SOLEDAD TRASCENDENTE

 

Emma-Margarita R. A.-Valdés

 

 

 

En las profundidades de un bosque donde los pinos centenarios parecían susurrar plegarias al viento, vivía el padre Manuel, un hombre de cincuenta años que había abandonado el mundo por un amor más alto: el de Dios. Antiguo profesor de una bulliciosa universidad había abrazado el sacerdocio y, tras un largo proceso de discernimiento y con el consentimiento expreso de su obispo, obtuvo permiso para retirarse a una vida de soledad, sin profesión pública de votos.

 

Vivía apartado, entregado a la oración. Había levantado con sus propias manos una humilde cabaña de piedra, junto a la cual construyó una pequeña capilla. Las nubes envolvían aquel rincón buena parte del año, y el eco de la civilización se diluía entre las raíces antiguas del monte.

 

Nadie llegaba hasta allí por casualidad. Un sendero estrecho, casi borrado por el musgo y las agujas de los pinos, ascendía serpenteando por las laderas hasta desaparecer entre la arboleda. En invierno quedaba oculto bajo la nieve y, muchas semanas, el padre Manuel vivía completamente aislado. Para él, aquellos días no eran una prueba, sino una gracia. Solía decir que, cuando el mundo enmudecía, era más fácil distinguir la voz de Dios en los pequeños sonidos de la creación: el crujido de una rama, el murmullo de un arroyo escondido o el vuelo de una lechuza al anochecer.

 

Cada amanecer despertaba antes de que la arboleda comenzara a respirar. Mientras la niebla abrazaba todavía los árboles y el cielo apenas insinuaba el alba, encendía una vela ante un pequeño crucifijo de madera que él mismo había tallado años atrás. Permanecía largo rato arrodillado, inmóvil, dejando que el recogimiento fuera la primera oración del día. Sólo después comenzaba a recitar lentamente los salmos, convencido de que Dios habla antes al corazón que a los labios.

 

Sin embargo, había noches en que el viento aullaba como un antiguo lamento y las sombras despertaban recuerdos que creía dormidos. Entonces se preguntaba si su elección había nacido únicamente del amor a Dios o si, en alguna medida, también había sido una forma de huir de las heridas que la vida le había dejado: la muerte de su madre y la pérdida del amor de su juventud, cicatrices que aún seguían ocultas bajo la serenidad de su rostro.

 

Aquel antiguo amor nunca llegó a convertirse en matrimonio. Se llamaba Isabel y había compartido con él los años universitarios. Habían soñado con construir una vida juntos. Pero una enfermedad inesperada y su muerte repentina truncaron demasiado pronto aquel futuro. Durante mucho tiempo Manuel confundió el dolor con el vacío y creyó que ninguna alegría volvería a llenar el lugar que ella había dejado. Con los años supo que el sufrimiento no acerca por sí solo a Dios, pero puede convertirse en un camino hacia Él cuando se deja transformar por la esperanza. Descubrió que el Señor no había querido aquella pérdida; simplemente era el único capaz de llenar el espacio donde ninguna presencia humana podía durar para siempre.

 

Aquella mañana el bosque parecía fuera del tiempo. La humedad impregnaba el aire y las campanas de una iglesia lejana llegaban convertidas en un murmullo apenas perceptible. Estuve varios minutos frente a la cabaña, vacilé antes de llamar. Temía interrumpir algo sagrado o descubrir que la historia de aquel ermitaño no era más que una leyenda nacida entre los habitantes del valle.

 

Llamé a la puerta con un golpe suave, que rompió la quietud como una gota en un estanque.

 

Manuel abrió poco después. Su barba gris enmarcaba una sonrisa dulce y sus ojos tenían esa profundidad de quienes han aprendido a mirar más allá de las apariencias. Al verme, un leve destello de sorpresa cruzó su mirada, como si mi presencia hubiera desenterrado recuerdos que creía definitivamente sepultados.

 

-Buenos días, padre -me presenté-. Soy periodista y estoy escribiendo una serie de reportajes sobre personas que han elegido la soledad como forma de vida. He oído hablar de su retiro. ¿Me concedería una entrevista?

 

Me observó con una mezcla de prudencia y hospitalidad. Después inclinó ligeramente la cabeza y abrió del todo la puerta. Al cerrarla tras de mí advertí un leve temblor en su mano, casi imperceptible, un gesto humano que contrastaba con la paz que irradiaba.

 

-Pasa, hermana. Dios envía visitantes cuando el corazón lo necesita. Quizá hoy seas tú quien necesite esta conversación... o quizá sea yo. Siéntate junto al fuego.

 

La morada era un refugio de sobria sencillez. Un colchón de paja descansaba sobre el suelo de madera; un pequeño altar, iluminado por varias velas, presidía la estancia; los libros de teología se apilaban cuidadosamente en improvisadas estanterías, y el aroma de la cera y la leña húmeda impregnaba el ambiente con una paz difícil de explicar. No había reloj, ni teléfono, ni rastro alguno de las prisas del mundo exterior. Sólo el crepitar de la leña y el rumor del viento acariciando las paredes de piedra.

 

- ¿Por qué dejó todo? -pregunté, mientras él avivaba las brasas-. ¿No echa de menos la parroquia, los fieles que escuchaban sus homilías, el confesionario, los jóvenes que acudían solicitando consejos? ¿No añora el amor humano... o las clases en la universidad?

 

El padre Manuel tomó asiento frente a mí. Cruzó las manos sobre el regazo. Advertí cómo sus dedos se entrelazaban con una fuerza que delataba la intensidad de los recuerdos. Tardó unos segundos en responder, pensando en las palabras adecuadas para hablar de aquello que pertenece más al alma que a la memoria.

 

-No lo dejé todo -dijo finalmente-; lo cambié por algo mayor. Muchos años hablé de Dios desde una cátedra. Enseñaba teología, discutía con mis alumnos y procuraba responder a todas sus preguntas. Pero el ruido de la universidad -las aulas abarrotadas, los debates interminables, la necesidad de demostrar que uno tiene razón- acabó ahogando aquello que pretendía enseñar.

 

Sus ojos se perdieron en las llamas.

 

-Recuerdo una tarde en particular. Había terminado una conferencia entre aplausos. Todos me felicitaron y regresé a casa satisfecho, convencido de haber hecho un buen trabajo. Sin embargo, al cerrar la puerta sentí un silencio extraño. Me di cuenta de que llevaba semanas hablando de Dios sin haber encontrado un momento para estar con Él. Aquella noche pensé que mi vida estaba llena de palabras y vacía de escucha.

 

Sonrió apenas, con la humildad de quien reconoce sus propias limitaciones.

 

-Aquí sucede lo contrario. Dios no necesita levantar la voz para hacerse presente. Lo encuentro en el viento que atraviesa los pinos, en el canto de los búhos cuando cae la tarde, en el murmullo del arroyo o en el vacío que, poco a poco, deja de ser vacío para convertirse en compañía. El retiro no es una huida de la civilización, sino encuentro con Aquel que sostiene el mundo. Cada jornada intento moldear mi alma como el alfarero trabaja la arcilla, sin prisas, dejando que sea Él quien le dé forma.

 

Hizo una pausa y añadió casi en un susurro:

 

-Como dice el Evangelio: “Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”.

 

Las palabras quedaron suspendidas en la estancia con la misma serenidad con la que el humo ascendía desde la chimenea.

 

- A veces llegan personas buscando respuestas. Aunque, en realidad, casi nunca saben qué necesitan. Creen necesitar consejo, cuando lo que verdaderamente les falta es paz.

 

Esbozó una leve sonrisa.

 

-Hace unos años vino un empresario que llevaba mucho tiempo sin dormir. No tenía fe; ni siquiera estaba seguro de creer en Dios. Sólo quería descansar. Permaneció aquí tres días. Sin teléfono, sin reloj, sin reuniones, sin más horizonte que estos árboles. La primera noche no pudo soportar la paz sonora; caminaba de un lado a otro como un hombre perseguido. La segunda comenzó a contemplar el paisaje. La tercera rompió a llorar al amanecer. No porque todos sus problemas hubieran desaparecido, sino porque dejó de huir de sí mismo. A veces el primer milagro consiste simplemente en dejar de escapar.

 

Sus palabras no sonaban triunfalistas. Las pronunciaba con la seguridad de quien ha conocido muchas fragilidades, empezando por la propia.

 

Después bajó la mirada.

 

-Pero no creas que este camino fue fácil. Los primeros años, el aislamiento me ponía a prueba. Había noches en las que regresaban los rostros de mis antiguos alumnos, las conversaciones con mis compañeros, el recuerdo de Isabel... Incluso llegué a preguntarme si no estaba desperdiciando la vida. Me di cuenta de que la fe no es una fortaleza inexpugnable. Es una llama pequeña que debe avivarse cada día.

 

Fuera, las ramas comenzaron a agitarse con más fuerza. El monte parecía responder a sus palabras con un lenguaje que sólo él sabía escuchar. A lo lejos cantó un petirrojo, y Manuel levantó la vista con una sonrisa tranquila.

 

-No tengo radio ni sigo las noticias. Las Escrituras son mi lectura cotidiana y, cuando cae la noche, las estrellas ocupan el lugar de los periódicos. Ellas me recuerdan que el universo continúa proclamando la gloria de Dios mucho después de que los hombres hayan dejado de hablar.

 

No pude evitar formular la pregunta que me rondaba desde que llegué.

 

- ¿Nunca le pesa esta ausencia de compañía? -insistí, fascinada por su calma y su fe inquebrantable, pero también escéptica ante lo que parecía una idealización de la soledad.

 

No respondió enseguida.

 

Salió unos minutos al exterior para recoger agua del pequeño manantial que descendía entre las rocas. Lo observé caminar despacio, saludando casi con familiaridad a cada rincón del entorno. No había prisa en ninguno de sus movimientos. Descubrí que aquel lugar ya no era un refugio; era su hogar.

 

Dejó el cubo y volvió a sentarse.

 

-No -respondió al fin-. El amor de Dios se parece a un río subterráneo, invisible, pero siempre nutriendo la tierra. Al principio el sosiego era para mí un espejo donde aparecían todas mis heridas. Hoy sigue mostrándome mis límites, pero también me recuerda que no camino solo.

 

Sus manos acariciaron distraídamente la taza de barro que descansaba sobre la mesa.

 

-Recuerdo mi última clase en la universidad. Hablaba de la fe con entusiasmo, pero mi corazón estaba seco. Aquí descubrí el venero que llevaba años necesitando. Como promete el Señor: “El que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás; el agua que yo le daré se convertirá en él en un manantial que brota para vida eterna”.

 

Alzó lentamente la mirada.

 

-Eso no significa que haya dejado de tener dudas. Sería soberbia afirmar lo contrario. Hay días en que me pregunto si este manantial llegará a secarse o si lo que dejé atrás volverá a llamarme. Pero la diferencia es que ahora ya no temo esas preguntas. También ellas pueden convertirse en oración.

 

Mientras hablábamos preparó una infusión con hierbas recogidas en la umbría. El aroma de la menta y el tomillo llenó la estancia, mezclándose con el olor de la leña que aún ardía. Hablamos de cosas sencillas: el giro de las estaciones, los animales que visitaban el claro donde se alzaba la cabaña, los inviernos interminables y las primeras flores que anunciaban la primavera.

 

De pronto un trueno rasgó el cielo. Ambos nos sobresaltamos. Manuel soltó una breve carcajada, tan espontánea que rompió por un instante la imagen casi ascética que yo había construido de él.

 

Se levantó para alimentar el fuego. La lluvia comenzó a repiquetear en el tejado con la cadencia de un rosario. Durante unos minutos ninguno de los dos habló. Aquella calma ya no me parecía incómoda. Tenía la consistencia de una presencia invisible que compartíamos sin necesidad de palabras.

 

Fue entonces cuando volvió a mirarme.

 

- ¿Y tú, viajera?

 

La pregunta me sorprendió.

 

-Has recorrido muchos caminos para escuchar las historias de otros. Pero dime una cosa: ¿no será que buscas respuestas en las vidas ajenas porque temes escuchar tu propio silencio?

 

No supe responder.

 

Él continuó con la misma normalidad.

 

-El retiro puede dar miedo porque desnuda el corazón. Sin embargo, cuando uno persevera en él descubre que no está vacío. Allí puede escuchar la voz de Dios, entender mejor el sentido de su existencia, contemplar la creación con otros ojos y dejarse abrazar por el amor manifestado en Cristo. Por eso el salmista dice: “Deteneos y reconoced que yo soy Dios”.

 

Su pregunta revoloteaba en el aire resonando como un eco en mi mente. Fui incapaz de responder de inmediato. Por primera vez, la entrevista dejó de girar en torno a él para girar en torno a mí.

 

¿Era posible que mi oficio fuera también una forma de huida? ¿Acaso llevaba años recorriendo caminos, entrevistando vidas ajenas, para no detenerme a escuchar la mía?

 

Sus palabras poblaban mi interior mucho después de que hubiera terminado de hablar.

 

Pensé en marcharme cuando amainara, pero las nubes tenían otros planes. El aguacero se volvió tan intenso que el sendero desapareció bajo un velo de agua y barro. Manuel miró por la pequeña ventana, sonrió con la filosofía de quien acepta cuanto llega y dijo:

 

-Parece que el Señor desea prolongar un poco nuestra conversación.

 

Mientras las gotas tamborileaban sobre el tejado, se acercó a una vieja estantería y tomó un cuaderno de tapas de cuero, gastado por los años. Lo sostuvo unos segundos entre las manos antes de entregármelo.

 

-Es mi diario. Lo escribí los primeros años de mi retiro. Léelo si quieres. Quizá encuentres en mis sombras alguna luz para las tuyas.

 

Lo recibí con cierto respeto, como si estuviera sosteniendo una parte de su alma.

 

-Prueba el sabor de la soledad cuando se vive con Dios -añadió sonriendo-. No es amarga. Se parece al buen vino: necesita tiempo para revelar toda su profundidad.

 

Se dirigió después al pequeño oratorio situado al fondo.

 

-Voy a rezar el Ángelus. Quédate junto a la lumbre.

 

Lo vi arrodillarse ante el crucifijo de madera. La luz vacilante de las velas dibujaba sombras alargadas sobre las paredes mientras su voz apenas se elevaba por encima del rumor de la lluvia.

 

Abrí el cuaderno.

 

Las primeras páginas estaban llenas de anotaciones breves, algunas casi ilegibles, escritas con una letra insegura que contrastaba con la serenidad del hombre que tenía delante.

 

“Hoy he sentido deseos de marcharme. He caminado hasta el límite del bosque convencido de que regresaría al pueblo. Después me senté sobre una roca y estuve allí varias horas. No ocurrió nada extraordinario. Ninguna visión. Ninguna voz. Sólo el viento. Entonces comprendí que llevaba demasiado tiempo esperando milagros espectaculares, cuando Dios llevaba años hablándome con la paciencia humilde de la brisa”.

 

Pasé varias hojas.

 

“El silencio no elimina los demonios del corazón; los saca a la luz para que dejen de gobernarnos desde la oscuridad”.

 

Continué leyendo.

 

“Hoy he descubierto que la soledad no consiste en quedarse sin personas. Consiste en quedarse sin máscaras. Sólo cuando dejaron de caer las mías pude empezar a conocer quién era realmente delante de Dios”.

 

Más adelante encontré otra anotación.

 

“He aprendido que rezar no siempre es hablar. Hay días en los que basta estar delante del Señor con el corazón abierto, igual que la tierra seca espera la lluvia. Él sabe mejor que yo lo que necesito”.

 

Cada página era una confesión desprovista de artificio. No encontré visiones deslumbrantes ni éxtasis desbordados. Encontré dudas, cansancio, tentaciones de abandonar, nostalgia, lágrimas y una confianza que iba creciendo lentamente, sin ruido.

 

Aquella sinceridad me conmovió más que cualquier prodigio.

 

Levanté la vista.

 

Manuel seguía arrodillado, inmóvil, con la misma naturalidad con la que un árbol resiste firme bajo la lluvia. No rezaba para impresionar a nadie. Rezaba porque había aprendido a vivir de ese diálogo.

 

Aquella noche apenas dormí.

 

Estuve largo tiempo leyendo su diario y escuchando el viento. Poco a poco advertí que el silencio ya no me resultaba incómodo. Dejaba de ser un cuarto vacío para convertirse en una presencia que acogía sin pedir nada.

 

Algo comenzó a resquebrajarse dentro de mí.

 

No fue una conversión repentina ni una emoción pasajera. Fue más bien el derrumbe del muro de escepticismo que tantos años había levantado alrededor de mi corazón.

 

Al amanecer, la tormenta había lavado la arboleda. Las hojas brillaban cubiertas de pequeñas gotas de agua y el aire olía a tierra húmeda y a resina.

 

Cuando me disponía a despedirme, las palabras salieron de mis labios casi sin pensarlas.

 

-Si no le importa... me gustaría quedarme unos días más.

 

Él sonrió como si ya conociera aquella respuesta.

 

-Las puertas de esta casa siempre están abiertas para quien busca con sinceridad.

 

Me quedé allí cuatro días.

 

Aprendí a estar callada durante las comidas, a escuchar el bosque antes del amanecer, a distinguir el canto de los pájaros que anunciaban la salida del sol y el rumor del viento que descendía por las montañas al caer la tarde.

 

Ayudaba a cortar leña, recogía agua del manantial, barría la pequeña capilla y acompañaba al padre Manuel en la oración. No intentó convencerme de nada. Nunca discutió mis dudas ni respondió todas mis preguntas. Supe que había personas cuya vida constituye una respuesta mucho más elocuente que cualquier argumento.

 

No tuve visiones. Tampoco recibí revelaciones extraordinarias. Pero descubrí algo mucho más sencillo y, quizá por ello, más verdadero: cuánto ruido llevaba dentro.

 

Cuando llegó el momento de partir, Manuel me acompañó hasta el inicio del sendero.

 

Nos detuvimos.

 

Las nubes comenzaban a descender entre los pinos.

 

-Recuerda una cosa -dijo con una sonrisa serena-. Dios no suele gritar. Casi siempre habla en voz baja. Somos nosotros quienes hacemos demasiado ruido para escucharlo.

 

Asentí sin decir palabra.

 

Descendí lentamente por el sendero mientras la cabaña se difuminaba entre la espesura. Llegué a preguntarme si realmente había estado allí o si todo había sido un sueño.

 

Entonces acaricié el viejo diario que llevaba bajo el brazo y sonreí.

 

Desde aquel día he seguido recorriendo caminos y entrevistando a personas que han elegido distintas formas de soledad. Sin embargo, cada vez que el bullicio del mundo amenaza con devorarme, cierro los ojos y regreso, aunque sea por un instante, a aquella pequeña choza escondida entre los pinos.

 

No regresan las respuestas. Regresa el silencio.

 

Y he descubierto que, cuando se está habitado por Dios, nunca es ausencia. Es una forma distinta de presencia.

 

No salí del bosque convertida en otra persona, sino con preguntas nuevas, menos certezas y una paz inesperada. La fe no consiste en poseer todas las respuestas, sino en caminar confiando, incluso cuando el sendero desaparece bajo la niebla.

 

Desde entonces, cada vez que el mundo acelera su marcha, recuerdo las palabras del padre Manuel y dejo que se me abra de nuevo la puerta de ese río subterráneo donde el alma, casi sin darse cuenta, vuelve a encontrar la fuente de la esperanza.

 

 

 

 

 

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