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AMANECER
DE ADÁN
Por
Emma-Margarita R. A.-Valdés

Domingo.
Amanecer.
El
rocío humedece mis pestañas
que
se abren a la luz.
Bautismo
de cristales en la noche del tiempo
para
el brillo angular de mi destino.
El
sol hiere las débiles pupilas
con
sus grandiosos rayos, demasiado potentes
a
mis ojos, que estrenan mar y cielo.
Descansa
mi materia sobre la hierba azul.
Diviso
en la distancia un cúmulo de lágrimas
para
el rojo horizonte de mi carne.
Dormidos
a mis pies,
sueñan
con mis caricias los leones
cansados
de sus juegos inocentes.
Las
serpientes alargan sus colmillos
intentando
morderme los talones ilesos.
Me
levanto asombrado,
observo
mi contorno en soledad
y
grito en el silencio
con
el primer sonido del nacido a la muerte:
suplico
cercanía.
Mi
padre me completa desgarrando mi cuerpo.
Ella
lastima, duele, me seguirá punzando
con
su gris melodía de jugosos jazmines.

Paseo
por mi parque, mi eterno territorio,
el
vergel de cipreses e inmaculadas rosas.
Enlazo
la cintura del ser que me acompaña
y
siento escalofríos
en
mi sangre caliente enloquecida.
Ella
ofrece la fruta de sus labios
y
me invita a reinar,
a
ser el tacto único que domine sus formas.

Se
enardece mi hombría
desafiante,
insurrecta, embriagada de orgullo.
Vuelvo
a gritar en mi interior opaco
sin
eco en la penumbra.
El
fuego se rebela
contra
la desnudez revestida de escamas
y
arrasa la dorada superficie
que
albergaba el nidal de la paloma.
Errante,
prisionero, cautivo de mí mismo,
surco
eriales de sombras
arrastrando
el deseo de aquel jardín florido.
En
mi carne proscrita
alborea
en ofrenda la Voz para la Vida,
y
otra vez humedece mis pestañas
el
rocío de luz que iluminó mis ojos
en
el día primero del origen.
Saboreo
armonía. La esperanza me acoge.
Mi
grito es hoy un místico ¡aleluya!.

Emma-Margarita R. A.-Valdés


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