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VOLVER A EMPEZAR
Emma
Margarita R. A.- Valdés
Capítulo I — El regreso
Su cuerpo, fuerte como
un roble cincuentón, acariciado por auras y agitado por tempestades,
había superado las curvas de la carretera con la ilusión de un
astronauta en las pruebas de aptitud. Sus ojos rezumaban toda la
gama de húmedos verdes extendidos por el paisaje. Las arrugas,
talladas en sus facciones, guardaban placeres y agonías. Ostentaba,
en sus espesos cabellos, el color pizarra de los tejados de su
tierra. No había perdido la semilla de agua dulce y salina, de
hierba y roca, de hondonada y cumbre, y volvía para arraigar.
Tenía que aceptar que su
cuerpo envejecía lentamente, a la vez que sentía rejuvenecer su
espíritu y avanzar en sabiduría, lo que aclaraba su visión sobre el
mundo. ¡Qué tristeza ir acabando cuando se desea comenzar, se intuye
lo mucho que aún queda por hacer y se está capacitado para
acometerlo! Cada paso consciente hacia el fin era un dolor
inexplicable por saber que la materia termina.
¡Había desaparecido su
juventud! ¿Qué huella, qué marca de su pasado llevaba en el alma?
Había tenido instantes memorables, gozosos, pero aquellos que
deseaba relegar fueron los que forjaron, en el sufrimiento, la
serena felicidad que ahora poseía. La felicidad no dependía de la
libertad ni del poder ni del dinero; tampoco era un sentimiento, un
estado de ánimo; no consistía en episodios eufóricos, venturosos,
placenteros... había llegado a conocer un estado de felicidad. La
felicidad como armonía, una reconciliación con la realidad, como
alcanzar la pieza necesaria para completar el rompecabezas de la
vida. Él había ensamblado todas sus piezas. Había peregrinado por el
valle de las lágrimas hasta el rayo del Sol y alcanzado esa
dimensión que trasciende toda experiencia sensible y posible.
Durante años dirigió
empresas, firmó contratos y levantó una fortuna, pero jamás
consiguió silenciar el nombre que llevaba grabado en el corazón.
Capítulo
II — La llegada
Asomado a la ventana de
la habitación del hotel imaginó que el presente se había detenido en
los días de su infancia.
Estaba cansado,
nervioso, impaciente. La noche se acercaba. Bajaría a cenar y se
acostaría temprano. En el comedor se sentía extranjero en su propia
tierra, como un caballo sobre el mar cabalgando la espuma. Ya en su
dormitorio le asaltó el temor a enfrentarse con su insomnio o con su
habitual duermevela, que traía a su mente oníricos vergeles edénicos
o abismos infernales. Durmió de un tirón.
La mañana siguiente se
presentó radiante. La luz se filtraba por los cortinones e invitaba
al paseo. Había conseguido descansar plácidamente y estaba relajado.
Sus raíces afloraban. ¡Qué diferente era todo!
Después del desayuno,
subió a su habitación, se cambió de ropa y salió sin rumbo
determinado. Su primera visita fue al cementerio. Ante el panteón
familiar sintió una losa en su pecho, el cuerpo le pesaba y
respiraba con dificultad. En su mente agitaban las alas y picoteaban
los pájaros de los afectos, tantos años cautivos.
La tarde alcanzaba su
fin. ¡Qué maravillosa la puesta del sol! Los rayos rojos rielaban
como un desgarro encendido del mar bajo el rostro de fuego. Escuchó,
absorto, el latido de las olas, la llamada de la tierra y percibió
el intenso aroma de la madera de los cipreses. Superó las esferas de
la realidad y se elevó con el éxtasis de los sentidos a la plena
contemplación. Se sintió arrebatado a lo alto, abierto a la armonía
cósmica, en un vuelo de gaviota sobre el cantil profundo, surcando
el cielo hacia el inmenso azul.
Las campanas de la
iglesia, llamando a la misa vespertina, le anunciaron la hora de
abandonar su monte de la “transfiguración”. Observó los lechos de
piedra enrojecidos por el crepúsculo y la negra sombra de los
monumentos, luz y oscuridad en el jardín de mármol donde duermen los
ramos de flores. ¿Habrían cruzado las almas el laberinto final y
alcanzado el valle de las viñas doradas? En su espíritu, ráfagas
telúricas agitaban el ramaje de los remordimientos y movían a la
penitencia. Desde su arribada al pasado, la melancolía dominaba
todos sus pensamientos.
Volvió al hotel a la
hora de cenar. No tenía apetito. Subió a su habitación, se asomó a
la ventana. Allí estaba el paisaje conocido tiempos atrás. En su
regreso, deseaba atravesar el pórtico de incertidumbre y miedo,
caminar descalzo del mundo por la aridez del desierto hacia el
último oasis, iluminar las sombras. En él fluía el torrente
cristalino del manantial celeste que hace florecer rosales en otoño.
¿Brotarían nuevas hojas en su tallo descarnado? El castillo de sus
sueños se derrumbó y sólo él quedó bajo los escombros deseando no
ver más la luz, pero la luz llegó rescatándole de la muerte,
bañándole en sus rayos verticales y despojándole del barro adherido
a su existencia.
Al filo de la madrugada,
en la habitación impersonal, yacía deshojando las horas del pasado.
Había cometido un error y temía cometer otro. Un solo error modificó
su existencia y un solo error hirió a la persona amada. El error se
enreda como la hiedra, ascendiendo hasta ahogar el alma con su
follaje venenoso. Buscó la aventura en un lugar lejano para mejorar
económicamente. Por su locura había dejado atrás lo mejor, lo más
amado: novia, familia, tierra. Había logrado ganar mucho dinero,
pero no la paz ni la felicidad. Sabía que sus seres queridos
sufrieron su ausencia. Ahora, con su regreso, esperaba compensarles,
expresarles su cariño y su arrepentimiento. Deseaba recuperar su
primero y único amor.
Vivió su lejanía vagando
por el fulgor llameante de un espejismo, sufriendo esa locura
melódica que sólo entona el canto mágico del sentimiento. Confiaba
recobrarlo, pues ambos habían sufrido y los corazones se unen por
sus heridas, puertas que se abren para permitir la entrada al
perdón, a la misericordia, a la caridad. Desde aquel tiempo, sus
brazos estaban vacíos de esperanza y aullaba en su interior un
animal herido por la espada de los sueños. Recordaba la tarde en que
ambos confesaron su amor y se dieron el primer beso. Fue un ligero
roce de los labios, pero enardeció la sangre hasta la extenuación.
Nunca volvió a sentir la vehemencia de aquel tímido beso. Fue el día
del adiós, al comienzo del otoño. No olvidó la vibración del deseo
en aquel beso saciante de sus frondas de anhelos, el atisbo de
plenitud en el ardiente roce de sus labios.
En su memoria, la imagen
de la amada permanecía igual, no entiende de tiempo ni
circunstancias, el amor es en sí mismo y se entrega sin límites. Su
mirada va más allá de las formas. Y él la seguía viendo bajo el
viejo roble, ruborizada, temblorosa.
Capítulo
III — El
encuentro
En su paseo vespertino,
al cruzar un puente, se encontró con la persona amada. El corazón le
dio un vuelco. Por un lado, quería alejarse, temía el encuentro, y
por otro, deseaba sentirla a su lado. No sabía qué había sido de
ella, si se había casado o cualquier otra circunstancia que pudiera
alejarla de él. Sentía el mismo arrobamiento que le producía su
imagen en otros tiempos.
Sus miradas se cruzaron.
La expresión de sus rostros traslucía el éxtasis del alma, la sumisa
entrega, el total olvido de sí mismos, la intensidad de su emoción,
el gozo del encuentro. Un estremecimiento oceánico elevó la sangre
con la brisa del amor, arrebatándoles con el sutil desvelamiento del
secreto vínculo, largo tiempo mantenido. Ambos oían, sin palabras,
el vuelo de sus pensamientos.
Se miraron a los ojos,
su mirada traslucía todos los sentimientos atesorados durante la
ausencia. Instintivamente se tomaron de las manos y, como una
ráfaga, un estremecimiento atravesó su cuerpo.
Caminaron juntos por el
paseo que tantas veces habían recorrido. Entre palabras y silencios,
su unión pasada reverdeció más pujante, más fuerte, con la
convicción de que su amor era como el roble de su tierra.
En realidad, nunca se
habían despedido. Desde la distancia, resonancias recorrían sus
venas, ecos de llamas sobre ascuas ardientes enardecidas con
vaharadas de su pasión. Ahora un rumor de ángeles anunciaba el
paraíso en el umbral de la armonía.
Había regresado con el
sol del verano y jamás volvería a entrar el invierno en sus vidas. Y
así, resplandeció un nuevo amanecer.
Emma
Margarita R. A.- Valdés
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