esto trae frecuentes
contrariedades: resentimientos, falta de comprensión etc. ataque
menos mortíferos que los de las armas de fuego, ciertamente, pero a
los que hay que hacer frente con no menos valor, como prueba la
experiencia.
Muchos, que permanecieron impertérritos bajo una lluvia de balas, se
estremecerían ante la mera posibilidad de ser maltratados por la
burla, la palabra airada, la crítica o una simple sonrisilla, o con
el temor de ser llamados beatos o santurrones.
¿Qué dirán? ¿Qué pensarán?... Es una reflexión que produce
escalofríos en almas que deberían regocijarse con los apóstoles de
ser consideradas dignas de sufrir ultrajes en el nombre de Jesús (Hch
5,41).
A esto se le llama comúnmente respeto humano, pero es más propio
cobardía. Si no se reacciona contra ella, todo trabajo quedará
reducido a una insignificancia. Miremos en torno nuestro y veamos
los estragos que causa esta timidez.
En todas partes el auténtico cristiano vive consciente de que es un
cristiano en un ambiente completamente pagano, o rodeado de personas
bautizadas pero no católicas, o entre católicos que no practican. Si
se hiciera un esfuerzo serio por presentar a todos ellos -uno por
uno- la verdad católica, por lo menos el cinco por ciento se
convertirían; y luego, ese cinco por ciento sería como una llama que
facilitaría la conquista de muchísimos más. Pero ese esfuerzo serio
no se hace. Los más fieles, sí, parece que quisieran hacer algo;
pero de hecho no hacen nada. ¿Por qué? Porque tienen sus facultades
atrofiadas por el veneno mortal del respeto humano; con la máscara
de prudencia elemental, respeto al parecer ajeno, empresa inútil,
esperando órdenes, etc., ese respeto humano los tiene como
paralizados.
En la vida de San Gregorio Taumaturgo se cuenta que, estando el
santo a punto de morir, preguntó a los que rodeaban su lecho cuántos
infieles había en la ciudad. "Sólo diecisiete", le contestaron sin
vacilar. Y el obispo moribundo, luego de una breve reflexión, dijo:
"Ese mismo número de fieles me encontré yo aquí, cuando fui
consagrado obispo". Empezó con sólo diecisiete creyentes, y con sus
trabajos convirtió a todos menos a diecisiete. ¡Qué prodigio! Pero
no se ha agotado la gracia de Dios con el correr de los siglos:
ahora lo mismo que entonces, la fe y el esfuerzo valeroso pueden
lograr otro tanto. Y lo que falta entre los católicos no es
precisamente la fe, sino el valor.
Consciente de todo esto, la Legión se ve precisada a hacer guerra
sin cuartel contra la perniciosa influencia causada en sus miembros
por el "respeto" humano: primero, contrarrestándolo con una
saludable disciplina; segundo, enseñando a sus legionarios a mirarlo
como mira un soldado la cobardía, y a obrar menospreciándola, en la
convicción de que el amor, la lealtad y la disciplina son cosas muy
pobres si no son capaces de sacrificio y entrega valerosa.
¡Un legionario sin valentía! Habría que decir aquello de San
Bernardo: "¡Vergüenza ser miembro delicado bajo una cabeza coronada
de espinas!"
"Si sólo luchas cuando te encuentras bien dispuesta, ¿dónde estará
tu mérito? Y ¿qué importa que te falte el valor, si de hecho te
comportas como si lo tuvieras? Si te sientes perezosa hasta para
recoger del suelo una hebra de hilo, pero lo haces por amor a Jesús,
ganarás más mérito que con una acción mucho más noble, pero hecha en
un momento de fervor impulsivo. En lugar de estar afligida, ponte
alegre, porque nuestro Señor te ha permitido comprobar tu propia
debilidad y está dándote una oportunidad de salvar más almas" (Santa
Teresa de Lisieux).
4. Acción simbólica
Es un principio fundamental de la Legión que a cualquier tarea que
emprendamos contribuyamos con lo mejor que tenemos. Sea el trabajo
sencillo o difícil, hay que hacerlo con el espíritu de María.
Este contribuir con lo mejor que tenemos tiene otra razón de ser
bien importante. En las empresas espirituales nadie puede decir qué
esfuerzo es necesario. Tratándose de un alma, ¿en qué momento es
lícito decir "basta"? Principalmente se aplica esto a los trabajos
más difíciles. Frente a estos trabajos, enseguida exageramos las
dificultades y acudimos a la palabra "imposible". Los "imposibles",
en su mayor parte, no lo son, ni mucho menos. Porque, como dice un
filósofo, hay pocas cosas imposibles para la diligencia y el
ingenio. Pero nos las imaginamos imposibles, y luego, a causa de
nuestra actitud, nos las convertimos en tales.
A veces, sin embargo, nos enfrentamos con trabajos verdaderamente
imposibles; es decir, que sobrepasan todo esfuerzo humano. Y en
estos casos de imposibilidad -real o imaginaria- es evidente que, si
nos dejáramos guiar por nuestras propias inclinaciones, nos
abstendríamos de actuar, por juzgarlo inútil. Y, tal vez, eso
equivaldría a dejar sin hacer tres cuartas partes del trabajo más
importante que nos espera; sería reducir la heroica y emprendedora
campaña cristiana a un simulacro de guerra. Por eso la fórmula
legionaria se expresa así: esfuerzo en toda circunstancia y a todo
trance. Esfuerzo: he aquí el principio primario. Desde el punto de
vista natural y sobrenatural, el repudiar la idea de la
imposibilidad nos dará la clave para lo posible. Es la única actitud
capaz de solucionar problemas. Aun más, es un acto de confianza en
la verdad evangélica de que para Dios no hay nada imposible (Lc
1,37). Es la respuesta de la fe a la llamada de nuestro Señor,
cuando pide una fe capaz de arrojar las montañas al mar. (Mc 11,23).
Sería absurdo pensar en conquistas espirituales, si, al mismo
tiempo, no cobrásemos valor de ánimo hasta adquirir esa indómita
disposición.
Con esta convicción, la Legión se preocupa en primer término del
fortalecimiento de ese espíritu de sus miembros.
Hay una consigna legionaria que afirma, a manera de paradoja, que
"cada imposibilidad es divisible en treinta y nueve pasos, cada uno
de los cuales es posible". Parece una contradicción, pero no lo es;
es una idea sumamente razonable. Constituye la base de todo éxito
feliz y consumado. Es un resumen de la "filosofía del éxito". Y en
efecto, si la mente se atolondra ante la perspectiva de lo
aparentemente imposible, el mismo cuerpo, por sugestión, se
relajará, y dejará de actuar.
En tales circunstancias, cada dificultad viene a ser claramente una
imposibilidad. Ante la imposibilidad, pues -dice la sabia consigna-,
divídasela: divide y vencerás. De un brinco no puedes llegar hasta
lo más alto de la casa; pero, si subes por la escalera, peldaño a
peldaño, llegarás. De igual modo, en contra de la dificultad, da un
paso adelante. No te preocupes por ahora del paso siguiente; pon
todo tu empeño en dar el primero. Una vez dado éste, inmediatamente
-o muy pronto- podrás dar el segundo. Da este segundo paso y
aparecerá el tercero, y así sucesivamente. Y después de una serie de
pasos -tal vez no lleguen a los treinta y nueve de la consigna,
tomada del título de una obra- te das cuenta de que has pasado las
puertas de lo imposible y estás en terreno muy prometedor.
Conviene observar que lo que se necesita es acción. No importa cual
sea el grado de la dificultad: lo que hay que hacer a todo trance es
dar un paso. Este paso debe ser - por supuesto - un paso acertado,
en cuanto sea posible. Si no vemos bastante claro para dar un paso
totalmente acertado, entonces demos otro, algo menos seguro y
acertado. Y si tampoco podemos dar este paso, no nos crucemos de
brazos, ni nos contentemos con rezar: hagamos algo positivo que,
aunque, al parecer, no tenga un valor práctico, por lo menos tienda
hacia nuestro objetivo y tenga alguna relación con él. Este gesto
final y retador es lo que la Legión ha venido llamando la acción
simbólica. Si recurrimos a esta acción simbólica ella disipará
cualquier imposibilidad que sea fruto de nuestra imaginación, y
nosotros entraremos, en espíritu de fe, a luchar denodadamente con
la imposibilidad auténtica.
¡Quién sabe si el resultado será el desmoronamiento de las murallas
de ese Jericó!
"A la séptima vuelta, los sacerdotes tocaron las trompetas, y Josué
ordenó a la tropa: ¡Gritad, que el Señor, os entrega la ciudad!
Sonaron las trompetas. Al oír el toque, lanzaron todos el alarido de
guerra. Las murallas se desplomaron, y el ejército dio el asalto a
la ciudad, cada uno desde su puesto, y la conquistaron" (Jos 6,
16-20).
5. Necesidad de hacer un trabajo activo
La Legión, sin su espíritu propio, sería un cuerpo sin alma. Pero
este espíritu -que obra tan grandes transformaciones en los socios-
no vaga por los aires, esperando que alguien lo respire. No, este
espíritu vital es resultado de la gracia divina y del esfuerzo
humano: depende del trabajo que hagan los legionarios y de cómo lo
hagan. Si no hay esfuerzo, ese espíritu se transforma en una luz
mortecina, próxima a apagarse.
Y sin duda existe el peligro de cierta tendencia a rehuir el trabajo
activo, o a señalar a los socios trabajos insignificantes.
Por las siguientes causas:(a) por una repugnancia instintiva a
emprender una obra considerada difícil; (b)por falta de ojos para
ver el trabajo que abunda hasta en las poblaciones más reducidas;
(c) sobre todo, por el temor a ser criticado. Sepan todos que la
Legión es un organismo nacido para ejecutar trabajos activos y
serios. Si la Legión no emprende estas obras, no hay razón para
fundarla. Sería un contrasentido llamar ejército al que se negase a
luchar. Tampoco tienen derecho a llamarse legionarios de María los
miembros de un praesidium que no tenga entre manos alguna forma de
trabajo activo. Y repetimos una vez más: los ejercicios de piedad no
bastan para cumplir el deber legionario de trabajo activo.
El praesidium inactivo es infiel a la vocación de la Legión de
ejercer claramente un apostolado dinámico y esforzado; y es también
gravemente injusto contra la Legión misma: crea la impresión de que
la Legión no está capacitada para emprender ciertas obras, cuando,
por sí sola, es perfectamente capaz, y ni tan siquiera se la pone al
trabajo.
6. El praesidium regula el trabajo
El praesidium es quien ha de señalar el trabajo. No tienen facultad
los socios para emprender en nombre de la Legión cualquiera obra que
a ellos se les antoje. Sin embargo, no debe interpretarse esta regla
con tanto rigor que impida al miembro aprovechar una ocasión para
hacer el bien. De hecho, el legionario vivirá como si estuviera
siempre de servicio.
Si se ofreciera ocasionalmente algún trabajo, tómese nota de él para
proponerlo al praesidium en la próxima junta; y si lo acepta el
praesidium, se convertirá en un trabajo legionario más. Pero en este
punto vaya el praesidium con mucho tiento: muchas personas de muy
buena voluntad adolecen de la manía de querer hacer todo menos
aquello que tienen entre manos, y de ir de aquí para allá, en vez de
ser firmes y constantes en el trabajo que se les señaló. Éstos harán
más mal que bien, y, si no se los controla, pondrán fácilmente en
peligro la disciplina legionaria.
Tal conducta debilita la conciencia de la responsabilidad, y olvida
la idea de que uno es mensajero mandado por el praesidium con
órdenes precisas, y con la obligación de volver con informes sobre
lo que haya hecho respecto de la obra señalada; y el resultado final
será que la obra no perseverará o vendrá a ser un peligro para la
misma Legión. Y si, a consecuencia de este proceder independiente,
se cometiera algún error grave, se echaría la culpa a la Legión,
cuando la falta estuvo en no hacer caso del reglamento legionario.
Cuando ciertos legionarios entusiastas se quejan del rigor de la
disciplina, y dicen que ésta les coarta la libertad para hacer el
bien, no estará de más analizar la objeción a la luz de los avisos
precedentes. Pero téngase también mucho cuidado de no dar ningún
motivo real para esa queja: el fin esencial de la disciplina es
impulsar, no detener; y algunas personas no conciben el gobernar si
no es diciendo "no" y apretando las clavijas.
7. Las visitas realizadas en parejas salvaguardan la disciplina
legionaria
Los legionarios realizarán visitas de dos en dos. La Legión, con
esta norma pretende lo siguiente: 1) salvaguardar a los propios
socios; de ordinario, se necesitará tener esta precaución no tanto
en la vía pública como en las casas que se visitan; 2) animarse
mutuamente, ofreciendo resistencia a los instintos del respeto
humano o de la timidez natural, cuando el lugar es de difícil acceso
o está uno expuesto a ser recibido con frialdad; 3) marcar el
trabajo con el sello de la disciplina, asegurando el puntual y fiel
cumplimiento de la visita proyectada. Obrando uno por sí mismo, es
muy fácil cambiar de hora, y aun aplazar indefinidamente la visita
semanal. El cansancio, las inclemencias del tiempo, el rechazo en
cuanto a enfrentarse a una visita desagradable: todo se combina
malamente cuando no existe el compromiso de visitar en compañía de
otro. Resultado: las visitas se hacen sin orden ni concierto, y, por
consiguiente, sin producir los frutos que eran de esperar; y, a la
larga, se abandonan.
Cuando uno de los dos visitantes legionarios deja de cumplir un
compromiso con el otro, se suele observar la práctica siguiente: si
se trata -por ejemplo- de visitar algún hospital, o de cualquier
otra obra donde se vea claramente que el peligro es nulo, el
legionario podrá seguir adelante él sólo; pero, si se tratara de un
trabajo que puede ponerle en circunstancias difíciles, o que
requiera recorrer una calle de mala fama, absténgase de hacerlo.
Entiéndase que el permiso de visitar sin ir acompañado es una
excepción, y que el praesidium juzgará seriamente toda falta
habitual a las citas.
Esta regla de visitar de dos en dos no quiere decir que los dos
legionarios han de dirigirse necesariamente a las mismas personas.
En la sala de un hospital, por ejemplo, sería más lógico que cada
uno de los legionarios fuera por su lado, dedicándose a diferentes
enfermos.
8. Es preciso resguardar el carácter íntimo del trabajo legionario
La Legión debe guardarse del peligro de caer en manos de
reformadores sociales de entusiasmos desmesurados. El trabajo de la
Legión es esencialmente callado: comienza en el corazón de cada
legionario, para desarrollar en él un espíritu de celo y caridad; y
luego, por medio del contacto personal - establecido directamente,
uno a uno, y con perseverancia -, los legionarios cifran todo su
empeño en elevar el nivel espiritual de la sociedad entera. Pero
esto se hace sin ruido, sin llamar la atención, suavemente: no se
dirige tanto a la supresión directa de grandes males cuanto a
saturar el ambiente de principios y sentimientos cristianos, para
que así, sanadas las causas, disminuyan y desaparezcan los males de
por sí. La Legión cree que el verdadero triunfo consistirá en el
desarrollo continuo -aunque a veces sea lento- de la vida y de los
principios netamente católicos entre el pueblo.
Importa guardar celosamente el carácter íntimo que distingue a la
visita legionaria; se desvirtuará ese carácter si los socios
adquieren fama de fiscales, que van a descubrir y denunciar los
abusos. Si fuera así, sus visitas a domicilio -como todos sus pasos
en general- inspirarían suspicacia, y en vez de ser mirados como
amigos dignos de la mayor confianza, esos legionarios pasarían a los
ojos de muchos como un especie de agentes de policía secreta, al
servicio de una organización; con el resultado seguro de que su
presencia sería mal vista, y eso pondría fin a la utilidad de sus
servicios.
Por eso, los encargados de dirigir las actividades de la Legión
tendrán buen cuidado de no asociar el nombre de la misma Legión con
otros fines que, por muy excelentes que sean en sí, funcionan con
métodos ajenos a los de la Legión de María. Hay ya organizaciones
para combatir los mayores abusos, sírvanse de ellas los legionarios
cuando fuere menester, y présteles su apoyo como individuos
particulares. Pero dejen a la Legión continuar fiel a su propia
tradición y a sus propios métodos de trabajo.
9. Es de desear que la visita se realice casa por casa
La visita legionaria deberá hacerse casa por casa, en cuanto se
pueda, y sin distinguir a las personas por lo que se dice de ellas.
Si alguien pensara que está fichado como persona que necesita ser
atendida por la Legión se molestaría.
Ni siquiera deben pasarse de largo los hogares no católicos, a no
ser que razones poderosas persuadan de lo contrario. En estos casos,
la visita no revestirá el carácter de propaganda religiosa sino que
servirá de ocasión para establecer los fundamentos de la amistad. Si
los socios explican que están llamando a todas las puertas para
conocer a todos los vecinos, la acogida de parte de muchos no
católicos será cordial; y tal vez, la divina Providencia utilice ese
encuentro como instrumento de su gracia para traer al redil aquellas
"otras ovejas" que Él desea ver reunidas (Jn.10,16). La amistad con
católicos imbuidos del espíritu apostólico disipará muchos
prejuicios; y al respeto que se les vaya tomando a ellos seguirá
infaliblemente el respeto hacia la Iglesia; lloverán las preguntas,
se pedirán libros católicos..., ¿y quién sabe lo que vendrá después?
10. Prohibido proporcionar socorro material
Queda prohibido proporcionar socorro material; por poco que sea; ni
siquiera ropa vieja. La experiencia ha hecho ver la necesidad de
consignar aun este detalle.
Al establecer esta regla, no es que la Legión desprecie en lo más
mínimo la limosna material en sí. Sencillamente declara que, para
ella, dicha práctica resulta contraproducente. Socorrer a los pobres
es cosa buena; hecho el socorro por motivos sobrenaturales, es cosa
sublime. Sobre este principio están fundadas muchas y muy
beneméritas asociaciones, en particular las sociedades de San
Vicente de Paúl, cuyo ejemplo y espíritu la Legión se goza en
proclamarse sumamente deudora. Tanto es así, que se puede decir que
la Legión brotó de estas sociedades. Pero la Legión tiene señalado
un campo de acción distinto. El principio en que está fundada es la
comunicación de bienes espirituales a todos los habitantes de la
población; y esta comunicación universal resulta en la práctica
incompatible con el reparto de socorro material. He aquí algunas de
las razones en que nos apoyamos:
a) Las personas que no necesitan ayuda material, raras veces
acogerían con agrado las visitas de una organización benéfica.
Temerían pasar, a los ojos de la vecindad, por unos pobres
vergonzantes.
Así, el praesidium que lograra fama de limosnero vería pronto
estrechársele -de manera pasmosa- el campo de acción. Para otras
asociaciones la limosna material podrá ser una llave que abre; para
la Legión es una llave que cierra.
b) Si algunos quedan defraudados en su esperanza de recibir algo, se
incomodarán, y se mostrarán reacios a toda influencia legionaria.
c) Ni tan siquiera entre los necesitados de socorro material hará la
Legión con sus donativos bien espiritual alguno. Deje esto la Legión
a esas otras asociaciones que están dedicadas expresamente a ello, y
para lo cual están dotadas de una gracia especial. De esta gracia se
privan con toda certeza los legionarios, al quebrantar con semejante
práctica sus propias normas. El praesidium que se salga del camino
trazado, se hallará metido en mil enredos, y sólo sacará en limpio
disgustos para la Legión entera.
Contra esto dirán algunos legionarios que cada cual tiene el deber
de dar limosna según sus posibilidades, y afirmarán categóricamente
que no quieren dar como legionarios, sino como individuos
particulares. Un análisis de esta objeción revelará las
complicaciones que forzosamente tienen que originarse. Considérese
el caso -y es lo corriente- de un individuo que antes de ser
legionario no se dedicaba a obras de beneficencia. Ahora, en el
curso de sus visitas, da con algunos que él cree necesitados de
socorro material, de una manera o de otra. Durante la visita oficial
de la Legión se abstiene de dar; pero va otro día y da como
"individuo particular", ¿acaso no quebranta esta norma de la Legión?
Y esa distinción entre visita y visita, ¿no es una sutileza? En el
primer caso visitó por ser legionario; como legionario se enteró de
la necesidad que había; y como tal le reconocerán siempre los
socorridos, sin hacer distinción alguna. Para ellos ha habido
simplemente socorro material por parte de la Legión, y hay que
admitir que lo deducen con toda razón.
Téngase bien en cuenta que la falta de obediencia o discreción de un
solo miembro en este particular es capaz de comprometer a un
praesidium entero. Fácilmente cobra uno fama de limosnero: no se
necesita dar cien veces, bastan dos.
Si un legionario tiene gran empeño en algún caso especial, ¿por qué
no guarda a la Legión de mil enredos, haciendo una dádiva anónima
por medio de algún amigo, o mediante alguna asociación dedicada a
este fin? Si un legionario, en esas circunstancias concretas, siente
repugnancia ha hacerlo en esa forma, daría indicios de que con sus
caridades busca, más que un premio eterno, cierta satisfacción
terrenal.
Esto no quiere decir que los legionarios permanezcan indiferentes a
los casos de pobreza o de indigencia que necesariamente conocerán
durante sus visitas domiciliarias, sino que informarán a las
asociaciones encargadas de resolverlos, según la naturaleza de cada
caso concreto. Pero, aun cuando fallaran todos los esfuerzos de la
Legión para conseguir el alivio deseado, no es ella la que debe
subsanar la deficiencia; no le compete hacerlo. Por lo demás, no es
fácil creer que, en cualquier sociedad moderna, no puedan
encontrarse otros individuos u organizaciones dispuestas a prestar
su ayuda en esos casos.
"Indudablemente, la compasión que mostramos hacia los pobres,
aliviando sus necesidades, es muy encomiada por Dios; ¿quién negará
que ocupa un puesto mucho más eminente el celo y esfuerzo que se
encamina a instruir y a persuadir, y de este modo colmar a los
hombres, no de los bienes pasajeros de la tierra, sino de aquellos
que duran para siempre?" (AN).
Esta regla puede ser interpretada demasiado rígidamente, como lo han
demostrado muchos ejemplos. Es preciso declarar que las obras de
prestación personal no constituyen socorro material; al contrario,
se recomiendan; y destruyen la acusación de que los legionarios se
limitan a hablar de religión y son indiferentes a las necesidades
del pueblo. Los legionarios han de probar la sinceridad de sus
palabras con el derroche de amor y servicio en todas las formas
permitidas.
11. Recaudación de dinero
Entra casi en la misma categoría -y bajo la misma prohibición- el
servirse habitualmente de las visitas legionarias como de otras
tantas ocasiones para recaudar fondos.
Semejante actuación podrá, tal vez, asegurar alguna ganancia
material, pero nunca el ambiente requerido para lograr ganancias
espirituales. Sería el caso de aquel que "por ganar un ochavo perdió
un ducado"
12. Nada de política en la Legión
Ningún centro legionario tolerará el uso de su influencia o de sus
establecimientos para fines políticos, ni para favorecer a ningún
partido.
13. Buscar a cada uno y conversar con él
La Legión actúa siempre movida por el ansia de llegar a cada
individuo en particular, de incluir en la órbita de su apostolado no
sólo a los negligentes o a los católicos, a pobres y desgraciados,
sino a TODOS.
Si los legionarios trabajan en un ambiente de creencias falsas o de
incredulidad, más razón para esforzarse denodadamente en
contrarrestar tan gran mal. Tampoco debe el legionario acobardarse
por las más repulsivas manifestaciones de abandono religioso. Nadie,
aunque parezca el más insensible y desesperado, quedará indiferente
ante la fe, el valor y la perseverancia del legionario.
Por otra parte, sería una limitación intolerable de la misión de la
Legión, reducir su atención a los males más graves. El atractivo
especial que se siente en buscar a la oveja descarriada, o en
arrancarla de manos del ladrón, no debe cerrar los ojos del
legionario a la existencia de un apostolado más vasto y más
inmediato: animar a la perfección a todas esas multitudes que son
también llamadas a la santidad, y se contentan con cumplir lo más
esencial de sus obligaciones cristianas. Sólo se conseguirá moverlas
a emprender obras de celo o piedad visitándolas por largo tiempo y
usando con ellas de gran paciencia. Afirma el padre Fáber que un
santo vale por un millón de católicos mediocres, y Santa Teresa dice
que una sola alma todavía no santa, pero que trabaja para serlo, es
más preciosa a los ojos de Dios que miles de almas que llevan una
vida rutinaria.
14. Nadie tan perverso que no pueda ser rehabilitado. Nadie es
demasiado bueno.
Ni
uno solo de los visitados debería quedar al mismo nivel en que se le
encontró. Nadie hay tan bueno que no pueda estrechar muchísimo más
su unión con Dios. A menudo irán los legionarios a visitar a
personas incomparablemente más santas que ellos; pero ni aun
entonces deben vacilar en su convicción de poder hacerles mucho
bien. Podrán comunicarles ideas nuevas o nuevas devociones, y
reanimar la rutina. Y será edificante para tales personas observar
con qué alegría viven los legionarios su vocación apostólica.
Ya traten, pues, con santos, ya con pecadores, sigan los legionarios
adelante, en la persuasión de que no están allí sólo con su pobreza
espiritual, sino como representantes de la Legión de María, "unidos
con sus pastores y sus obispos, con la Santa Sede y con Cristo" (UAD).
15. Un apostolado indefinido es de poco valor
En cada obra que se emprende, hay que proponerse la realización de
un bien notable y concreto. Si se puede, hágase mucho bien a muchos;
sino, hágase mucho bien a un número más reducido; pero nunca debemos
contentarnos con hacer un poco de bien a muchos. El legionario que
vaya por este último camino obra mal: primero, porque da por hecho
un trabajo que - según el modo de ver de la Legión - apenas ha
comenzado, impidiendo así el que otros lo tomen a su cargo; y
segundo, porque fomenta la peligrosa sensación - forjada en momentos
de desaliento - de que el poco bien hecho a muchos en realidad no ha
aprovechado a nadie; y este sentimiento de la propia nulidad
compromete su voluntad de perseverar.
16. El secreto de la influencia del amor
Repitámoslo con insistencia: sólo si se establecen las bases para la
intimidad entre los visitados y los visitantes, puede esperase un
bien verdadero y extenso; procediendo de otra suerte no se
conseguirá más que un resultado efímero y secundario. Es preciso
recordar bien esto al ir a visitar las casas para la entronización
del Sagrado Corazón o para la buena prensa. Aunque estos fines sean
excelentes en sí mismos, y fuentes de bendiciones, no deben tenerse
como el fin principal. Las visitas que cesan después de lograr en
poco tiempo la entronización -por ejemplo-, a los ojos de la Legión
no habrá cosechado sino una porción mínima de los frutos esperados.
Frecuentes y prolongadas visitas a cada familia obligarán a los dos
visitantes legionarios a un proceso lento, y urgen a la Legión a
contar con muchos socios y numerosos praesidia.
17. El legionario ve y sirve en cada persona a quien visita a su
Señor Jesucristo.
En ninguna parte ni en ningún caso debe hacerse la visita legionaria
con espíritu de filantropía, o de mera compasión natural hacia el
desgraciado. Cada vez que lo hicisteis con un hermano mío de esos
más humildes, lo hicisteis conmigo (Mt 25,40). Con estas palabras
grabadas en su corazón se esforzará el legionario en ver a nuestro
Señor en la persona del prójimo -es decir, en todos los hombres sin
distinción- y cumplirá su servicio con altura de miras. Los
malvados, los ingratos, los estúpidos, los afligidos, los
despreciados, los marginados por la sociedad, los que más nos
repugnan: todos ellos han de ser mirados con esta nueva luz
sobrenatural. Estos sí que son los más humildes entre los hermanos
de Jesucristo, merecedores -según las palabras del divino Maestro-
de nuestro homenaje y servicio.
Siempre tendrá en cuenta el legionario que no va a visitar a un
inferior, ni siquiera a un igual, sino a un superior, como criado a
su Señor. La falta de este espíritu engendra un aire de
superioridad, destructor de todo bien natural y sobrenatural. A
quien así se porta, se le tolera tan sólo mientras sus manos
reparten dádivas. Mas aquel que se acerque amable y cariñoso,
pidiendo humildemente ser admitido en la casa donde llama, será
recibido con júbilo, aunque sus dones no sean materiales; y pronto
habrá echado los cimientos de una amistad verdadera. Persuádanse los
legionarios de que cualquier falta de sencillez en el vestido o en
el tono de la voz levantará entre ellos y aquellos a quienes visiten
una barrera que ni las más eminentes cualidades personales podrán
destruir.
18. Por medio del legionario, María ama y cuida a su divino Hijo
"Logramos hacernos simpáticos". Con estas palabras quiso explicar un
legionario el resultado feliz de una visita ingrata y difícil;
sintetizan admirablemente el modo de obrar de la Legión. Más, para
despertar esta simpatía, hay que anticiparse en mostrarla; es
necesario amar a quienes se visita. Si se quiere influir en los
espíritus de una manera eficaz, no vale andar por otro camino, ni
usar de otra diplomacia, ni abrir con otra llave. San Agustín
concreta la misma idea en estos otros términos: "Amad, y luego haced
lo que queráis".
Chesterton, en un párrafo magistral de la vida de San Francisco de
Asís, sienta un principio netamente cristiano cuando escribe: "San
Francisco veía sólo la imagen de Dios multiplicada, pero nunca
monótona. Para él un hombre era siempre un hombre, y, aun cuando
estuviera mezclado en una densa multitud, le miraba como si
estuviera a solas con él en un desierto. Honraba a todos los
hombres; es decir, no solamente los amaba, los respetaba. El secreto
de su extraordinario poder de captación era éste: desde el papa
hasta el pordiosero, desde el sultán de Siria en su pabellón hasta
los andrajosos ladrones que salían a gatas de los bosques, jamás
hubo un hombre que mirara aquellos ojos negros y encendidos que no
sintiera con certeza que Francisco Bernardone tenía un interés
sincerísimo en él, en su vida íntima individual, desde la cuna hasta
el sepulcro y que a él personalmente le apreciaba y le tomaba en
serio".
Pero ¿cómo amar siempre que uno quiera? Viendo en todos los que
tratamos a la Persona de nuestro Señor: sólo con pensar en esto,
salta la chispa del amor. Y es cosa muy cierta que María desea ver
prodigado al Cuerpo místico de su divino Hijo aquel mismo amor que
Ella prodigó a su cuerpo físico. Vendrá en auxilio de sus
legionarios, para que cumplan este deseo; y dondequiera que vea en
ellos una chispa de este amor, el ansia de amar de esta manera, allí
acudirá Ella para transformarla con su soplo en el fuego abrazador.
19. Al legionario humilde y respetuoso se le abren todas las puertas
La inexperiencia tiembla ante "la primera visita"; pero todo
legionario que se haya aprendido formalmente el punto anterior, sea
nuevo o veterano, tendrá en su poder la llave mágica de todas las
puertas.
No olvidemos jamás que no tenemos ningún derecho a entrar en las
casas; y, si entramos, es tan sólo debido a la cortesía de las
familias. Hay que acercarse sombrero en mano -por decirlo así- y
mostrando con nuestra actitud ese respeto profundo que tendríamos al
visitar los palacios de los nobles. En la mayoría de los casos, una
aclaración del objeto de la visita, acompañada de un humilde ruego
de que se les permita la entrada, abrirá la puerta de par en par, y
será correspondida con la invitación a sentarse. Y una vez dentro,
recordarán los legionarios que no han ido allí para dar una
conferencia, ni para hacer una serie de preguntas, sino para
depositar los gérmenes de una amistad que mas tarde derramará a
raudales los tesoros espirituales que su palabra y su influencia
apostólica encierran.
Se ha dicho que lo que más enaltece a la caridad es el saber
compenetrarse con el dolor ajeno. En este desventurado mundo nuestro
no hay don más necesario que éste, "pues la mayoría de los hombres
padecen cierto sentimiento de desamparo: no gozan de la felicidad,
porque nadie se preocupa de ellos, nadie quiere escuchar sus
problemas" (Duhamel).
No se deben tomar las primeras dificultades demasiado en serio.
Aunque toparan con la descortesía más descarada, una sumisión
humilde la cambiará en vergüenza y, con el tiempo, llegará a dar sus
frutos.
Para trabar conversación, será bueno empezar por los niños,
preguntando cuánto saben de religión y que sacramentos han recibido.
Si estas preguntas se dirigieran inmediatamente a los padres, tal
vez se resistirían; pero, a través de los niños, se podrá dar a sus
padres consejos e instrucciones de mucho valor.
Al marcharse, hay que dejar preparado el terreno para la visita
siguiente. La mera indicación de que se ha gozado de su compañía, y
de que se espera verlos a todos en la semana próxima, resulta una
despedida natural, y es ya una preparación eficaz para la visita
siguiente.
20. Modo de comportarse en una institución
Al visitar una institución benéfica, recordarán los legionarios que
están allí sólo por condescendencia de los directores: como si
fueran huéspedes en una casa particular. Los responsables suelen
mirar con cierto recelo a los que, tratando de hacer una visita
caritativa a los enfermos o aislados, vienen a olvidar el respeto
debido a la dirección y a las normas del centro. Nunca pueda
tacharse al legionario de la menor falta en este particular. Además,
eviten ir de visita a deshora, llevar a los enfermos medicinas u
otros artículos prohibidos; y, en el caso de que haya disensiones
dentro del establecimiento, no se inclinen por ninguno de los
bandos.
Algunos residentes se declararán víctimas de mal trato por parte de
la dirección o de otros enfermos; pero, aun cuando realmente sea
así, no incumbe a los legionarios reparar agravios. Escucharán
compasivos la narración de sus penas, y procurarán inspirarles
sentimientos de resignación; pero, por regla general, no tomarán
otras medidas. Si en el ánimo del legionario surgieren sentimientos
de gran indignación, podrá desahogarse refiriendo el estado de cosas
al praesidium; a éste le compete examinar todos los aspectos del
problema, y, si lo cree oportuno, aconsejar el partido que convenga
tomar.
21. Absténgase el legionario de juzgar a nadie
El respeto y la delicadeza no han de reflejarse sólo en los modales
externos del legionario: es más importante aun que estén grabados en
lo más hondo de su espíritu. El ponerse el legionario a juzgar a su
prójimo o el pretender que su propio modo de pensar y obrar sea
norma a la que deberán conformarse los demás, es incompatible con su
misión. Y, si ve que otros difieren de él o se niegan a recibirle, y
hasta se oponen, no debe sacar la conclusión de que son unas
personas indignas.
Hay ciertamente muchos cuyas acciones parecen reprochables; pero no
es el legionario el llamado a criticarlas. Con mucha frecuencia esas
personas resultarán como algunos santos, que fueron acusados
falsamente. Además, aunque muchas vidas están realmente salpicadas
de graves abusos, solo Dios ve en los corazones y sabe aquilatar las
cosas en su justo valor. Observa Gratry: "muchos carecen del
beneficio de la más elemental educación. Vienen a este mundo
despojados de todo patrimonio moral, y por todo alimento, a lo largo
de esta penosa vida, no reciben tal vez sino máximas y ejemplos
perversos. Pero tampoco se pedirá cuenta a nadie sino de aquello que
haya recibido".
Otros muchos hacen ostentación de sus riquezas y llevan una vida muy
ajena a la mortificación cristiana. El legionario, oponiéndose a la
costumbre de juzgar a estas personas con palabras amargas, se
detendrá a reflexionar que siempre existe la posibilidad de que
dichas personas se parezcan a Nicodemo, el cual se acercaba a
nuestro Señor secretamente y de noche, e hizo mucho por Él, le
granjeó numerosos amigos, le amaba de corazón, y al final tuvo la
privilegiada suerte de asistir a su sagrado entierro.
El oficio del legionario nunca debe ser el de juez o crítico.
Considerará con qué ojos de amor miraría la Virgen santísima todas
esas circunstancias y personas; y se esforzará por obrar como
obraría Ella.
Una de las prácticas que seguía Edel Quinn era la de no culpar nunca
a nadie sin consultar antes a la Santísima Virgen.
22. Frente a la crítica hostil
Muchas veces nos hemos referido en estas páginas al efecto
paralizador que ejerce el temor a la crítica hostil, aun sobre los
mejor intencionados. Aprendamos bien el principio siguiente: el fin
principal que persigue la Legión, el que le asegurará los mayores
triunfos, es crear normas elevadas en el pensamiento y en la
conducta. Ahora bien: los socios, al entregarse a una vida de
apostolado, dan gran ejemplo de lo que puede ser la vida seglar; y
este ejemplo -en virtud de ese instinto extraño que, aun a pesar
suyo, tienen los hombres de imitar las cosas que les impresionan-
moverá a todos, en diversos grados, a seguirlo, más o menos de
cerca. Una de las señales de que el ejemplo ha sido eficaz será la
multitud de los que desean sinceramente adoptarlo como norma de su
vida. Otra señal -no menos común- será la oposición y críticas que
provocará, precisamente porque ese ejemplo es una protesta contra la
vulgaridad. Es un aguijón para la conciencia popular que -como pasa
siempre- provocará una reacción saludable de disgusto y de protesta,
para luego imprimir un movimiento ascendente. Si no hubiere reacción
de ningún género, es prueba evidente de que el ejemplo no ha cundido
eficazmente.
De donde se deduce que, aun cuando las actividades legionarias
ocasionen algún revuelo -con tal que no venga de un proceder
indiscreto-, no hay por qué apurarse. Y téngase en cuenta también
este otro principio que debe regir toda labor apostólica: "a los
hombres sólo se les conquista con el amor y el cariño, con el
ejemplo callado y prudente, que ni humilla ni obliga a rendirse por
la fuerza. A nadie le gusta ser atacado por aquel que solo sueña en
vencer" (Josué Borsi).
23. Nunca hay razón para desanimarse
A veces los esfuerzos más generosos, y prolongados heroicamente,
parece que dan pocos frutos. Los legionarios no se empeñarán en los
resultados visibles; pero no les beneficiaría el trabajar con la
impresión de que todos sus esfuerzos son vanos. Les consolará y les
animará a realizar todavía esfuerzos más enérgicos, el reflexionar
que un solo pecado que se haya evitado es ya una ganancia infinita:
ese pecado sería en sí un mal inconmensurable, y acarrearía una
serie interminable de lamentables consecuencias. Dice el citado
Josué Borsi: "por pequeña que sea la cosa, influye en el equilibrio
de las mismas estrellas. Por eso - y del modo que solo tu, Dios mío,
puedes concebir y calcular - el más ligero movimiento de esta pluma
mía, que corre por el papel, está íntimamente ligado con el girar de
las esferas, al cual contribuye y del que forma parte. Lo mismo
ocurre en el mundo de las ideas. Las ideas viven y tienen sus
repercusiones más complejas en un mundo incomparablemente superior a
este mundo material: en un mundo también unido y compacto en la
grandiosa, fecunda y variadísima complejidad de su ser. Y como en el
mundo material e intelectual, así sucede en ese otro mundo
infinitamente mayor que los dos: el mundo moral". Cada pecado hace
estremecer al mundo moral; repercute siniestramente en todas las
almas. Algunas veces el primer choque en la serie es visible: como
cuando una persona conduce a otra a pecar. Pero, sea visible o no,
el hecho es que todo pecado lleva a otro pecado; y de manera
semejante, todo pecado que se impide guarda de otro pecado; y este
segundo pecado impedido es, a su vez defensa contra otro tercero; y
así sucesivamente, hasta que llega a formar como una cadena que
engarza con sus anillos todos los lugares y todos los tiempos.
¿Será, pues, mucho afirmar que cada pecador arrepentido vendrá a
figurar con una gran multitud que marcha tras él hacia el cielo?
Por consiguiente, impedir un solo pecado grave justificaría los más
arduos esfuerzos, aun durante toda la vida; porque, con ello, no
habría ningún alma que no recibiese un aumento de gracia. Y puede
ser que ese pecado impedido determine el destino eterno de un alma,
o sea el primer impulso de un proceso de elevación espiritual que,
con el tiempo, cambie la vida de todo un pueblo, que pase de ser
ateo a verdaderamente creyente.
24. La huella de la Cruz es señal de esperanza
El principal peligro de desaliento no está en la oposición -por
fuerte que sea- de las fuerzas contra las cuales lucha la Legión. El
peligro está en la angustia que se apoderará de todo legionario, al
ver que fracasan aquellos mismos auxilios y circunstancias en que
creía poder confiar: le fallan los amigos, le fallan las personas
buenas, le fallan sus mismos instrumentos de trabajo; "y todo
nuestro sostén ha traicionado nuestra paz". ¡Oh, si no fuera por
esta hoz embotada que tengo, si no fuera por esas deserciones entre
los mismos amigos, si no fuera por esta cruz que me agobia!... ¡Ah,
que espléndida mies podría cosechar!
No hay duda de que precisamente aquí, en este impacientarse al ver
cómo, sin culpa propia, se va estrechando más y más el campo para
hacer el bien, aquí es donde se oculta el grandísimo peligro de
desanimarse, peligro mayor que todas las embestidas enemigas.
Recordemos siempre que la obra del Señor llevará el signo distintivo
del mismo Jesucristo: la cruz. Toda obra que no lleve la huella de
la cruz difícilmente podrá acreditarse de obra sobrenatural, y nunca
será verdaderamente fructífera. Janet Erskine Stuart expresa esto
mismo de otra manera: "si examináis la historia sagrada, la historia
de la Iglesia y vuestra propia experiencia -que va consolidándose
con los años-, veréis que nunca se realiza la obra de Dios en
condiciones fáciles, nunca de la manera que hubiéramos imaginado o
preferido nosotros". Lo cual quiere decir -¡cosa extraña!- Que
aquellas mismas circunstancias que, según nuestro limitado entender
humano, parecen impedir que las condiciones de obrar sean las
mejores -y que consideramos fatales para el porvenir de la obra-, no
solamente dejan de ser obstáculo para que triunfe dicha obra, sino
que son elemento esencial para su triunfo; no son señal de flaqueza,
sino marca de garantía; ni un freno, sino un estímulo que alimenta
el esfuerzo y le ayuda a conseguir su objetivo. Siempre ha sido del
divino agrado hacer alarde de su poder sacando resultados felices de
las condiciones más adversas, y sirviéndose de los más débiles
instrumentos para ejecutar sus mayores designios.
Así y todo, los legionarios tendrán muy en cuenta esta importante
consideración: para que sus dificultades sean beneficiosas, no
habrán de proceder de negligencia suya. No tiene la Legión derecho a
esperar que sus propias culpas de obra u omisión sean fuentes de
gracias.
25. El triunfar es una dicha. fracasar no es más que el aplazamiento
del triunfo
Si se miran bien las cosas, el trabajo legionario es una alegría
continua. Alegre es el triunfar. Pero más alegre debiera ser el
fracasar: porque, además de ser una penitencia y un acto de fe, el
legionario que reflexione un poco no verá en el fracaso sino el
aplazamiento de un triunfo mayor. Es natural gozarse de ser recibido
con sonrisas de agradecimiento por los más, que estiman grandemente
sus visitas; pero, cuando sorprenda miradas recelosas de otros,
alégrese más todavía, porque se le está dando por añadidura algo muy
importante, que la mirada común no percibe. Sabe la Legión por
propia experiencia que donde reina un sentir genuinamente católico,
aunque haya abandono en el cumplimiento de los deberes religiosos,
siempre se acoge con agrado al visitante legionario; lo contrario,
no pocas veces, es indicio de que un alma peligra.
26. Actitud respecto a las faltas de los praesidia y de los
legionarios
Usar de paciencia, con unos y con otros. Aunque se encuentre con un
celo sin brío, con progresos insignificantes o con las ruindades de
un espíritu mundano, no por eso hay motivo para desalentarse; antes
bien, anímese el legionario con la siguiente reflexión:
Si esos hermanos legionarios dejan tanto que desear -a pesar del
enérgico impulso que les comunica su organización, y de la
influencia que el espíritu de piedad y celo de esta organización
ejerce sobre ellos-, ¿qué serían, si carecieran de todo? De igual
modo, ¿cuál no sería la desolación espiritual de una población
incapaz de reunir los pocos apóstoles requeridos para formar un buen
praesidium? Pero, si realmente no se hallan socios dignos, la
conclusión es evidente: elevar a todo trance las normas de vida en
dicha población, y elevarlas valiéndose del mejor y único medio:
metiendo en ella la levadura del apostolado," hasta que quede
fermentada toda la masa" (Mt 13, 33). Lo poco que haya de espíritu
apostólico, cultívese con invencible paciencia y dulzura. Si la
formación del espíritu católico ordinario va tan despacio, ¿cómo
esperar el desarrollo del espíritu apostólico en un abrir y cerrar
de ojos? Lo que se necesita, ante todo, es valor y decisión; si
estas cualidades faltan, ha fallado el último recurso, y la
población quedará abandonada a su estancamiento para siempre,
hundiéndose más cada día en el fango del vicio, hasta convertirse en
criadero de infección.
27. No buscarse a sí mismo
Tampoco permitirá la Legión que ninguno de sus miembros la utilice
como instrumento de ganancia material personal. Verdaderamente,
jamás debería ser necesario llamar la atención a nadie sobre la
indigna explotación- dentro o fuera de la Legión- de su calidad de
socio de la misma.
28. No dar regalos a los socios
Está prohibido a los centros de la Legión el hacer a sus miembros
donativos de dinero u otros regalos equivalentes. Si estos donativos
se tolerasen, su número tendería a aumentar, y llegaría a ser una
pesada carga financiera. No hay que consentirlos, sobre todo en
atención a las muchas personas de escasos recursos pecuniarios que
la Legión tiene la dicha de contar entre sus miembros.
Si algún praesidium -u otro cuerpo legionario- quisiere festejar un
suceso notable en la vida de un socio, que lo haga obsequiándole con
un ramillete u ofrenda espiritual.
29. En la Legión no hay distinción de clases
La Legión por regla general, se opone a la formación de praesidia
compuestos exclusivamente de miembros pertenecientes a una clase o
categoría social determinada. He aquí algunas de las razones: a)
restringir equivaldría frecuentemente a excluir, con perjuicio de la
caridad fraterna; b) el mejor método de reclutar socios suele ser
que quienes ya lo son los busquen entre sus amistades, y estos
podrían no considerarse con títulos para unirse a un praesidium
especial; c) un praesidium formado por representantes de todas las
clases y condiciones de la vida humana resultará casi siempre el más
eficaz.
30. Tenemos que aspirar a unir
La Legión debe proponerse combatir las divisiones y los innumerables
antagonismos que existen; más, para hacer algo, hay que iniciar ese
proceso dentro de la unidad orgánica de la Legión: el praesidium.
Sería un contrasentido que la Legión hablara de superar diferencias
si al mismo tiempo el espíritu de desunión reinara en sus propias
filas. Por eso, no piense la Legión más que en organizarse según el
concepto de unión y caridad vigentes en el Cuerpo místico. Cuando
haya logrado unirse entre sí, como socios de un mismo praesidium, a
personas que los criterios del mundo mantenían alejadas, entonces
habrá efectuado algo grande: se habrá establecido el contacto del
amor. Y este contagio cristiano se difundirá en torno, superando y
aniquilando al espíritu de discordia que reina en el mundo.
31. Tarde o temprano los legionarios tendrán que acometer trabajos
más difíciles
La elección de trabajo puede dar lugar a vacilaciones. Tal vez urja
poner remedio a ciertos problemas, pero el párroco teme valerse de
un praesidium que está todavía en sus comienzos. ¿Qué hacer?
Primero: no permitamos que, de ordinario, prevalezcan los motivos de
temor, no sea que se nos puedan aplicar las palabras de San Pío X:
"el mayor obstáculo al apostolado es la pusilanimidad, o, mejor
dicho, la cobardía de los buenos". Segundo: si las dudas y temores
persisten, al principio vaya el praesidium con mucha cautela,
tanteando con trabajos más sencillos. Conforme vayan sucediéndose
las juntas y se gane en experiencia, se destacarán algunos socios
como ciertamente capaces de empresas más arduas. Sean estos los
primeros en poner manos a la obra; y únanse luego a ellos otros
legionarios, a medida que demuestren su capacidad y lo exija el
trabajo mismo. Aunque no estuviesen ocupados en un trabajo difícil
más que dos legionarios, su ejemplo tendría un efecto alentador
sobre los esfuerzos de los demás.
32. Ante los peligros
El sistema legionario reducirá a un mínimun absoluto las ocasiones
de peligro; así y todo, puede haber ciertos riesgos inherentes a
algunos trabajos importantes. Ante esa situación, y después de
madura reflexión, láncese decididamente a la obra unos cuantos
legionarios escogidos, si en esa reflexión se viere: a) que, de otra
suerte, quedaría abandonado en todo o en parte un trabajo del que
depende la salvación de un alma, y b) que se han tomado todas las
precauciones para resguardar al socio. Quedarse mirando con fría
indiferencia, mientras el prójimo se precipita a la ruina, sería
para los legionarios un crimen intolerable. "¡Dios aleje de nosotros
la serenidad de los ignorantes! ¡Dios aparte de nosotros la paz de
los cobardes!" (De Gasperín).
33. La Legión ha de ir siempre a la vanguardia en las luchas de la
Iglesias
Los legionarios comparten la fe de María en la victoria de su Hijo;
su fe por la cual, a través de su muerte y resurrección, se ha
conquistado todo el poder del pecado en el mundo. De acuerdo con la
medida de nuestra unión con nuestra Señora, el Espíritu Santo pone
esta victoria a nuestra disposición en todas las batallas de la
Iglesia. Con este hecho en mente, los legionarios deben ser una
inspiración para toda la Iglesia por la confianza y el coraje con
los que se enfrentan a los grandes problemas y a los perversos día
tras día.
"Debemos comprender lo que es esta guerra. Se está luchando no sólo
por extender el reino de Dios a través de su Iglesia, sino para
conseguir también que las almas se unan con Cristo. Es una de las
guerras más sorprendentes, en las que se pelea por el enemigo y no
contra el. Incluso no debemos permitir que nos confunda el término
"enemigo".
Cada uno de los no creyentes es, como cada uno de los católicos, un
ser humano con un espíritu inmortal, hecho a imagen y semejanza de
Dios, por quien murió Cristo. Por violentamente hostil que pueda
mostrarse ante la Iglesia o ante Cristo, nuestro objetivo es
convertirle, y no simplemente vencerle. No debemos olvidar que el
demonio quiere su alma en el infierno como quiere la nuestra, y
debemos luchar con el demonio por él. Podemos vernos obligados a
enfrentarnos a un hombre para impedir que su alma caiga en peligro,
pero siempre hemos de desear ganarle para su salvación. Es con la
fuerza del Espíritu Santo (sic) con la que debemos luchar, y Él es
el amor del Padre y del Hijo; tan es así que, si los soldados de la
Iglesia pelean con odio, están peleando contra Él" (F.J. Sheed,
Teología para principiantes).
34. El legionario debe ser propagandista de todo lo católico
Los legionarios no deben descuidar el uso de escapularios, medallas
e insignias aprobadas por la Iglesia. La distribución de estos
objetos, propagando esas devociones, son otros tantos cauces que se
abren: por ellos quiere Dios hacer fluir abundantes gracias, como lo
han demostrado innumerables ejemplos.
Recordarán particularmente el escapulario del Carmen, la librea
misma de María. "Algunos interpretan en sentido literal la siguiente
promesa: "El que muere con este hábito puesto, no se perderá". Y San
Claudio de la Colombiere no toleraba ninguna restricción, diciendo:
"Podrá uno perder su escapulario, pero aquel que lo lleve en la hora
de la muerte se salva". (Padre Raúl Plus).
Promoverán también la piedad en los hogares, animando a las familias
a poner en sitio visible estampas y cuadros devotos, crucifijos y
estatuas, a tener siempre llena una pila de agua bendita, y a llevar
consigo un rosario con las debidas indulgencias. La familia que no
muestre afecto y aprecio a los sacramentales de la Iglesia, corre
gran riesgo de ir poco a poco abandonando los mismos sacramentos. Y
los niños, extremadamente sensibles a estas ayudas externas de la
piedad, tendrán gran dificultad en adquirir el carácter íntimo y
verdadero de nuestra fe, si no tienen en casa alguna imagen o cuadro
religioso.
35. "Virgo Praedicanda”: la Virgen ha de ser llevada y enseñada a
todos los hombres, pues Ella es su Madre
Tema predilecto de León XIII: María es la Madre de todos los
hombres, y Dios ha implantado un germen de amor hacia Ella en todos
los corazones, aun en aquellos que no la conocen o la odian. Este
germen tiene que crecer, y puede ser fomentado lo mismo que
cualquier otra cualidad, con las condiciones requeridas. Hay que
acercarse a las almas para enseñarles el oficio maternal de María.
El Concilio Vaticano II ha proclamado esta maternidad universal de
María (LG, 53,65), y ha declarado que María es verdaderamente la
fuente y el modelo del apostolado, y que la Iglesia tiene que
depender de Ella en sus esfuerzos por salvar a todos los hombres (LG,65).
El Papa Pablo VI aconseja insistentemente que en todas partes -y
particularmente allí donde abundan los no-católicos- los fieles se
instruyan plenamente en el oficio maternal de María, a fin de que
repartan a sus "hermanos más menesterosos" el tesoro de este
conocimiento. Además, encomienda al corazón amante de María a todo
el género humano, para que Ella cumpla su misión de orientar a todas
las almas hacia Cristo. Finalmente, a fin de poner en claro su
oficio maternal y unificador para con todos los miembros de la
familia humana, otorga a María el significativo título de "Madre de
la Unidad".
Por eso yerran tristemente aquellos que miran a la santísima Virgen
como una barrera para las conversiones, barrera que debería
suprimirse. No: Ella es la Madre de la gracia y de la unidad, de tal
modo que, sin Ella, las almas no acertarán a encontrar su camino.
Los legionarios han de aplicar firmemente este principio a sus
esfuerzos en pro de las conversiones; es decir, han de explicar a
todo el mundo lo que algunas veces se ha calificado equivocadamente
de "devoción legionaria a María". Esta devoción no es propiedad de
la Legión. La Legión no ha hecho más que aprenderla de labios de la
Iglesia.
"La Iglesia ha presentado la Virgen María a los fieles como ejemplo
a imitar, no precisamente por el tipo de vida que llevó, y mucho
menos por el estado socio-cultural en el que vivió y que hoy día
apenas sí existe en parte alguna. La Iglesia nos la presenta como
ejemplo para los fieles por la forma en la que, en su vida
particular, aceptó con plena responsabilidad el deseo del Señor (cf.
Lc 1,38), porque escuchó la Palabra de Dios y la cumplió, y porque
la caridad y el espíritu de servicio fueron la fuerza que impulsó
sus acciones. Merece la pena imitarla porque es la primera y más
perfecta de los discípulos de Cristo. Todo esto tiene un valor
ejemplar, universal y permanente" (MC, 35).

Manual de la Legión de María
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