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Manual oficial de la
Legión de María
Continuación
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10 - APOSTOLADO LEGIONARIO
1. Su dignidad
Para poner de relieve la dignidad del apostolado al que la Legión llama
a sus miembros, así como la importancia que este apostolado tiene para
la Iglesia, no hallamos palabras más categóricas que las siguientes y
firmes declaraciones:
"Los cristianos seglares obtienen el derecho y la obligación del
apostolado por su unión con Cristo Cabeza. Ya que, insertos por el
bautismo en el Cuerpo místico de Cristo, robustecidos por la
confirmación en la fortaleza del Espíritu Santo, son destinados al
apostolado por el mismo Señor. Se consagran como sacerdocio real y gente
santa (cf.l P 2,4-10) para ofrecer hostias espirituales por medio de
todas sus obras, y para dar testimonio de Cristo en todas las partes del
mundo. La caridad, que es como el alma de todo apostolado, se comunica y
mantiene con los sacramentos, sobre todo de la Eucaristía" (AA,3).
"Ya Pío XII decía: "Los fieles, y más precisamente los laicos, se
encuentran en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos
la Iglesia es el principio vital de la sociedad humana. Por tanto ellos,
ellos especialmente, deben tener conciencia, cada vez más clara, no solo
de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia, es decir, la ,comuniaad
de los fieles sobre la tierra bajo la guía del Jefe común, el Papa, y de
los obispos en comunión con él. Ellos son la Iglesia (...)" " (CL,9).
"María ejerce sobre el género humano una influencia moral que no podemos
definir mejor que comparándola con esas fuerzas físicas de atracción,
afinidad y ,cohesión, que, en el orden de la naturaleza, unen los
cuerpos y sus partes componentes entre si... Creemos haber demostrado
que María ha tenido parte en todas las grandes gestas que constituyen la
vida de las sociedades y su verdadera "civilización" (Petitalot).
2. El apostolado del laico es indispensable
Nos atrevemos a afirmar que el bienestar moral de una población catolica
depende de que ésta cuente con un buen núcleo de
apóstoles,pertenecientes al estado laical, pero imbuidos de un espíritu
sacerdotal; ellos procurarán al sacerdote unos eficaces puntos de
contacto con el pueblo. Sin esta perfecta compenetración del sacerdote y
el pueblo no hay garantía de éxito, pues ambos se necesitan mutuamente.
Ahora bien, el fundamento de todo apostolado es un interés vivísimo por
la Iglesia y por su misión en la tierra; pero, como este interés no
puede brotar sino de la plena convicción de estar uno colaborando
positivamente con la misma Iglesia, está claro que una organización de
apostolado, forjadora de apóstoles, no pude ponerse en otras manos que
en las del sacerdote, el cual participa más que nada en la misión de la
Iglesia; y de hecho, tanto ejercerá el sacerdote como verdadero pastor,
cuanto más hábilmente maneje dicha organización.
Lo cierto es que, donde no se cultiva asiduamente el celo apostólico, se
prepara el terreno para gue surja otra generación desprovista de todo
interés por la IglesIa, de toda conciencia de responsabilidad para con
ella; y, ¿qué provecho puede salir de un catolicismo tan inmaduro? ¿qué
será de él cuando se perturbe algo su calma?. La historia nos enseña que
el miedo llega a impulsar a una grey tan cobarde como ésa al destrozo de
sus mismos pastores, o a que las ovejas se dejen devorar por la primera
manada de lobos que se presenten. El cardenal Newman declara como un
axioma: "En todo tiempo los cristianos seglares han sido la medida del
espíritu católico".
"La función principal de la Legión de María es desarrollar en los
seglares la conciencia de su vocación. Nosotros, los segláres, corremos
el peligro de identificar a la Iglesia con el clero y los religiosos, a
quienes Dios ha dado ciertamente lo que nosotros llamamos, con demasiado
exclusivismo, una vocación. Inconscientemente, los demás estamos
tentados a consideramos como del montón, como si esperáramos salvarnos
observando lo ultimo prescrito. Olvidamos que nuestro Señor llama a cada
una de sus ovejas por su nombre (Jn 10,3), y que -en palabras de San
Pablo, ausente físicamente, como nosotros, del Calvario- el Hijo de Dios
me amó a mi y se entregó por mi (Ga 2,20). Cada uno de nosotros, aunque
no sea más que un carpintero de aldea -como lo fue Jesús mismo- o una
humilde ama de casa- como su Madre-, tiene una vocación, es llamado
individualmente por Dios a darle su amor y su servicio, a hacer un
trabajo particular que otros tal vez puedan superar, pero que no pueden
hacer en nuestro lugar. Nadie, sino yo mismo, puede entregar a Dios mi
corazón ni hacer mi trabajo. Y es precisamente esta conciencia personal
de la religión la que fomenta la Legión. El socio ya no se contenta con
permanecer pasivo o satisfecho con las apariencias, tiene que ser algo y
hacer algo por Dios; la religión ya no es para él un valor secundario,
sino que llega a ser la inspiración de toda su vida, por más rutinaria
que ésta sea, humanamente. Y esta convicción de la vocación personal
crea inevitablemente un espíritu apostólico, el deseo de perpetuar la
obra de Cristo, de ser otro Cristo, de servirle en los mas pequeñuelos
de sus hermanos. De esta manera la Legión viene a ser el sustitutivo
seglar de una orden religiosa, la traducción -en tétminos de vida
seglar- de la idea cristiana de la perfección, la extensión del reino de
Cristo en la vida seglar de hoy" (Alfredo O'Rahilly).
3. La Legión y el apostolado seglar
El apostolado -como tantos otros grandes principios- es por sí, en
teoría, cosa fría y abstracta, y por eso tiene el peligro de no llamar
poderosamente la atención de los laicos, y de que estos no respondan al
alto destino que se les brinda, o -lo que es peor- de no creerse
capacitados para realizado; con el desastroso resultado de que los
seglares renuncien a todo esfuerzo por desempeñar el papel que les
corresponde de derecho, y como obligación urgente, en la lucha que
sostiene la Iglesia.
Más oigamos a una autoridad competente en esta materia, el cardenal
Riberi, antiguo Delegado Apostólico para el África misionera, y más
tarde Internuncio en China: "La Legión de María es el deber apostólico
revestido de una forma tan atractiva y seductora, tan palpitante de
vida, que a todos cautiva; obra en todo conforme a la mente de Pío XI,
es decir, en absoluta dependencia de la Virgen Madre de Dios; toma
siempre como base de reclutamiento -y aún como clave de potencia
numérica- las cualidades individuales del socio; está fortalecida y
protegida por abundante oración y sacrificio, y por la adhesión rigurosa
a un reglamento; y, en fin, colabora estrechamente con el sacerdote. La
Legión de María es un milagro de los tiempos modernos".
La Legión profesa al sacerdote todo el respeto y obediencia debidos a
los legítimos superiores; es más: como el apostolado legionario se apoya
enteramente sobre el hecho de ser la misa y los sacramentos los
principales cauces por donde fluye la gracia -cuyo ministro esencial es
él-, y como todos los esfuerzos y recursos de los legionarios deben
encaminarse a repartir este divino manjar entre las multitudes enfermas
y hambrientas, se deduce que el principio básico de la actuación
legionaria será necesariamente el llevar al sacerdote al pueblo, si no
siempre en persona -cosa imposible a veces- por lo menos mediante su
influencia, y procurar la comprensión mutua entre el sacerdote y el
pueblo.
El apostolado de la Legión se reduce esencialmente a esto. La Legión,
aunque compuesta en casi su totalidad de personas seglares; obrará
inseparablemente unida con sus sacerdotes, acaudillada por ellos, con
absoluta identidad de intereses entre ambos; y buscará con ardor
completar los esfuerzos del pastor y ensanchar su campo de acción en la
vida de sus feligreses, para que estos, acogiéndole, reciban al Señor
que le envió.
"Sí, os lo aseguro: quien recibe a uno cualquiera que yo envíe, me
recibe a mí, y quien me reciba a mí, recibe al que me ha enviado' (]n
13,20).
4. El sacerdote y la Legión
La idea del sacerdote rodeado de personas deseosas de compartir con él
sus trabajos está sancionada por el ejemplo supremo de Jesucristo: Jesús
se dispuso a convertir al mundo rodeándose de un grupo de escogidos, a
quienes instruyó por sí mismo y comunicó su propio Espíritu.
Los apóstoles tomaron, a pecho la lección de su divino Maestro, y la
pusieron en práctica llamando a todos para que les ayudasen en la
conquista de las almas. Dice el Cardenal Pizzardo: "Bien puede ser que
los forasteros que llegaron a Roma (Hch2,1O) y oyeron predicar a los
apóstoles el día de Pentecostés, fueron los primeros en anunciar a
Jesucristo en Roma, echando así la semilla de la Iglesia Madre, que poco
después vinieron a fundar San Pedro y San Pablo de un modo oficial".
Lo cierto es que la primera difusión del cristianismo en Roma misma fue
obra del apostolado seglar. ¿Cómo pudo ser de otra manera? ¿Qué hubiesen
logrado los doce, perdidos como estaban en las inmensidades del mundo,
de no haber convocado a hombres y mujeres, a ancianos y jóvenes,
diciéndoles: "Llevamos aquí un tesoro celestial, ayudadnos a
repartirlo?" (Alocución de Pío XI).
Citadas las palabras de un Papa, añadamos las de otro, para, demostrar
contundentemente que el ejemplo de nuestro Señor y de los apóstoles
respecto de la conversión del mundo es la pauta que ha dado Dios a todos
los sacerdotes- alter Christus -, para que ellos obren de igual manera
en el limitado campo de acción de cada cual, ya sea parroquia o
distrito, ya sea una obra especializada.
Hallándose cierto día el Papa San Pío X entre un grupo de cardenales les
preguntó: - "¿Qué os parece lo más urgente hoy para salvar a la
sociedad? - Edificar escuelas -, contestó uno. - No -, replicó el Papa.
- Multiplicar las Iglesias -, añadió otro. - Tampoco.
-Reclutar más clero -, dijo un tercero. - Ni eso siquiera -repuso el -
Papa- No. Lo más urgente ahora es tener en cada parroquia Un núcleo de
seglares virtuosos, y, al mismo tiempo, ilustrados, esforzados y
verdaderos apóstoles."
Este santo Pontífice, al fin de su vida, hizo estribar toda la salvación
del mundo en la formación que diera un clero celoso a los fieles
entregados al apostolado de la palabra, de la acción y, sobre, todo, del
ejemplo. En las diócesis donde dicho Papa había ejercitado el ministerio
antes de subir a la Cátedra de San Pedro, daba menos importancia al
censo parroquial que a la lista de católicos capaces de irradiar su fe
con obras de apostolado. Opinaba que se podrían formar almas escogidas
en todas las clases sociales, y por eso estimaba a sus sacerdotes según
los resultados que ellos, con su celo y talento, obtuviesen en este
particular (Chautard, El alma de todo apostolado, parteIV, 1 f).
"La tarea del pastor no se limita al cuidado individual de sus fieles,
sino que se extiende por derecho también a la formación de una comunidad
genuinamente cristiana. Pero si ha de cultivarse adecuadamente el
espíritu de comunidad, éste ha de abarcar no sólo a la Iglesia local,
sino a la Iglesia universal. Una comunidad local no debe fomentar sólo
el cuidado de sus fieles, sino que, imbuida de celo misionero, debe
preparar a todos los hombres el camino hacia Cristo.
Esa comunidad local, sin embargo, tiene especialmente bajo su cuidado a
los que están recibiendo instrucción en ese caminar hacia Dios, y a los
nuevos conversos que deben ser formados gradualmente en el conocimiento
y práctica de la vida cristiana" (PO,6).
"El Dios hecho hombre se vio obligado a dejar sobre la tierra su Cuerpo
místico.
De otro modo su obra hubiera terminado en el Calvario. Sú muerte habría
merécido la redención para el género humano; pero ¿cuántos hombres
habrían podido ganar el cielo, sin la Iglesia que les trajera la vida de
la Cruz? Cristo se identifica con el sacerdote de una manera particular.
El sacerdote es como un corazón suplementario que hace circular por las
almas la sangte vital de la gracia sobrenatural. Es pieza escencial
dentro del sistema circulatorio espiritual del Cuerpo místico. Si falla,
el sistema queda congestionado, y aquellos que de él dependen no reciben
la vida que Cristo quiere que reciban.
El sacerdote tiene que ser para su pueblo, dentro de sus límites, lo que
Cristo es para la Iglesia. Los miembros de Cristo son una prolongación
de Él mismo, no solamente son colaboradores simpatizantes, seguidores,
simple refuerzo externo.
Poseen su vida. Comparten su actividad. Deberán tener su mentalidad. Los
sacerdotes tienen que ser uno con Cristo bajo todos los aspectos
posibles.
Cristo para desarrollar su misión, formó en torno a sí mismo un cuerpo
espiritual; el sacerdote ha de hacer lo mismo. Ha de formar en torno
suyo miembros que sean uno con él. Si el sacerdote no tiene miembros
vivientes, formados por él, unidos con él, su obra se reducira a
dimensiones irrisorias. Estará aislado e incapacitado. No puede el ojo
decirle a la mano: "no me haces falta "; ni la cabeza a los pies: " no
me haces falta" (l Co 12,21).
Si Cristo, pues, ha constituido el Cuerpo místico como el principio de
su camino, su verdad y su vida para las almas, actúa lo mismo mediante
el nuevo Cristo:el sacerdote. Si éste no ejerce su función hasta
edificar plenamente el Cuerpo místico (Ef 4,12). -Ahí edificar significa
construir-La vida divina entrará en las almas y saldrá de ellas con poco
provecho.
Es más: el sacerdote mismo quedará empobrecido, debido a que, aunque la
misión de la cabeza es comunicar la vida al cuerpo, no es menos verdad
que la cabeza vive de la vida del cuerpo, creciendo al par que crece
éste y compartiendo sus flaquezas.
El sacerdote que no comprenda esta ley de sabiduría sacerdotal, pasará
la vida ejercitando sólo una fracción de su capacidad, siendo su
verdadero destino en Cristo abarcar el horizonte (P.F.J. Ripley).
5. La Legión en la parroquia
"En las actuales circunstancias los laicos pueden hacer mucho y, por lo
tanto, deberían hacer mucho por el crecimiento de una auténtica
comunión, eclesial en sus parroquias, con el fin de reavivar un espíritu
verdaderamente misionero, llamado a atraer a los no creyentes, y a los
propios creyentes que hayan abandonado la fe o en los que ha surgido la
apatía en su vida cristiana" (CL, 27).
Podrá verse cómo el crecimiento de un auténtico espíritu de comunidad se
verá apoyado sin reservas fundando en ella la Legión de María. A través
de la Legión, el laico se acostumbra a trabajar en la parroquia en
estrecha colaboración con los sacerdotes y a participar en
responsabilidades pastorales. La regulación de las diversas actividades
parroquiales mediante reuniones semanales regulares es una ventaja en sí
misma. Sin embargo, es todavía más importante que aquellos que
participan en el trabajo parroquial pertenezcan a la Legión, y que, por
consiguiente, posean una formación espiritual que les ayudará a
comprender que la parroquia es una comunidad eucarística con un sistema
metódico que les permitirá llegar a cualquier persona de la parroquia,
con el fin de construir dicha comunidad. Algunas de las formas en las
que el apostolado legionario puede llevarse a cabo en la parroquia se
describen en el capítulo 37. (Sugerencias para los trabajos).
"Los sacerdotes deben considerar el apostolado seglar como parte
integral de su ministerio, y los fieles como un deber de la vida
cristiana" (Pío XI .)
6. Frutos del espíritu legionario: idealismo y dinamismo en alto grado
Si la Iglesia, para defender los fueros de la verdad que se le ha
confiado, se estancara en un rutinarismo de precauciones y reparos,
proyectaría sobre esa verdad sombras siniestras; sobre todo a los ojos,
de la juventud, la cual se habituaría a buscar en empresas puramente'
mundanas -y aun irreligiosas- el entusiasmo por ideales prácticos que
anhela su corazón generoso. Se haría un daño incalculable, y los efectos
caerían como un castigo sobre las generaciones futuras.
Aquí puede contribuir la Legión, trazando, un programa de iniciativas,
esfuerzo y sacrificio; un programa tal, que logre cautivar para la
Iglesia estos dos términos: idealismo y dinamismo, haciéndolos
servidores de la verdad católica.
Según el historiador Lecky, el mundo está regido por los ideales.
Ahora bien, quien forja un ideal superior, levanta a toda la humanidad,
si ese ideal es -como se supone- práctico, y bastante evidente como para
que pueda servir de reclamo.
¿Será temerario afirmar que los ideales propuestos por la Legión reúnen
estas dos condiciones?
Aún concediendo que de entre las filas legionarias saldrán para gozo y
honor de la Legión- numerosas vocaciones religiosas, se objetará que,
fuera de esas personas predilectas, no habrá nadie en medio de tanto
egoísmo como reina en el mundo, dispuesto a echar sobre sus hombros la
pesada carga impuesta al socio de la Legión. Los que así hablan se
equivocan. Los muchos que se ofrezcan para un servicio fácil, no
tardarán en desertar de la Legión, sin dejar huella de su presencia;
pero esos pocos que acuden a la voz de grandes y altas empresas
perseveraran, y poquito a poco su espiritu se comunicara a los muchos;
y, con el tiempo, se verificará el prodigio de conducir hasta la
santidad a multitudes enteras, que antes se habían negado aún a llevar
una vida meramente buena.
Un praesidium de la Legión viene a ser en manos del sacerdote -o del
religioso- como una máquina potente en manos del mecánico: así como
este, tocando registros y moviendo palancas, consigue una multiplicación
de fuerzas que antes parecía inconcebible, de igual manera la hora y
media empleada en la junta semanal, dirigiendo, animando y
sobrenaturalizando a los socios, multiplicará al sacerdote- o al
religioso -, haciéndole estar presente en todas partes oyendolo todo,
influyendo en todos; en fin, rebasando los estrechos limites de su
personalidad física en el ejercicio de su ministerio personal.
Ciertamente no parece posible explotar mejor el celo que empleándolo en
la dirección de uno o varios praesidia.
Los legionarios podrán ser de suyo humildes -como el cayado, el zurrón y
los guijarros del pastor-, pero con ellos, transformados por María en
instrumentos del cielo, saldrá el sacerdote como otro David, con certeza
de victoria, al encuentro del más temible Goliat: la incredulidad y el
pecado.
“No será la fuerza material, sino una fuerza moral la que defienda la
justicia de vuestra causa y os de la victoria segura. No son los
gigantes quienes más hacen. Muy pequeña era la Tierra Santa y, sin
embargo, cautivó al mundo entero. Muy reducida Atica, y ha moldeado el
pensamiento de la humanidad. Moisés no era más que uno solo. Elias, uno
solo; y también David, Pablo, Atanasio y el Papa León. Es que la gracia
obra mediante los pocos. El cielo escoge por instrumentos la clara
visión, el firme convencimiento y la determinación indomable de los
pocos; se sirve de la sangre del mártir, de la oración del santo, del
acto heroico, de la crisis momentánea, de la energía concentrada en una
palabra o en una mirada. No temáis pequeña grey, porque en medio de
vosotros está Aquel que todo lo puede, y hará por vosotros grandes
cosas" (Cardenal Newman, Estado actual de los católicos).
7. Formación a base del sistema maestro y aprendiz
Es muy corriente la opinión de que los apóstoles se forman
principalmente escuchando conferencias y estudiando libros de texto. La
Legión, en cambio, cree que la formación se hace imposible si no va
acompañada de trabajo práctico; es más: hablar de apostolado y no
practicarlo puede ser contraproducente, por razon de que, al discutir
como debiera hacerse un trabajo, hay que exponer sus dificultades, y
también señalar un ideal y un nivel de ejecución muy elevados; pero
hablar a principiantes de esa manera, sin demostrarles al mismo tiempo,
mediante la práctica, que tal trabajo está a sus alcances y hasta es
fácil, no servirá más que para asustarles y hacerles desistir. Además,
el sistema de conferencias tiende a producir teóricos y apóstoles que
piensan convertir al mundo mediante la inteligencia.
Estos tendrán pocas ganas de darse a los oficios humildes y al arduo
mantenimiento de contactos personales, de los que sin duda depende todo,
y que el legionario -permítasenos decirlo- tan gustosamente acepta.
El concepto legionario de la formación es el método ideal, empleado
-según parece, sin excepción- por todas las artes y profesiones. En vez
de largas conferencias, el maestro coloca el trabajo ante los ojos del
aprendiz, y con demostraciones prácticas le indica cómo debe hacerse,
comentando los varios aspectos del trabajo conforme avanza. Luego el
aprendiz se pone a trabajar, y el maestro le va corrigiendo. De este
método sale pronto e infaliblemente el artífice adiestrado. Así que toda
conferencia debe basarse en el trabajo mismo; cada palabra tiene que
estar vinculada a una acción. Si no, poco fruto podrá producir y tal vez
ni siquiera se recordará. Es curioso cuán poco recuerdan de una
conferencia aún los estudiantes más asiduos.
Otra reflexión: si se propone el método de conferencias como medio de
iniciación en un grupo apostólico, pocos se presentarán para la
admisión. La mayoría, después de salir de la escuela, están resueltos a
no volver a ella. Especialmente a las personas más sencillas les da
miedo el pensar que tendrán que volver a una especie de clase, aunque
sea de cosas buenas. Y de ahi que los sistemas de estudio de apostolado
no logran suscitar un atractivo popular. Pero la Legión se basa en
principios más sencillos y, a la vez, más psicológicos. Sus miembros
dicen a otras personas: "venid y trabajemos juntos". A los que aceptan
no se les lleva a una escuela; se les ofrece un trabajo que está
haciendo ya uno como de ellos. Por tanto, ya saben que el trabajo está a
su alcance, y se presta gustosamente a ingresar en la asociación. Y, una
vez dentro, ven cómo se hace el trabajo, toman parte en él -mediante los
informes y comentarios que oyen sobre dicho trabajo-, aprenden el mejor
método de realizarlo; y, así, no tardan en adquir maestría.
"Algunas veces se le achaca a la Legión la falta de experiencia de sus
miembros, o el no insistir en que éstos dediquen largos períodos al
estudio y aprendizaje. Quede, pues, claro: a) que la Legión utiliza
sistemáncamente la cooperación de sus miembros mejor pertrechados.
b) que, si bien no insiste sobre la importancia extrema del estudio, se
ingenia todo lo posible en capacitar y adaptar a cada uno para su
apostolado particular. c) que la finalidad principal de la Legión es
proporcionar una estructura, desde la cual pueda invitar así al católico
ordinario... "Ven, deposita el óbolo de tu talento; nosotros te
enseñaremos a desarrollarlo y a usarlo, a través de María, para la
gloria de Dios". Pues no hay que olvidar que la Legión es tanto para los
humildes y menos privilegiados como para los doctos y más dotados" (P.Tomás
P.O'Flynn, C.M; antiguo director espiritual del
- 11 - ESTRUCTURA DE LA LEGIÓN
1. Fin y medio: la santificación personal
Ante todo y sobre todo, la Legión de María se vale- como medio esencial
para sus fines- del servicio personal activado por el influjo del
Espíritu Santo; es decir, teniendo por primer móvil y apoyo la divina
gracia, y por último fin la gloria de Dios y la salvación de los
hombres.
De lo cual se deducirá que la santificación personal no es sólo el fin
que pretende alcanzar la Legión, sino también su principal medio de
acción. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y
yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mi no podéis hacer nada (Jn
15,5).
La Iglesia, cuyo misterio está exponiendo el sagrado Concilio, creemos
que es indefectiblemente santa. Pues Cristo, el Hijo de Dios, quien con
el Padre y el Espíritu Santo es proclamado "el único Santo", amó a la
Iglesia como a su esposa, entregándose a Sí mismo por ella para
santificarla (cf. Ef.5,25-26), la unió a Sí como su propio cuerpo y la
enriqueció con el don del Espíritu Santo para gloria de Dios. Por ello,
en la Iglesia, todos, lo mismo quienes pertenecen a la jerarquía que los
apacentados por ella, están llamados a la santidad, según aquello del
Apóstol: porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (1 Ts
4,3; cf. Ef 1,4). Esta santidad de la Iglesia se manifiesta y sin cesar
debe manifestarse en los frutos de gracia que el Espíritu produce en los
fieles. Se expresa multiformemente en cada uno de los que, con
edificación de los demás, se acercan a la perfección de la caridad en su
propio género de vida; de manera singular aparece en la práctica de los
comúnmente llamados consejos evangélicos. Esta práctica de los consejos,
que, por impulso del Espíritu Santo, muchos cristianos han abrazado
tanto en privado como en una condición o estado aceptado por la Iglesia,
proporciona al mundo y debe proporcionarle un espléndido testimonio y
ejemplo de esa santidad (LG, 39).
2.Un sistema intensamente ordenado
Los grandes manantiales de agua- y cualquier fuente de energía- se
malogran si no están canalizados: de igual manera, el celo sin método y
el entusiasmo sin orientaciones jamás traen grandes resultados, ni
interiores ni exteriores, y frecuentemente son poco duraderos. Reparando
en esto, la Legión ofrece a sus miembros, no tanto un programa de
actividades, sino una norma de vida. Les provee de un reglamento
exigente, en el cual tienen fuerza de ley muchas cosas que, en otras
organizaciones, serían tal vez de mero consejo o se sobreentenderían; y
exige a los socios un espíritu de puntual observancia de todos los
detalles. Pero, en cambio, promete manifiesta perseverancia y
acrecentamiento en aquellas cualidades que integran la base de la
organización: fe, amor a María, intrepidez, abnegación, fraternidad,
espíritu de oración, prudencia, obediencia, humildad, alegría y espíritu
apostólico: virtudes que compendian la perfección cristiana.
"El desarrollo de lo que se suele llamar apostolado seglar es una
manifestación particular de la vida cristiana de nuestros días. Sólo por
el número ilimitado de los que pueden consagrarse a este apostolado,
¡qué amplios horizontes se abren a nuestra vista! Pero nos parece que no
se saca bastante provecho de tan gigantesco movimiento. Las fuerzas no
están todas encauzadas. Echando una mirada sobre la multitud de órdenes
religiosas- tan grandiosamente concebidas para aquellos que pueden dejar
el siglo -, se nota con triste asombro que entre dichas órdenes
religiosas y las organizaciones juzgadas aptas para los seglares, hay un
abismo. Por un lado, ¡qué empeño, qué precisión en sacar el máximo
rendimiento! Por el otro, ¡qué provisión más rudimentaria y superficial!
Ciertamente, se exigirá, al socio algún servicio, pero, en la
generalidad de los casos, ese servicio se reduce a una ocupación
pasajera durante la semana, y raras veces se aspira a nada más. No: es
preciso concebir una idea más alta del servicio a favor de las almas.
Peregrinos como somos en la tierra, este servicio ha de ser nuestro
báculo y la médula de toda nuestra vida espiritual.
Las órdenes religiosas han de ser indudablemente quienes han de dar la
pauta a los apóstoles seglares, y, en igualdad de circunstancias, se
puede afirmar que tanto mejor actuará una organización cuanto más se
conforme en su manera de ser al ideal de una orden religiosa. Pero aquí
entra la dificultad de saber qué grado de disciplina se ha de imponer a
los socios; pues si, por una parte, la disciplina favorece a la buena
marcha de la organización, por otra existe siempre el peligro de que se
lleve con excesivo rigor, disminuyendo así el atractivo que semejante
organización debería tener. No hay que perder de vista que aquí se trata
de una organización permanente de seglares, no de un equivalente a una
orden religiosa, ni que con el tiempo pudiera transformarse en eso, como
tantas veces ha ocurrido en la historia.
La finalidad es ésta, y no otra: reunir, en una organización eficaz, a
personas que llevan una vida ordinaria- tal como se vive hoy día -, y a
quienes hay que dejar margen para otros gustos y aficiones no
estrictamente religiosas. Es menester hallar un reglamento que sea apto
para la generalidad de aquellas personas a las que dicha organización
está destinada. Esto y nada más, y, ciertamente, ni punto menos" (P.Miguel
Creedon, primer director espiritual del Concilium Legionis Mariae).
3. El socio perfecto
Según el criterio de la Legión, es legionario perfecto el que cumple en
todo fielmente con el reglamento, y no precisamente aquél cuyos
esfuerzos se ven coronados por algún triunfo visible o endulzados por el
consuelo. Cuanto más se adhiera uno al sistema legionario, tanto más se
es socio de la Legión.
Se les exhorta a los directores espirituales y a los presidentes de los
praesidia a que observen ellos y recuerden con frecuencia a los demás
legionarios este concepto del verdadero socio, porque él constituye un
ideal al alcance de todos- no así el feliz resultado ni el consuelo -;
pues sólo estando bien compenetrados con él, podrán los legionarios
sobrellevar con agrado la monotonía, la tarea ingrata, el fracaso real o
imaginario, y tantos otros obstáculos que, de otra suerte, acabarían
irremisiblemente con los más ilusionados comienzos del trabajo
apostólico.
“El valor de nuestros servicios hacia la Compañía de María no ha de
medirse -nótese bien- según la prominencia del puesto que ocupamos, sino
por el grado de espíritu sobrenatural y celo mariano con que nos debemos
a la labor que la obediencia nos haya señalado, por más humilde y
escondida que sea” (Breve tratado de Mariología, Marianista).
4. Deber primordial
El punto más saliente del reglamento legionario es la obligación
rigurosísima que la Legión impone al socio de asistir a las juntas. Es
el deber primordial por que la junta es la que da el ser a la Legión. Lo
que la lente es para los rayos solares, eso es la junta para los socios:
los recoge, los inflama, e ilumina todo cuanto se acerca a ella. Es el
vinculo de unión: roto, o aflojado por falta de estima, los miembros se
dispersan y la obra cae por tierra. Y a la inversa: la organización
ganará en fuerza en la medida en que se respete la junta.
Lo que sigue fue escrito en los primeros tiempos de la Legión, y sigue
expresando su sentir respecto de la organización en general y, en
particular, de la junta como centro y foco de la misma. “En la
organización, los individuos, sean cuales sean sus dotes personales, se
asocian con los demás a modo de engranaje de una máquina, sacrificando
gran parte de su independencia por el bien del conjunto. Con ello ganará
la obra en centuplo: muchos individuos, que de otra suerte estarían
ociosos o sin poder hacer nada, entran como actores positivos, y no cada
cual según sus propios relativos alcances, sino en solidaridad con el
fervor y energía aportado por los demás. Es grande la diferencia cuando
se obra de esta forma: algo así como la que hay entre el carbón
disperso, y ese mismo carbón puesto en el corazón ardiente del fogón”.
“Además, el cuerpo organizado goza de vida propia, bien definida y
distinta de la de los individuos que lo componen; esta característica,
al parecer, atrae más poderosamente que la misma belleza de las obras
llevadas a cabo. La asociación establece una tradición, engendra
lealtad, se hace acreedora al respeto y a la sumisión, y es fuente
perenne de inspiración para todos los miembros. Hablad con los
legionarios, y comprobaréis que se apoyan en la Legión como en la
experiencia de una madre. Y con razón: saben que les guarda de todo
peligro. Les preserva del celo indiscreto, de desanimarse con el fracaso
o de engreírse con el feliz éxito, de titubear ante la incomprensión, de
arredrarse cuando se ven solos y sin apoyo, y de atascarse en el arenal
movedizo de la inexperiencia. Toma entre sus manos la buena intención
del socio y, como si fuera materia informe, la elabora según normas
fijas, asegurando su desarrollo y su continuidad" (P.Miguel Creedon,
primer director espiritual del Concilium Legionis Mariae).
"La Compañía de María es con relación a nosotros, sus miembros, la
extensión, la manifestación visible de María, nuestra celestial Madre;
pues Ella es quien nos ha recibido en la Compañía como en su seno
maternal, para amoldarnos a la semejanza de Jesús, y hacernos de este
modo sus hijos privilegiados, a fin de señalarnos un campo de apostolado
y así compartir con nosotros su misión de Corredentora de las almas.
Para nosotros, pues, amar y servir a la Compañía es lo mismo que amar y
servir a María" (Breve tratado de Mariología, Marianista).
5. Junta semanal del praesidium
En un ambiente saturado de espíritu sobrenatural- por la abundante
oración, las prácticas piadosas, y la dulzura del amor fraterno- celebra
el praesidium una junta semanal, donde a cada legionario se le asigna un
trabajo concreto, y se reciben informes sobre el que ha realizado cada
uno.
Esta junta semanal es el corazón de la Legión, de donde fluye su sangre
para animar todas sus venas y arterias. Es la central donde se engendra
su luz y energía, el depósito que abastece todas sus necesidades. Es, en
fin, el gran acto de comunidad donde Alguien, fiel a su promesa, se
coloca invisiblemente en medio de ellos; donde se derrama sobre cada uno
la gracia particular necesaria para su trabajo. Allí es donde se imbuyen
los socios del espíritu de disciplina religiosa, que tiende ante todo a
agradar a Dios y a la santificación de uno mismo; luego se les anima a
recurrir a la Legión como al medio más poderoso para conseguir ese doble
fin, y, por último, se les compromete a ejecutar la obra señalada, aun a
costa de sus gustos particulares.
Los legionarios considerarán, pues, su asistencia a la junta semanal de
su respectivo praesidium como el primero y más sagrado deber para con la
Legión. Nada puede sustituirla; sin ella, su trabajo será como un cuerpo
sin alma. Y la razón, basada en la experiencia, nos dice que todo
descuido en el cumplimiento de este deber primordial priva a las obras
de su eficacia, y pronto acarrea deserciones en las filas de la Legión.
"A los que no militan bajo el estandarte de María se les puede aplicar
las palabras de San Agustín: Bene curris, sed extravíam curris (corréis
mucho, pero descaminados). ¿Adónde iréis a parar?" (Petitalot).
- 12 - FINES EXTERNOS DE LA LEGIÓN
1. Fin próximo: la obra actual
La Legión pone su principal empeño no en realizar una obra particular
exterior, sino en la santificación interior de sus miembros. Para
conseguirlo, cuenta en primer lugar con la asistencia regular a las
juntas: de tal modo se intercala en cada junta la piedad y devoción, que
toda ella queda impregnada de este espíritu. Pero, en segundo término la
Legión busca el desarrollo de este espíritu en cada persona, por medio
de las obras de apostolado. Lo quiere poner incandescente para que luego
irradie su calor. Irradiar, en este caso, no es la simple utilización de
las energías que se ejercitan; por una especie de automatismo eficaz
afecta esencialmente al desarrollo de esas mismas energías: para
perfeccionar el espíritu apostólico es preciso ejercitarlo.
Por esto impone la Legión a cada uno de sus miembros activos, como
obligación esencial y apremiante, el cumplir todas las semanas un
trabajo activo determinado, y en conformidad con lo señalado en la junta
por el praesidium. Este trabajo debe realizarse como un acto de
obediencia al mismo praesidium; éste -con las excepciones que se
indicarán más tarde-, está autorizado para aprobar cualquier trabajo
activo como suficiente para satisfacer la obligación semanal. Sin
embargo, sería más conforme al espíritu y a las normas de la Legión que
el trabajo semanal tendiera a remediar necesidades del momento,
preferentemente las de mayor urgencia, proporcionando así un objetivo
digno al celo esforzado que la Legión se afana por infundir en sus
miembros. Una empresa mezquina producirá sobre este celo reacciones
desfavorables: corazones prontos a darse generosamente por las almas,
espíritus antes dispuestos a devolver a Cristo amor por amor, sacrificio
y esfuerzo por sus trabajos y su muerte, terminarán por buscar asilo en
la vulgaridad y la tibieza.
"Más le costó rehacerme que hacerme de la nada. Habló y todas las cosas
fueron hechas. Mientras una sola palabra bastó para crearme, para
hacerme de nuevo tuvo que hablar mucho, obrar grandes prodigios, sufrir
indeciblemente" (San Bernardo).
2. El fin remoto y más alto: ser levadura en la sociedad
Por importante que sea la obra que lleva entre manos, la Legión no la
considera ni como el último ni como el principal fin de su apostolado:
mira , más allá de las dos, tres o muchas horas semanales que invierta
el legionario en su cometido, y contempla la irradiación permanente del
fuego apostólico encendido en su hogar.
Una organización que logre comunicar tan gran ardor a sus miembros,
tiene movilizada una fuerza inmensa. En ella, el espíritu apostólico es
dueño absoluto de todo su pensar, hablar y actuar y en sus
manifestaciones externas traspasa los límites de tiempo y lugar. Por
ella, las personas más tímidas y, al parecer, menos aptas para luchar,
adquieren una capacidad extraordinaria de influir en los demás, hasta el
punto de que en cualquier circunstancia -y aun sin ejercer el apostolado
conscientemente-, el pecado y la indiferencia se ven precisados a
doblegarse como ante un poder superior. Esto lo enseña la experiencia de
cada día. ¿Qué extraño, pues, que la Legión se llene de orgullo -como el
general contemplando sus posiciones bien defendidas-, al echar su mirada
sobre los hogares, comercios, talleres, escuelas, oficinas, y todo
centro de trabajo o esparcimiento donde la Providencia le ha permitido
colocar un buen legionario? Aún allí donde llega al colmo el escándalo y
la irreligión -donde, por decirlo así, están atrincherados-, la
presencia de esta Torre de David atajará el avance y desbaratará las
fuerzas del mal. Nunca se harán las pases con la corrupción; siempre se
esforzará por remediar la situación, a fuerza de sacrificio y súplicas;
se combatirá sin tregua, denodadamente y, sin duda, con el triunfo
final.
De esta forma, la Legión reúne primero a sus miembros, para que
perseveren juntos con su Reina, animados de su mismo espíritu de
oración; luego, los envía por los lugares del pecado y del dolor, para
hacer el bien y animarse al mismo tiempo a mayores empresas; por último,
tiende la vista por los caminos altos y bajos de la vida diaria, y sueña
en una misión aún más gloriosa. Ella sabe bien lo que han podido hacer
unos pocos legionarios y que son innumerables los que podrían alistarse
en sus filas; y persuadida de que su organización, en manos de la
Iglesia, provee a esta de un medio sorprendentemente eficaz para
purificar un mundo pecador, anhela ver el día en que sus miembros sean
tan numerosos que vengan a acreditar su nombre: Legión.
Entre los socios que trabajan activamente por la Legión, los que
pertenecen al servicio auxiliar, y los que se benefician de la
influencia de ambos, podría quedar abarcada una población entera, y
pasar esta, de la rutina y el abandono, a que todos sus habitantes sean
miembros vivos y entusiastas de la Iglesia. Imagínese lo que esto
significaría para un pueblo o una ciudad: sus habitantes ya no estarían
en la Iglesia pasivamente, como simples fieles; constituirían una gran
fuerza dinámica, que haría sentir su influencia, directa o
indirectamente- en virtud de la comunión de los santos -, hasta los
confines de la tierra. Toda una población, organizada para Dios: ¡qué
ideal más sublime! Pero no se crea que aquí soñamos con utopías: se
trata de la cosa más práctica y realizable en el mundo hoy. ¡Si tan solo
se alzaran los ojos y se extendieran los brazos....!
"Los seglares son verdaderamente una raza escogida, pertenecen a un
sacerdocio sagrado, llamados también la sal de la tierra y la luz del
mundo. Es ésta su vocación y misión específica: expresar el Evangelio en
sus vidas y, por tanto, insertar el Evangelio en la realidad del mundo
en el que viven y trabajan. Las grandes fuerzas que ensombrecen el mundo
-política, medios de comunicación social, las ciencias, la tecnología,
la cultura, la educación, la industria y el trabajo- son precisamente
las áreas donde el seglar está capacitado específicamente para ejercer
su misión. Si estas fuerzas están dirigidas por personas que sean
verdaderos discípulos de Cristo y que al mismo tiempo sean totalmente
competentes en el conocimiento y el tratamiento secular de las
realidades actuales, entonces el mundo verdaderamente se transformará
por el poder redentor de Cristo (Papa Juan Pablo II, Discurso en
Limerick, Irlanda, octubre, 1979).
3. Solidaridad humana
“Buscad primero el Reino de Dios y su justicia” (Mt 6,33) es lo que
absorbe a la Legión por completo; es decir: los trabajos encaminados
directamente a salvar a las almas. Así y todo, a ella le han venido, por
añadidura, otros bienes que no buscaba directamente; por ejemplo, su
valor como factor social. La Legión es un tesoro nacional para cada país
donde se halle, y redunda en beneficio espiritual de todos los
ciudadanos.
El buen funcionamiento de la máquina social exige -como en cualquier
otro mecanismo- que todas sus piezas se armonicen coordinadamente. Cada
pieza -es decir, cada ciudadano en particular- ha de cumplir con toda
fidelidad su cometido, y con el menor roce posible. Si cada individuo
deja de rendir todo cuanto debe al servicio común, se malgastan las
energías y se altera el equilibrio necesario, como si se desajustasen
todos los dientes de la rueda. Reparar el daño es imposible, por la
enorme dificultad que hay en descubrir el grado o el origen del mal; por
eso, el único remedio es: o emplear más fuerza motriz, o lubricar a
fuerza de dinero; y tal remedio no conduce sino al fracaso progresivo,
porque disminuye la idea de servicio y cooperación espontánea. Hay
sociedades tan fuertes que pueden seguir trabajando aún con la mitad de
sus socios mal engranados, pero trabajan a costa de una terrible
frustración y descontento. Se malgastan dinero y energías para mover
piezas que deberían moverse sin esfuerzo alguno, y aún ser ellas mismas
fuerza de renovación social. Resultado: confusión, desórdenes, crisis.
Nadie negará que esto es lo que pasa hoy aún en los estados mejor
gobernados. El egoísmo es regla de vida para el individuo; el odio
transforma la existencia de muchos en fuerza destructora; y cada día que
pasa aporta nueva y más deslumbrante luz sobre esta verdad que se puede
expresar propiamente así: "todo aquel que niegue a Dios y le es traidor,
traiciona igualmente a todo cuanto hay debajo de Él, en el cielo y en la
tierra" (Brian O¨Higgins). En tales condiciones, ¿a qué alturas podemos
esperar que se eleve el Estado, si este no es más que la suma total de
las vidas individuales? Si las naciones son un peligro y un tormento
para si mismas, ¿qué ofrecerán al mundo entero, si no un contagio de su
propio desorden?
Ahora bien: supóngase que en la sociedad penetra una fuerza que,
difundiéndose como por contagio saludable, enarbole en todas partes y
haga atractivo al individuo el ideal del hombre sacrificado, entregado a
los demás, y de elevadas miras; ¡qué cambio no se efectuaría! Las llagas
supurantes se cicatrizan; la vida se eleva a un nivel superior. Y
supóngase más: que surgiera una nación en que la vida pública se
ajustara también a tan sublimes normas, y ofreciera al mundo el
espectáculo de un pueblo que cumple unánime con sus creencias católicas
y que, en consecuencia, halla solución a sus problemas sociales; ¿qué
duda cabe de que esa nación sería un faro luminoso para todas las demás?
Acudirían todas a ella, para aprender de sus labios.
Indiscutiblemente, la Legión tiene poder para interesar vivamente a los
seglares en su religión, y para comunicar a cuantos viven bajo su
influencia un ardiente entusiasmo, con los siguientes frutos: les hace
olvidar las diversiones, desigualdades y antagonismo de la sociedad, les
anima con el deseo de amar y trabajar por todos los demás; por estar
arraigado en sus principios religiosos, tal entusiasmo no es mero
sentimiento, sino que disciplina al individuo, lo educa en la idea del
deber, le estimula al sacrificio, y, sin envanecerle, le encumbra a la
cima del heroísmo
¿Por qué? La razón está en el motivo: toda fuerza mana de una fuente. La
Legión tiene un motivo apremiante para ese servicio de la comunidad: es
que Jesús y María fueron ciudadanos de Nazaret. Amaban aquella ciudad y
su patria con devoción religiosa; para los judíos, la fe y la patria se
entrelazaban de tal manera que resultaban una sola y misma cosa. Jesús y
María vivían a la perfección la vida común de su localidad. Cada casa y
cada persona eran para ellos objeto del mayor interés. Sería imposible
imaginarlos indiferentes o negligentes en nada.
Hoy su patria es el mundo; y cada lugar, su Nazaret. En una comunidad de
bautizados ellos están más estrechamente ligados con el pueblo que lo
estuvieron con sus parientes de sangre. Pero su amor tiene que
expresarse ahora mediante el Cuerpo místico. Si, con este espíritu, se
esfuerzan sus miembros por servir al lugar donde viven, Jesús y María
vivirán entre los hombres, y no sólo haciendo el bien, sino también
saneando el medio ambiente. Habrá mejoras materiales, los problemas
disminuirán. De ninguna otra fuente saldrá más auténtica mejoría.
El cumplimiento del deber cristiano en cada localidad podría traducirse
en un ejercicio de patriotismo en beneficio de toda la nación. Esta
palabra, sin embargo, no es en realidad muy clara: ¿cómo se define el
verdadero patriotismo? No existe en el mundo mapa ni modelo de él. Algo
sugiere la entrega y el sacrificio personales que se desarrolla
intensamente durante una guerra; pero toda guerra está motivada más por
el odio que por el amor, y, además, va dirigida a la destrucción. De ahí
que sea necesario poder contar con un ejemplo válido de patriotismo
pacífico.
Tal ejemplo se da ya en el servicio espiritualizado de la comunidad que
la Legión ha venido urgiendo bajo el título de Verdadera Devoción a la
Nación. Este servicio espiritualizado no debe estar solo en su
motivación básica, sino que él y todos los contactos que se realicen por
él, deben tener como meta el fomento de la vida espiritual. Los
esfuerzos que produjeran un avance sólo en el plano material,
falsificarían totalmente la Verdadera Devoción a la Nación.
El cardenal Newman expresa perfectamente esta idea fundamental cuando
dice que un progreso material no acompañado por su correspondiente
manifestación moral, es mejor no tomarlo en cuenta. Se debe, pues,
guardar un correcto equilibrio.
Hay sobre este tema un folleto que puede obtenerse del Concilium.
¡Pueblos de la tierra, mirad!: si tal es la Legión, ¿no os presenta ya
en marcha un cuerpo de caballería idealista, con el mágico poder de
hermanar a todos los hombres y llevarlos a grandes empresas en servicio
de Dios? Este es un servicio que trasciende infinitamente el valor de
aquel legendario Rey Arturo, el cual- como dice Tennyson- "en su Orden
de la Tabla Redonda juntó la Caballería Andante de su reino y las de
todos los reinos, compañía gloriosa, la flor y nata del género humano,
para que sirviese de modelo a todo el mundo, y fuese aurora sonriente de
una era nueva".
"La Iglesia es, a la par, agrupación visible y comunidad espiritual;
avanza al mismo ritmo que toda la humanidad, y pasa por los mismos
avatares terrenos que el mundo; viene a ser como el fermento y como el
alma de la ciudad humana, que en Cristo se ha de renovar y transformar
en la familia de Dios... El Concilio exhorta a los cristianos
-ciudadanos de la ciudad terrena y de la ciudad celeste- a que cumplan
fielmente sus deberes terrenos dentro de el espíritu del evangelio.
Están lejos de la verdad quienes, sabiendo que nosotros no tenemos aquí
ciudad permanente, sino que buscamos la futura, piensan que por ello
pueden descuidar sus deberes terrenos, no advirtiendo que precisamente
por esa misma fe están más obligados a cumplirlos, según la vocación de
cada uno” (GS 40-43).
“La respuesta práctica a esa necesidad y a esa obligación, subrayadas
por el Decreto del Concilio, se encuentra en el movimiento legionario
iniciado en 1960 y conocido con el nombre de Verdadera Devoción a la
Nación. La dimensión del éxito ya conseguido es una clara garantía de lo
mucho que se puede conseguir en el futuro. Pero insistamos: lo que la
Legión tiene que ofrecer en el orden temporal no es ciencia, ni
experiencia, ni métodos extraordinarios, y ni siquiera gran número de
personas que presten servicios; sino el dinamismo espiritual que la ha
hecho llegar a ser una auténtica fuerza mundial, con posibilidades de
enfervorizar y entusiasmar a cualquier sector del Pueblo de Dios que sea
capaz de percibir y emplear ese dinamismo. Pero la iniciativa debe venir
de la Legión. Por más que rehuya todo apego a lo mundano, sin embargo,
la Legión ha de preocuparse siempre del mundo en el sentido del texto
del Concilio. Debe darse cuenta de que el hombre tiene que vivir entre
cosas materiales y de que su salvación está ligada a ella en sumo grado"
(P. Tomás O´Flynn, C.M., antiguo director espiritual del Concilium
Legionis Mariae).
4. En empresas importantes por Dios
Esta nueva Caballería aparece precisamente en un tiempo de máximo
peligro para la religión. En nuestros días, los antiguos ejércitos del
paganismo o de la irreligión han sido reforzados con ateísmo militante;
este ateísmo domina hoy el campo, y extiende su perniciosa influencia
mediante una organización habilísima, que no parece sino que va a
adueñarse del mundo entero.
¡Qué pequeña y modesta grey es la Legión, comparada con tan temibles
huestes! Pero este mismo contraste le infunde a uno más valor. La Legión
está compuesta de personas entregadas al mando de la Virgen
Poderosísima. Además, atesora grandes principios, que sabe llevar a la
práctica eficazmente. Es de esperar, pues, que Aquél, que es
todopoderoso, hará por ella y mediante ella cosas grandes.
Las metas de la Legión de María y las de esa otra "legión"- que "rechaza
a nuestro único soberano y Señor Jesús, el Mesías" (Jds 1,4)- son
diametralmente opuestas: la de la Legión de María es llevar a Dios y a
la religión a cada hombre en particular; la de las otras fuerzas, todo
lo contrario. Parecen correr parejas la oposición de fines y la
semejanza de métodos.
Más no se crea que la Legión de María fue concebida como una deliberada
respuesta a esa otra legión, donde impera la falta de fe. No, las cosas
sucedieron muy de otra manera; unas pocas personas se reunieron en torno
a la Madre de Misericordia y le dijeron: ¡Guíanos! Y Ella guió sus pasos
a un hospital inmenso, repleto de enfermos, afligidos y desgraciados
habitantes de una gran ciudad, y les dijo: Ved en cada uno de éstos a mi
querido Hijo, y lo mismo en todos los miembros de la humanidad;
compartid conmigo mi oficio de Madre para con cada uno de ellos. Asidas
de las manos de María, emprendieron aquellas primeras legionarias su
sencilla tarea de servir. Y he aquí que ya son Legión, y están
cumpliendo esos mismos actos de amor a Dios, y a los hombres por Dios,
en todo el mundo, demostrando en todas partes el poder que tiene ese
amor para conmover y ganar los corazones.
También aseguran amar y servir a la humanidad los sistemas
materialistas: han predicado un evangelio de fraternidad, y, aunque sin
verdadero fundamento, muchos han creído en él, y por él han desertado de
la religión, a la que tenían por inútil; y, convencidos de que sus
nuevos amos les querían más, se han encadenado a una serie de
despotismos. Una vez cautivados, ahora no escatiman esfuerzos por lograr
que todos los demás se le unan. Y, verdaderamente, parece haber
triunfado. Pero la situación no es desesperada: queda un medio de
reconquistar para la fe a esos millones de hombres decididos, y de
resguardar a muchos millones más. Esta firme y alta esperanza tiene su
raíz en la aplicación del gran principio que rige el mundo, y que el
santo Cura de Ars expresó así: "El mundo es de aquel que más le ame y
mejor le pruebe su amor".
Ahora bien: esos hombres no escucharán jamás la simple predicación de
las verdades de la fe; pero no podrán menos de apreciar la fe verdadera,
y se conmoverán ante ella, si la ven encarnada en un amor heroico para
con todos los hombres. Convencedles, por tanto, de que la Iglesia es
quien más les ama, y les veréis volver la espalda a los que ahora les
tiranizan; y, superando todas las dificultades y amenazas, abrazarán de
nuevo la fe, y por ella darán hasta su propia sangre.
Ningún amor vulgar es capaz de tan grandes conquistas. Ni tampoco lo
conseguirá un catolicismo mediocre, que apenas logre mantenerse a flote.
Sólo lo alcanzará un catolicismo que ame de todo corazón a Jesucristo,
su Señor, y, después, trate de verle y amarle en todos los hombres, de
cualquier clase y condición. Esta soberana caridad de Cristo ha de
llevarse a la práctica tan universalmente, que quienes la contemplen, se
vean forzados a admitir que ella constituye un rasgo esencial de la
Iglesia católica, y no algo excepcional de unos cuantos miembros
escogidos. Para esto es preciso que dicha caridad resplandezca en la
vida del común de los fieles.
Querer que la familia católica, toda entera se inflame en tan sublime
anhelo, ¿es acaso pedir un imposible? Empresa más que hercúlea, por
cierto. Es un problema de tan vastos horizontes, y son tan formidables
las fuerzas enemigas que dominan la tierra, que es para desanimar al
corazón más valiente. Pero no, María es el corazón de la Legión, y este
corazón es fe y amor inefable. Con este convencimiento, la Legión fija
sus ojos en el mundo, y de inmediato nace una ardiente esperanza: el
mundo es de aquel que más le ame; y, volviéndose a su excelsa Reina, le
implora como en un principio: ¡Guíanos!
"La Legión de María y sus fuerzas oponentes- secularismo e irreligión-
se enfrentan la una contra la otra. Estas fuerzas mantenidas mediante
una propaganda constante a través de la prensa, televisión, video, han
traído consigo el aborto, el divorcio, la utilización de
anticonceptivos, drogas y todas y cada una de las formas de indecencia y
brutalidad en el corazón de los hogares. La simplicidad e inocencia de
todo recién nacido queda sin defensa ante estas influencias
devastadoras.
Sólo una movilización total del pueblo católico podrá resistir tal
dominio. Para este fin, la Legión de María posee un mecanismo perfecto,
y eso lo admiten hasta sus enemigos. Pero todo mecanismo de por sí, es
inútil si no tiene la conveniente fuerza motriz. Aquí la fuerza está en
la espiritualidad legionaria, en un sumo aprecio del Espíritu Santo y de
una plena confianza en Él, en la verdadera devoción a su esposa, la
santísima Virgen María y en alimentarse con el Pan de Vida, la
Eucaristía.
Cuando entran en conflicto estas dos fuerzas, la Legión y el
materialismo militante, éste es capaz de perseguir y hasta de matar;
pero no podrá con el espíritu de la Legión. Los legionarios soportan
hasta el martirio, y mantienen vivas las llamas de la libertad y de la
religión, y al fin triunfan" (P. Aedan McGrath, S.S.C.)

Manual de la Legión de María
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