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El 25 de julio de 1535, mientras el piadoso
sacerdote, Domingo Occelli, celebraba la
Santa Misa de las 7 de la mañana, en el
altar mayor de la iglesia de San Segundo, en
el momento de la fracción de la Hostia vio
que a lo largo de la fractura salía Sangre
viva. Tres gotas cayeron en el cáliz y una
cuarta permaneció en la extremidad de la
Hostia. Inicialmente el Padre Domingo
continuó la celebración de la Misa. Cuando
separó la parte de la Hostia que debía poner
en el cáliz vio que salía más Sangre.
Estupefacto, se dirigió a los presentes y
los invitó a acercarse al altar para ver el
Prodigio. Cuando el Sacerdote tomó la Hostia
para consumarla, ésta tornó a su aspecto
natural. Éste fue el desarrollo de los
hechos según la traducción del informe
oficial, enviado al Obispo de Asti, Mons.
Escipión Roero, a la Santa Sede y
reproducida en el Breve Apostólico del 6 de
noviembre de 1535, con el cual el Papa Pablo
III concedió la indulgencia plenaria a
cuantos “en el día conmemorativo del Milagro
visitaran la iglesia del Santo y recitaran
tres Pater ed Ave según la intención del
Pontífice”.
Según otro documento, reproducido en una
inscripción en mármol, algunos soldados
herejes se convirtieron a la fe ante la
vista del Milagro. En aquellos tiempos, Asti
se encontraba bajo la dominio del emperador
Carlos V y muchas de sus tropas residían en
esa ciudad. Esta narración, además de los
archivos vaticanos de donde fue extraída una
copia en 1884 por instancias del Canónigo
Longo, se encuentra también presente en el
libro de la Compañía del SS. Sacramento,
instituida en 1519 en la iglesia de San
Segundo. Otros testimonios del Prodigio son
las pinturas presentes en la capilla del
Crucifijo del siglo XVI, con la
representación del Milagro y la inscripción
en mármol: «Hic ubi Christus Ex sacro pane
Effuso sanguino Exteram vi traxit fìdem
Astensem roboravit – Aquí, Cristo del
Sagrado Pan, habiendo derramado Sangre,
atrajo con fuerza a los alejados en la fe y
confirmó aquella de los habitantes de Asti”. |