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SOLEDAD CREATIVA
Por
Emma-Margarita
R. A.-Valdés

En
las montañas verdes de un pequeño pueblo asturiano, donde el aire se
teñía de una niebla ancestral y los ríos susurraban secretos
milenarios, vivía Ofelia, una pintora de treinta y cinco años. Había
huido del bullicio de la ciudad para refugiarse en una casita
aislada, un nido olvidado en las alturas. Su retiro obedecía a una
búsqueda espiritual, pero también a un duelo que aún no había
aprendido a nombrar: años atrás había perdido a su marido y a sus
dos hijos en un accidente automovilístico, una herida que seguía
latiendo bajo cada uno de sus silencios. La revista había aceptado
una condición innegociable para conseguir la entrevista: no hacer
ninguna pregunta sobre aquella tragedia. Buscaba la soledad porque
intuía que solo en el silencio podía escuchar con claridad la voz de
Dios. Para ella no era un vacío estéril, sino un espacio fértil: un
lienzo en blanco donde derramar sus colores sin interrupciones.
Cada mañana despertaba con el canto de
los pájaros y el susurro del viento entre los robles. Se sentaba en
el porche con una taza de café humeante y observaba cómo el sol
teñía de oro el horizonte. “Aquí estoy yo, con mis pensamientos”,
murmuraba sonriendo. Pero enseguida recordaba aquellas palabras que
la habían acompañado desde hacía años: “No temas, porque yo estoy
contigo”. No necesitaba compañía; la fe era su musa invisible, su
amante fiel, el fuego secreto que alimentaba su creación.
La casa parecía respirar al mismo
ritmo que ella. Las paredes, impregnadas del aroma de la trementina
y de la madera envejecida, guardaban el eco de cientos de
pinceladas. Los lienzos se apoyaban unos sobre otros como ventanas
abiertas a paisajes interiores, y cada habitación conservaba la
calma de un monasterio que acogía una presencia invisible. Allí el
tiempo no obedecía a los relojes, sino al lento desplazarse de la
luz sobre el suelo de madera y al vuelo caprichoso de las nubes
sobre las montañas.
Quienes la conocían apenas comprendían
aquella elección. Algunos pensaban que había renunciado al mundo;
otros aseguraban que simplemente se había perdido en él. Ella, en
cambio, sabía que no había huido de nadie. Solo había caminado hacia
sí misma. Mientras la ciudad hablaba sin descanso, aquellas montañas
le habían enseñado que también el silencio posee un lenguaje y que,
cuando uno aprende a escucharlo, descubre palabras que nunca
pronuncian los labios.
Fue esa manera de habitar la soledad
la que despertó mi curiosidad. En la redacción hablaron de una
pintora que había cambiado el ruido por el sosiego y que aseguraba
encontrar en él la fuente de toda inspiración. Cuanto más averiguaba
sobre ella, más comprendía que no buscaba únicamente la historia de
una artista, sino el misterio de una mujer que había convertido el
aislamiento en plenitud.
Días después emprendo el viaje hacia
Asturias. La carretera serpentea entre montañas envueltas en niebla.
El paisaje se desdibujaba bajo un velo antiguo, como si el mundo
perdiera sus contornos. Conforme avanzo, el ruido de la ciudad va
quedando atrás como un recuerdo que pierde fuerza con cada
kilómetro. Al abandonar el asfalto y tomar un estrecho camino de
tierra, tengo la sensación de cruzar un umbral invisible, como si
dejara atrás un tiempo acelerado para entrar en otro donde todo
respira con una calma distinta.
Detengo el coche frente a una pequeña
casa blanca abrazada por robles y castaños. Durante unos instantes
permanezco inmóvil. Solo escucho el viento acariciando las hojas y
el murmullo lejano del río descendiendo entre las piedras. Comprendo
entonces que, antes incluso de conocer a Ofelia, el lugar ya está
intentando decirme algo.
Respiro hondo, tomo la grabadora,
cierro la puerta del coche y camino hasta la entrada. Levanto la
mano y llamo.
La puerta se abre con una mezcla de
curiosidad y extrañeza. Sus ojos verdes reflejan el bosque que la
rodea. No espera visitas en aquel santuario remoto.
-Buenos días, Ofelia -digo extendiendo la mano-. Soy periodista y
vengo a entrevistarla sobre su vida aquí, en las montañas. Me han
dicho que ha transformado el aislamiento en arte, en una fuerza que
trasciende el lienzo.
Ella duda un segundo, como si midiera
el peso de mi presencia en su delicado equilibrio, pero luego
asiente con una sonrisa leve.
-Pasa. No recibo muchas visitas, pero hoy el viento parece traer
sorpresas. Y, por favor, tutéame.
Me conduce hasta su estudio. Un cuadro
sin terminar captura la esencia de un bosque bajo la luz del
amanecer: sombras que danzan como espíritus y matices que vibran con
una intensidad casi palpable. Parecía que el lienzo respiraba.
- ¿No te sientes sola aquí arriba? -pregunto, mientras observo los
trazos vibrantes.
Ofelia no habla durante unos
instantes. Sus ojos recorren el bosque como si buscaran una
respuesta.
-La mayoría teme estar sola -responde
al fin-. Yo aprendí aquí que el silencio no siempre está vacío. Hay
una frase que recuerdo a menudo: “Estad quietos y conoced que yo soy
Dios”. Cuando el mundo deja de hacer ruido, uno empieza a escuchar
lo que realmente importa.
Ofelia levanta la vista sin dejar de
sostener el pincel.
-En la ciudad no podía trabajar tranquila: el ruido de los coches,
las sirenas, la prisa constante… Todo eso me devoraba. Pero este
retiro -dice tras una breve pausa- es el que me dice quién soy. Es
un abrazo que me envuelve y me permite escuchar mi propia voz, que
grita tonos y formas. En la ciudad, estaba rodeada de personas, pero
nunca me sentí tan viva como ahora. Aquí el tiempo no lo dictan los
relojes, sino la luz que se filtra entre las hojas. Los días no se
miden en productividad, sino en devoción: la entrega al arte que me
define.
Contemplo el cuadro inacabado. Bajo la luz que entraba por la
ventana, los árboles parecían moverse con el viento real que agitaba
el bosque tras el cristal.
- ¿Nunca te has sentido abandonada?
Ofelia sonríe con serenidad.
-A veces. Pero entonces recuerdo
aquellas palabras: “Aunque camine por valle de sombra
de
muerte,
no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo”. No siempre
desaparece el miedo, pero deja de gobernarte.
Desde fuera llegan los gritos de unos
pájaros que sobrevuelan el tejado. Una ventana entreabierta deja
escapar el olor de la trementina, un perfume áspero y vivo, la
fragancia misma de la creación.
-No tengo televisión ni siquiera reloj -añade-. Pinto cuando la luz
me lo permite y la inspiración me acompaña.
La casa es un templo: lienzos en el
suelo, pinceles dormidos en frascos de vidrio, una tetera que silba
suavemente como un mantra y una mesa de madera artesanal con un
jarrón lleno de flores silvestres.
- ¿No te pesa la calma? -insisto, notando cómo la quietud del lugar
comienza a envolverme también.
-El ruido me dolía más. Era como una
cuchilla atravesando el alma. Estar sola es como aprender a respirar
bajo el agua: al principio te ahoga, luego se vuelve natural.
Recuerdo mi primera noche aquí. El silencio era ensordecedor. Pero
ahora es mi ritmo cardíaco. Es el pulso de mi existencia auténtica.
"La vida y la muerte puse delante de ti... escoge, pues, la vida”. Y
escogí la vida. Aquí me siento viva.
Mientras habla, el viento golpea las
ramas de los árboles acompañando su confidencia con una sinfonía
silvestre. Sus palabras tienen la textura de la roca: firmes.
Ofelia deja el pincel sobre un paño y
se acerca a la tetera, que lleva varios minutos silbando. Llena dos
tazas sin prisa y me ofrece una. El vapor asciende entre nosotras
como una conversación reposada.
Soplo con cuidado antes de beber.
- ¿Qué sientes cuando pintas?
Ofelia, tras unos segundos, responde:
-Los colores no son simples pigmentos. Son voces. Cada uno me habla
de una manera distinta. Para mí el blanco es la nieve antes de que
alguien deje la primera huella. El negro es el vientre de la noche
donde descansan las estrellas. El rojo, la sangre, el amor y las
heridas. El azul me recuerda a la oración, porque cuando contemplo
un cielo limpio siento que el alma respira más despacio. El verde es
la paciencia de los árboles. El amarillo, una risa de infancia
atrapada en la luz. Y el violeta... el violeta siempre me ha
parecido el color de las despedidas que aún conservan esperanza.
Curiosamente, nunca he conseguido pintar el olor de la lluvia.
Nunca había oído hablar así de un color. Miré el cuadro apoyado
contra la pared. Seguía siendo un bosque, pero ya no estaba segura
de estar viendo árboles.
-Aún puedo decirte más. Cuando los mezclo tengo la sensación de que
mezclo recuerdos. Hay azules que huelen al vestido de mi madre,
ocres que saben a la tierra húmeda después de la lluvia y grises que
todavía conservan el eco de los días en que aprendí a llorar. Un
pintor nunca trabaja sólo con óleo, lo hace también con la memoria.
Se levanta y se acerca al lienzo. Con el pincel apenas roza una
esquina todavía blanca. No añade un árbol ni una nube. Solo una
pincelada azul. Retrocede un paso, inclina la cabeza y sonríe, como
si acabara de escuchar una palabra que llevaba tiempo esperando. Y
continúa:
-Los colores también envejecen. El rojo de una madre no es el mismo
que el de una anciana. El azul de un niño no tiene la profundidad
del azul de quien ha visto morir a sus padres. Las tonalidades
cambian porque nosotros cambiamos. En realidad, nunca pintamos un
paisaje; pintamos el alma con la que lo contemplamos.
- ¿Existe un color para Dios?
Ofelia sonríe con dulzura.
-Ninguno. Y todos. Yo lo imagino como la luz que atraviesa un
vitral: aparentemente es una, pero al tocar el cristal se convierte
en todas las gamas. Quizá nosotros somos como esos cristales; cada
persona refleja una parte distinta de esa luz.
- ¿Cuál es el color que más te emociona?
-La transparencia.
- Frunzo el ceño.
-Pero la transparencia no es un color.
-Precisamente por eso. Pintar un árbol es fácil; el viento que mueve
sus hojas ya es otra cosa. Los grandes pintores no persiguen la
forma; persiguen lo invisible. Yo llevo toda una vida intentando
pintar la paz sonora, la ternura, la esperanza... y todavía no lo he
conseguido del todo.
Bajo la vista hacia el viejo pincel que sostiene entre los dedos.
Está tan gastado que parece imposible que todavía pueda pintar. Sin
embargo, ella lo acaricia como quien sostiene un recuerdo.
- ¿De dónde viene esa manera de mirar
el mundo?
-Creo que toda belleza tiene un origen
más alto que nosotros. Me acompaña a menudo aquello de: “Toda buena
dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto”. Si alguno de mis
cuadros conmueve a alguien, no siento que sea únicamente mérito mío.
- ¿Pintas con la idea de que tu obra permanezca? - pregunto
sorprendida por el sentimiento de Ofelia ante los colores.
-Ese es mi deseo. Pienso que todo artista busca la inmortalidad.
Intento pintar lo que permanece. La emoción tiene color. Mi trabajo
consiste en encontrarlo. Los sentimientos son eternos. Es la voz del
alma que Dios nos ha dado y ella nos inspira.
Me quedo unas horas. Parece que le
agrada mi compañía, un interludio inesperado dentro de su rutina
sagrada. Charlamos de sus cuadros pasados, de una exposición que
había agotado su ser, dejando cicatrices invisibles y dolorosas.
- ¿Extrañas algo de la ciudad? -le pregunto finalmente, mientras
toma un té de hierbas que me ofrece. Es un brebaje que aquieta el
espíritu como un bálsamo antiguo.
-Sólo las tormentas humanas -responde-. Esas que te obligan a
crecer. Pero aquí, las tormentas son de lluvia, y limpian el alma.
Sonríe con una chispa inesperada en la mirada.
Limpia los pinceles con un trapo manchado de todos los colores
imaginables. Yo cierro la libreta, pero no siento que la
conversación haya terminado. Ella devuelve la pregunta:
- ¿Y tú? ¿Por qué buscas historias como la mía? ¿Acaso te persigue
tu propia soledad? ¿Quizá te observa desde el reflejo de tu rutina,
como un espectro al que no quieres enfrentarte?
Su pregunta me inquieta. De pronto
siento que coloca un espejo delante de mí, mostrando grietas que yo
misma deseo ignorar.
Ofelia se mantiene callada unos
instantes. Después se acerca a una vieja alacena de madera y abre
con cuidado uno de los cajones. Revuelve entre tubos de óleo,
carboncillos y pequeños frascos manchados de pintura hasta encontrar
un pincel de mango oscurecido por el uso. Las cerdas, gastadas y
abiertas por el tiempo, conservan diminutas manchas de colores
imposibles de identificar.
Regresa despacio y me lo tiende.
-Quiero que te lo lleves.
Lo miro sin atreverme a tocarlo.
-No puedo aceptarlo. Es tuyo.
Ella sonríe con esa serenidad que
parece haber aprendido de las montañas.
-Precisamente por eso. Fue el primer
pincel con el que dejé de pintar lo que veía para empezar a pintar
lo que sentía. Ya cumplió conmigo su misión.
Lo sostengo entre los dedos con una
delicadeza casi reverencial. Es ligero, pero tiene el peso de una
vida entera.
-No sé qué haría con él.
-No hace falta que pintes -responde-.
Guárdalo cuando el ruido del mundo vuelva a ser demasiado fuerte. Te
recordará que siempre existe un lugar donde el alma puede respirar.
Paso el pulgar sobre el mango
desgastado. Pienso que, a simple vista, no deja de ser un pincel
viejo. Sin embargo, hay objetos que conservan la memoria de las
manos que los han amado, como si el tiempo hubiera impregnado la
madera de una forma invisible de verdad.
Lo guardo con cuidado en la mochila,
junto a la grabadora y el cuaderno. Por alguna razón, siento que ese
pequeño pincel pesa mucho más que cualquiera de mis herramientas de
trabajo.
Al despedirnos, me mira profundamente
y dice:
-Deberías probar el sabor de la soledad deseada. No es amarga. Es
como el café de la mañana: fuerte, pero reconfortante. Un elixir que
despierta al verdadero yo.
Mientras desciendo por el sendero
serpenteante, el bullicio de la ciudad comienza a reclamar mi mente
con su lista de compromisos pendientes. Pero algo ha cambiado. Una
semilla que Ofelia, sin saberlo, ha plantado en mis grietas.
Me detengo un momento a mirar el
paisaje. Su casita es apenas una mancha blanca entre la espesura.
Cierro los ojos y, por primera vez en años, pruebo el verdadero
silencio. No es vacío: es presencia. La misma presencia que Ofelia
ha convertido en su musa, recordando aquella promesa: “No temas,
porque yo estoy contigo”.
Al abrir los ojos, sé que no escribiré
solo sobre una pintora que encontró la paz entre las montañas.
Escribiré sobre el espejo que todos llevamos dentro y que el
estruendo del mundo cubre con el vaho de la prisa. Porque hay
caminos que no conducen a ningún lugar nuevo: únicamente nos
devuelven, más despacio y más desnudos, a nosotros mismos.
El motor arranca, pero esta vez no
enciendo la radio. Dejo que el zumbido del vehículo se mezcle con el
eco de sus palabras. Miro de reojo la grabadora sobre el asiento del
copiloto. Durante un instante tengo la extraña sensación de que no
ha registrado solo la voz de Ofelia.

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