
Encontrarse
en el valle del Lozoya
es
placer sensorial, es dulce beso,
es
abrazo del agua y de la fronda,
libertad
de la luz sobre el otero.
En
el paisaje milenario brota
la
fuerza original del universo.
Al
contacto hogareño de la hacienda
renace
el ser consciente, la semilla
que
habita el interior de la materia.
Las
humanas raíces sensitivas
arraigan
en las cumbres de la sierra
y
trascienden el margen de la vida.
El
tiempo duerme auroras, mece sueños
en
las ondas tranquilas de su lago
y
ahoga la ansiedad, la prisa, el miedo.
El
ser, en la ciudad encarcelado,
goza
aquí de su régimen abierto
en
la paz natural del hombre sabio.

Emma-Margarita R. A.-Valdés

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