Pasas
desde Caná a Cafarnaúm.
El
péndulo incesante,
que
irisa en tus latidos los colores
del
tiempo navegante de luceros,
acuna
alegres horas
con
la presencia viva de tu hijo
en
su dócil reposo.
Olvidas
los enigmas
y
los contrarios vuelos de tu mente
por
abrojos, cerezos y amarantos.

Ha
empezado la Fiesta,
la
Pascua del cordero y de su sangre,
anual
florecimiento del pasado,
símbolo
del indulto para el éxodo.
Vais
a Jerusalén,
al
templo de oración, hogar del Padre.
Vibra
en tu lejanía
el
rumor excitado del escándalo:
latigazos
y gritos,
la
tromba huracanada de Jesús
derribando
los muros
que
cierran el asilo del Amor.
Mercaderes
de aceite, sal y vino,
de
corderos y vacas,
cambistas
de monedas extranjeras
por
los siclos hebreos,
ahuyentan
con su ruido a los devotos.

Él
fustiga la usura y la avaricia,
desaloja
el sonido de la plata
y
aposenta el silencio.
Le
aturden expresiones que en sus labios
emergen
de la altura.
¡La
sinagoga es casa de oración
y
ellos la han convertido
en
una sucia cueva de ladrones!.
El
celo le consume.
Rompe
su indignación, la santa ira,
y
expulsa el chalaneo
que
impide oír la música inviolable.
