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TE LLAMÉ, GRITÉ:
¡DIOS MÍO¡

En mis días
grises, lentos,
no me abandonas,
Señor,
en mis mundanos
tormentos
percibo cerca tu
amor.
Me libras de
desalientos,
vivo libre, sin
temor,
me nutren tus
sacramentos,
me guía tu
resplandor.

Te llamé, grité:
¡Dios mío!,
escuchaste mi
plegaria
y tu torrente
bravío
llenó mi alma
solitaria
y soy tuyo, amado
mío.
Ahora es mi alma
solidaria
y disemino el
rocío
de tu voz
originaria.

NOCHE OSCURA

Aterido, Señor,
agonizante,
en doliente
suplicio,
quemándote con
fuego de tu frío
y apagándose la
luz de tu mirada,
buscas la hoguera
del amor divino
para tu helada
muerte:
¿Por qué Dios mío
Dios mío,
por qué me has
abandonado?

Sufres el más
profundo desconsuelo:
Soledad,
abandono.
En la noche, tu
espíritu,
desde el vacío
grita:
¡Elí, Elí! ¿lemá
sabactaní?
Así fue tu Pasión
por mis pecados,
un inmenso dolor
redentor de la
muerte.

Cuando en la
noche oscura
la soledad y el
miedo nos acosan,
estás a nuestro
lado,
tú permaneces en
la Eucaristía,
vivo aquí y
ahora,
divina Eucaristía
en la que acoges
nuestro grito
angustioso que te llama
y nos das el
perdón inmerecido.
email del autor:
universo@universoliterario.net


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