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Octubre
Día 27
Comienzo este nuevo diario, regalo de mi
amiga Luisa.
Ella siempre insistió en que continuara
escribiendo, aunque muchas veces me
costara enfrentarme a mis propios
recuerdos. Escribo para que mis
experiencias no desaparezcan conmigo
al partir hacia la otra orilla.
Este cuaderno será mi confidente, el testigo de mi
vida cuando ya no esté.
Estoy preparando mi regreso a la tierra
en la que nací. Quiero acabar mis días
entre mis viejos amigos y familiares,
donde mi corazón echó raíces. El lugar
donde reposaré es bellísimo, un lugar
elevado, con vistas al mar, donde el
viento acaricia las tumbas como susurros
de almas que nunca se han ido. En la
blanca capilla del cementerio, rezaré
las noches de luna llena. No estaré
sola, allí descansan personas queridas
que fueron parte de mi historia.
Debo dejar todo en orden. Lo primero que
haré será subir al desván, recuperar mi
antiguo diario, leerlo y después
quemarlo. Al recorrer sus páginas,
reviviré momentos lejanos. Ahora, quizá,
veré los hechos en su verdadera
dimensión y trascendencia, sin la
distorsión del ímpetu juvenil.
Hoy no ha habido novedad alguna. No ha
ocurrido nada extraordinario. He regado
las plantas, he rezado el rosario y he
visto ponerse el sol desde la ventana.
Cuando era joven pensaba que la plenitud
estaba en los grandes acontecimientos.
Ahora descubro que Dios suele esconderla
en los días que parecen no tener
historia.

Día 30
Han pasado dos días sin escribir. He
estado leyendo parte de mis escritos
anteriores. Al abrir el libro, percibí
un aroma familiar y sentí su palpitar
entre mis manos rugosas. También mi
corazón latió con fuerza y temí lo peor.
Entre sus páginas, encontré el eco de mi
juventud, los momentos dichosos y las
lágrimas que creí olvidadas.
Recordé la muerte de mi abuela, quien
fue mi padre y mi madre desde el momento
en que, aún adolescente, quedé sola tras
el accidente en el que murieron mis
padres. En aquellos días escribí que el
sufrimiento del espíritu es mayor que el
del cuerpo.
Esta tarde abrí una vieja caja de
costura. Entre los hilos encontré un
botón que cosí al abrigo de mi marido al
regreso del viaje de novios. Sonreí al
pensar que un objeto tan pequeño pudiera
guardar tantos años gozosos.

Noviembre
Día 2
El amanecer es luminoso y yo me siento
un poco mejor. Seguí leyendo mis
memorias y volví a vivir aquellos días
radiantes del verano con mis amigas, en
la playa, en los bailes vespertinos, en
las fiestas. ¡Cómo los chicos nos
galanteaban
y nos hacían reír con sus ocurrencias!
Nos encantaba ser cortejadas. Soñábamos
con hallar un amor para siempre. Así era
en mis tiempos.
Nunca fui una gran belleza, pero los
hombres decían que tenía un atractivo
difícil de explicar. ¿Dónde quedaron
aquella figura y aquel rostro?
Me miro en el espejo y apenas reconozco
a la joven que fui.
Hace tiempo que no recibo piropos al
caminar… No importa. Viví y tengo
experiencia y libertad para decidir
sobre lo que me queda de vida.
He pasado la mañana ordenando
fotografías. Algunas ya apenas conservan
los rostros. El tiempo también borra el
papel. Me pregunto si los recuerdos
desaparecerán del mismo modo cuando Dios
me llame.
No hay más asuntos sobre los que
escribir hoy. Todo sigue igual, gracias
a Dios.

Día 7
Han pasado cinco días desde la última
vez que escribí aquí. La existencia es
compleja. Es un entramado de momentos
felices y desgraciados. En estos días
leí una etapa feliz y dolorosa a la vez.
Feliz porque encontré mi primer amor y
fui correspondida. Ahora sé lo mucho que
me amó, pero entonces no lo supe y sufrí
intensamente cuando me dejó. Permanecí
varios días en cama con fiebre alta a
causa del dolor. Sentí que todo había
terminado, que sin él no merecía la pena
seguir viviendo.
Recobré una foto que creía perdida.
Estaba entre las hojas del cuaderno. Una
foto en blanco y negro, cuyos tonos
oscuros ya comenzaban a volverse sepia.
En ella estábamos los dos. Lástima que
en aquella época no se hicieran fotos en
color, se vería el azul transparente de
sus ojos, su tez morena y su cabello
negro azabache. Era alto, fuerte,
alegre. Recuerdo cómo me asomaba al mar
de sus ojos y cómo me estremecía su
profunda y enamorada mirada y el temblor
de mi cuerpo la primera vez que me tomó
de la mano. Fue un roce leve y, sin
embargo, el mundo entero se encendió en
ese instante.
Llegó la ruptura. Me dijo que odiaba el
matrimonio, que nunca se casaría, que no
quería hacerme perder el tiempo con él y
que, si seguíamos juntos, me haría mucho
daño, que no era un hombre para una sola
mujer, que quería vivir en libertad, y
otras cosas que me hicieron llorar. Me
abrazó diciéndome “no llores, es lo
mejor para los dos”. Yo pensé
que nunca me había amado.
Pasaron los años, encontré un nuevo amor
y formé una maravillosa familia. En ese
tiempo no supe qué había sido de él. Yo
me había trasladado a otra ciudad.
Una tarde, recibí la visita de una amiga
íntima de aquel tiempo, con sus dos
hijos. Hablamos sobre los caminos
tomados, las decisiones que nos
definieron. Mientras tanto, nuestros
hijos jugaban en el parque. Ella, con un
tono sereno, pero con la sombra de la
tristeza en su voz, me dijo: “Él nunca
se casó, estuvo muy enfermo…”. Un
escalofrío me recorrió. Me aferré al
banco con fuerza. “¿Cómo está?”,
pregunté, sin querer oír la respuesta.
“Ha muerto”. Mi pecho se cerró como una
puerta antigua golpeada por el viento.
Años, décadas… y aún, en lo más profundo
de mí, su amor seguía latiendo.
Luego me reveló lo que nunca comprendí:
él me dejó porque supo que tenía una
enfermedad incurable, hereditaria, y
quiso que yo fuera libre y dichosa lejos
de él. Por eso me dijo cosas hirientes,
para que lo olvidara. El alma se me
desgarró al comprenderlo. No fue
desamor, no fue cobardía… Fue
sacrificio. Él me protegió de su
destino, pero no me protegió del inmenso
dolor de la ruptura. No pude
decirle que, aun con la sombra de la
muerte acechando, yo habría elegido
quedarme a su lado. Sin embargo, el
saber que me había amado tanto como para
renunciar, fue un consuelo dolorido,
pero profundamente conmovedor.
En este momento estoy triste. Aquel
tiempo sigue vivo.

Día 15
Después de leer lo que mi amiga me dijo,
quedé recordando el tiempo vivido junto
al hombre que amé. No le guardo rencor,
pero hay algo que me irrita en mi
interior: ¡Qué hermoso tiempo
se nos escapó!
Podríamos haber seguido unidos. Si se
ama de verdad, no importa la enfermedad,
ni el dinero, ni otras circunstancias,
porque el amor todo lo llena, todo lo
inunda de resplandor. Es entrega, es
dádiva.
No sigo escribiendo. Quedo con el eco de
este gran amor no consumado, pero
profundamente sentido.

Día 27
Cada día tengo más pereza para escribir.
Mis horas son tranquilas, he llegado a
los últimos momentos. ¿Años? ¿Meses?
¿Días? Lo único que me hace sentir viva
es mi antiguo diario. Al leer sus
páginas vuelvo a vivir mi pasado. Es
como si estuviera sucediendo en el
presente. En estos últimos días, leí la
etapa que me completó como mujer. Mi
noviazgo con el que fue mi marido. Un
hombre inteligente, guapo, con su piel
blanca tostada por el sol, alto y
hermoso. Dije primero inteligente,
porque si no lo hubiera sido, por muy
guapo que fuera no me hubiera llenado.
La boda. Los hijos. Cinco hijos, tres
niños y dos niñas. Nunca olvidaré la vez
que él sostuvo en brazos a nuestro
primer hijo. Lloraba en silencio
mientras repetía que nunca había sido
tan feliz. Actualmente los chicos están
trabajando en el extranjero y una de mis
hijas vive, con su marido, también en el
extranjero. Aquí solo queda la más
pequeña, casada. Está insistiendo en que
vaya a vivir a su casa, dice que es lo
mejor, tanto para mí como para ella, así
yo estaría al tanto de sus dos hijos y
ella se sentiría más tranquila al ir a
su trabajo. Estoy pensándolo.

Diciembre
Día 8
Acabo de llegar del bautizo de mi
segundo nieto, el hijo de mi hija.
Me emocioné. Tuve que esconderme para
que no vieran mis lágrimas. Lloré porque
los recuerdos se agolparon en mi mente.
A mi nuevo nieto le pusieron el nombre
de mi marido. ¡Cuánto lo agradezco! Él
está siempre en mi mente desde el
trágico momento en que nos dejó, tras
sufrir una larga enfermedad. ¡Cómo
hubiera disfrutado hoy en el bautizo de
su nieto! Fue una ceremonia solemne,
bellísima.
Me da paz saber que mis hijos y mis
nietos están bautizados y que continúan
viviendo su fe. Creo que es lo mejor que
les pudimos dejar, una formación sólida
en valores espirituales y una esperanza
para el futuro. La fe da la paz al saber
que estamos en manos de un ser poderoso,
misericordioso, que nos ama y que,
suceda lo que suceda, siempre resulta
beneficioso para nosotros.
Como es natural, estoy cansada. Es mucho
jaleo para mí, tanta gente, tanto
banquete y tanta emoción.

Día 20
Se acerca la Navidad. Mi hija sigue
insistiendo en que vaya a vivir con
ellos, a su casa. Creo que tiene razón
en los argumentos que utiliza. Me dice
que mis otros hijos están lejos, que sin
ella estaría sola. Y yo pienso: ¡Qué
triste estar sola después de haber
tenido cinco hijos, haberlos criado y
educado y haberles dado todo el
sacrificio y el cariño del mundo! Menos
mal que me queda esta hija. Quizá acepte
su ofrecimiento. Si lo hago, procuraré
ayudar en lo que me pida (digo lo que me
pida, no meterme a gobernar…), me
mantendré discretamente alejada de su
vida matrimonial, seré prudente, que mi
presencia no les perturbe.

Día 23
Hoy me costó subir la compra hasta casa.
Al dejar las bolsas sobre la mesa
comprendí, por primera vez, sin
rebeldía, que ya no tengo las fuerzas de
antes. Aceptar la ayuda de los hijos
también forma parte de aprender a
envejecer.

Día 25
Ayer celebramos la Nochebuena en casa de
mi hija. Al sentarme a la mesa y mirar a
mi familia reunida, sentí que mi vida
había valido la pena. Recordé a mi
marido, a mis padres, a los que ya se
fueron. Pero en las risas de mis nietos,
en el abrazo cálido de mi hija, en la
luz de las velas parpadeando en la mesa,
percibí que ellos siguen conmigo.
En otros años, la Nochebuena y la
Navidad se celebraban en mi casa.
Estábamos todos: mi marido, mis cinco
hijos, nuestros padres y yo. ¡Qué
felices momentos! La casa relucía con
adornos brillantes, lucecitas, y el
Nacimiento, que no podía faltar. Mis
hijos y yo lo montábamos. Lo hacíamos
con devoción y disfrutando de la obra de
arte que estábamos llevando a cabo.
Íbamos al bosque a buscar musgo y
comprábamos adornos y nuevas figuras.
Eran extraordinarios momentos.
Dormí allí, en la habitación que ella
tiene preparada para mí. Una bonita y
soleada habitación con vistas al jardín
y con su propio cuarto de baño. ¡Cómo me
conmueve y agradezco de corazón su
cariño y su interés por mí!

Día 31
En la comida de Navidad les dije que
aceptaba su ofrecimiento, que me mudaría
a su casa. Se alegraron mucho. Me
abrazaron cálidamente. Me sentí muy
querida. Me dijeron que aprovecharán las
vacaciones navideñas para hacer el
traslado, para que no me falte nada.
Ahora elegiré lo más necesario para
llevar.
Quemaré mi primer diario en la chimenea.
Era la muchacha que fui; no la mujer que
soy ahora.
Las llamas consumirán el papel, pero no
lo que quedó escrito en mi alma.
Sus palabras se convertirán en cenizas
que el viento llevará lejos.
El calor que desprenda calentará mi
cuerpo y el olor agridulce de las
experiencias llenará la estancia. Este
diario queda aquí, en el desván, como
testimonio de una vida que no fue
perfecta, pero que fue plena.
Quizá algún día alguien lo encuentre y
sepa que la verdadera felicidad no está
en los años vividos, sino en lo que
dejamos en los corazones que nos
sobreviven.
Cierro estas páginas con la certeza de
que he amado, he perdido y he vivido.
Y eso es suficiente.
Agradezco a Dios cada instante, cada
cicatriz, cada alegría.
Espero que Dios me conceda algunos años
más para gozar de mi familia, la única
razón por la que quiero seguir viviendo.
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Cuando el salón comenzaba a
oscurecerse, terminé la lectura
del cuaderno, lo cerré
lentamente. Mis ojos estaban
húmedos y sentía una opresión en
el pecho. Durante unos minutos
estuve inmóvil. Supe que acababa
de conocer a una mujer a la que
nunca había visto y, sin
embargo, la sentía como si
hubiera formado parte de mi
propia familia. |
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